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jueves, 3 de septiembre de 2020

El poeta argentino Rafael Felipe Oteriño es entrevistado por Rolando Revagliatti

 Contemplación es lo que hago a diario

 

ROLANDO REVAGLIATTI
Rafael Felipe Oteriño responde ‘En cuestión: un cuestionario’ de Rolando Revagliatti   


Rafael Felipe Oteriño nació el 13 de mayo de 1945 en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, República Argentina, y reside desde 1971 en otra ciudad bonaerense: Mar del Plata. Es Abogado por la Universidad Nacional de La Plata, habiendo, además, realizado estudios de Letras en la Facultad de Humanidades de dicha universidad. Ha sido profesor titular de Derecho Civil III y de Derecho Privado en la Universidad Nacional de Mar del Plata, y Profesor Emérito de Contratos en la Universidad FASTA. Ejerció la magistratura en los cargos de Juez de 1ª Instancia en lo Civil y Comercial y de Juez de Cámara Civil y Comercial, en el Departamento Judicial Mar del Plata. Entre otros, en el género poesía ha recibido los premios del Fondo Nacional de las Artes (1966), “Pondal Ríos” de la Fundación Odol (1979), Primer Premio de Poesía de la Secretaría de Cultura de la Nación (1985-1988), “Konex” de Poesía (1989-1993), “Consagración” de la legislatura bonaerense (1996), 

 

Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (2019)

Es Miembro de número y Secretario General de la Academia Argentina de Letras y Miembro correspondiente de la Real Academia Española. Con Carmen Iriondo ha traducido del inglés una antología de la poesía del poeta polaco Czeslaw Milosz, que fue publicada en la revista “Hablar de Poesía”. Codirige la colección Época de ensayos sobre poesía de Ediciones del Dock, en la que ha publicado “Una conversación infinita” (2016) y tiene en prensa otro libro de ensayos titulado “Continuidad de la poesía”. La Editorial Vinciguerra publicó su ensayo “Del hablar en figuras” (2016). Su poesía se encuentra reunida en “Antología poética” (FNA, 1997), “Cármenes” (Vinciguerra, 2003), “En la mesa desnuda” (Ediciones al Margen, 2008), “Eolo y otros poemas” (Editorial Brujas) y “Poemas escondidos y un epílogo” (Lágrimas de Circe). Poemarios publicados entre 1966 y 2019: “Altas lluvias”, “Campo visual”, “Rara materia”, “El príncipe de la fiesta”, “El invierno lúcido”, “La colina”, “Lengua madre”, “El orden de las olas”, “Ágora”, “Todas las mañanas”, “Viento extranjero”, “Y el mundo está ahí”.

 


1: ¿Cuál fue tu primer acto de “creación”, a qué edad, de qué se trataba?

RFO: Debo retrotraerme a mis doce o quince años, en La Plata, a un día violento de otoño en el que las hojas de los plátanos volaban y se arremolinaban en la vereda con el anuncio de una tormenta inminente. Ahí me cayeron unas primeras líneas que bosquejaban la idea de un mundo sustraído de su orden, arrebatado por el torbellino del viento y seguido en mí de algo interior parecido a un reclamo de piedad. No hago esfuerzos por recordar esos versos (más bien, hago el esfuerzo de olvidarlos), ya que dicho primer intento no era más que una expresión subjetiva y no la pieza literaria y susceptible de compartir que constituye un poema.

 

2: ¿Cómo te llevás con la lluvia y cómo con las tormentas? ¿Cómo con la sangre, con la velocidad, con las contrariedades?

RFO: Con la lluvia y las tormentas tengo un sentimiento dual: por un lado, me encantan, en cuanto a voluptuosidad, energía e ímpetu; por otro, me sobrecogen porque, mientras duran, me dan la impresión de que han venido para quedarse. Tal vez se filtra en esto último el recuerdo de la vieja casa de mi infancia, de techos altísimos y azoteas embaldosadas, en la que con cada tormenta no faltaba la gotera insidiosa quebrando, como un intruso, la vida doméstica.

Las otras propuestas son variadas. Vayamos de a una. Con la sangre no discuto, ni aun metafóricamente; está ahí, como un río vital y yo me limito a dejar que siga cumpliendo su tarea. La velocidad no me seduce si no es como condición para que las cosas anheladas ocurran más pronto. Y a las contrariedades las tomo como parte de la vida: una tarea a afrontar.

 

3: “En este rincón” el romántico concepto de la “inspiración”; y “en este otro rincón”, por ejemplo, William Faulkner y su “He oído hablar de ella, pero nunca la he visto.” ¿Tus consideraciones?…

RFO: Por su larga tradición literaria, la palabra inspiración tiene un lugar ganado que no voy a controvertir. Podría sustituirla por las expresiones “precipitado psíquico”, “tropel de palabras”, “don”, “dádiva”, “estado de inocencia”, que marcan, de igual manera, la libertad imaginativa y el afán constructivo que son antesala del acto creador. Lo que tengo claro es que sin ese disparador la escritura de poesía demora su inicio. Pero tampoco apuesto todas mis fichas a su aparición inconsciente. Creo que la obra de creación es fruto de un don y una tarea; que el poeta es “tocado” por la poesía y que es, asimismo, un artesano de la lengua. Lo que se expresa de manera bastante adecuada diciendo que la obra “nace” y “se hace”. Y arriesgaría que este último factor es insustituible, pues durante el “quehacer” el autor calibra la potencia del material recibido en bruto, examina la originalidad de sus contenidos, se impone una estrategia y una dirección, basado en su experiencia en cuanto a los límites del lenguaje y a sus propios límites.

 

4: ¿De qué artistas te atraen más sus avatares que la obra?

RFO: Me gustan los libros de memorias y los diarios de escritores, en cuyas páginas podría rastrear “avatares”, pero lo cierto es que me detengo más en las obras que en el anecdotario sobre sus vidas. Incluso, te diría que cuando sus aventuras y/o peripecias se sobreponen a la obra y tienden a reemplazarla, el autor deja de interesarme en relación directamente proporcional al hecho. Pienso, por caso, en la vida de H. W. Auden, de quien hay bastante material sobre sus aconteceres, desplazamientos y amores, pero que no llegan —en mi caso, al menos—, a desplazar el interés por sus poemas capitales, a los que vuelvo una y otra vez, ya estén situados en Oxford, Hamburgo, Cintra (Portugal), Viena o Nueva York.

Admito dos excepciones a esta regla y ellas son: Rimbaud y su corta vida de disconforme social tanto antes de escribir sus tres obras capitales como después de renunciar a la literatura, y Oscar Wilde, con sus humoradas de dandy, que son toda una celebración de la inteligencia (aunque, a mi juicio, en la medida que el testimonio proviene de sus propias páginas, también forma parte de su literatura).

 

5: ¿Lemas, chascarrillos, refranes, proverbios que más veces te hayas escuchado divulgar?

 

 

RFO: Me encantan los refranes por esa cualidad que los hace surgir de los labios en el momento preciso en que la ocasión lo requiere. “No hay mal que por bien no venga” (la aceptación de lo irremediable); “En casa de herrero, cuchillo de palo” (la condición insustituible de la experiencia); “No por mucho madrugar se amanece más temprano” (el valor del azar y lo imponderable); “Al mal tiempo buena cara” (la voluntad como conducta); “A caballo regalado no se le miran los dientes” (la gratitud); “Cada loco con su tema…” (vivir y dejar vivir); “Cuando el río suena, piedras lleva” (el valor de lo secreto); “Donde hubo fuego cenizas quedan” (el tesoro de lo vivido); “Genio y figura hasta la sepultura” (la huella de la estirpe); “Lo cortés no quita lo valiente” (la sociabilidad ); “Ojos que no ven corazón que no siente” (la lección de que no todo puede ser dicho ni es bueno oírlo todo). Y podría seguir.

 

6: ¿Qué obras artísticas te han —cabal, inequívocamente— estremecido? ¿Y ante cuáles has quedado, seguís quedando, en estado de perplejidad?

RFO: Debo decir que las obras que más me han estremecido son: “La Odisea”, los diálogos platónicos, “La Divina Comedia”, “Don Quijote de la Mancha”, nuestro “Martín Fierro”, la poesía de Borges y de Czeslaw Milosz. En estado de perplejidad (si por esto entendemos duda, incertidumbre, confusión), el “Ulises” de James Joyce; si, en cambio, le damos la acepción de sorpresa, asombro: el poema “Un coup de dés” de Stéphane Mallarmé y la música de Gustav Mahler, particularmente el Adagietto de la Sinfonía nº 5.

 

7: ¿Tendrás por allí alguna situación irrisoria de la que hayas sido más o menos protagonista y que nos quieras contar?

RFO: No sé si será por autocompasión o por sabia distribución de los recuerdos, pero no me viene a la cabeza ninguna situación irrisoria de la que haya sido protagonista. ¡Aunque sí, ahora me llega una de mi más remota infancia!: cuando en la plaza de mi barrio, ante la mirada de la chiquilina que me quitaba el sueño, patee una pelota y se me fue el zapato con el impulso.

 

8: ¿Qué te promueve la noción de “posteridad”?

RFO: Algo ulterior reservado para los otros, pero de modo muy críptico. Un espacio que no parece ser muy amplio, ya que no todos tienen cabida en él. Hay poetas a los que les es dada sólo por un poema o por una línea (“Música porque sí, música vana…”, Conrado Nalé Roxlo). A la mayoría les es negada esa misteriosa suerte.

 

9: “¿La rutina te aplasta?” ¿Qué rutinas te aplastan?

RFO: No necesariamente me aplastan. Por lo normal, me muevo cómodo en ellas. Me gusta volver a los mismos sitios, releer los mismos poemas y conversar con las mismas personas. Siempre descubro nuevos perfiles, otras inflexiones, una renovada riqueza en los reencuentros.

Las colas en los bancos y oficinas, en cambio, con su cuota de expectación y desvelo, esas sí me abruman. Solo las sobrellevo suscitando animosas (tanto como efímeras) tertulias con los otros abnegados penitentes que me preceden o con los que me siguen en la espera.

 

10: ¿Para vos, “Un estilo perfecto es una limitación perfecta”, como sostuvo el escritor y periodista español Corpus Barga? Y siguió: “…un estilo es una manera y un amaneramiento”.

RFO: Como cristalización de una modalidad de escribir puede constituirse en una limitación en la trayectoria del escritor (en un “amaneramiento”, como dice el escritor y periodista español). Pero esto ocurre cuando se apaga la inventiva y el escritor persevera en una retórica que ya no aporta sorpresa ni novedad ni mérito. Esto produce obras que no son otra cosa que un calco de lo ya hecho.

Desde otro orden más valioso, el estilo (de stilus, punzón para escribir y, por derivación, marca, señal) es un código de identificación y, para el escritor, una conquista: la posibilidad de ser destacado por su peculiar uso del lenguaje, de entronizar un horizonte comunicativo propio, de darle oportunidad al lector de saber a qué atenerse al tiempo de elegir sus lecturas.

 

11: ¿Qué sucesos te producen mayor indignación? ¿Cuáles te despiertan algún grado de violencia? ¿Y cuáles te hartan instantáneamente?

RFO: Rechazo la mentira, la indiferencia, la mezquindad, el pensamiento único. Pero me cuido de ser violento, pues allí es donde se acaban las palabras. Entre las ramas de la filosofía y, por ende, del comportamiento, que más me interesan está la hermenéutica. Amo, pues, los detalles, “los divinos detalles” de los que hablara Vladimir Nabokov para la literatura.

Y entre los sucesos que me hartan, pongo a la cabeza las peroratas de aquellos que, por falta de argumentos, derivan en la gesticulación y el grito. No tolero a los gritones. Por el contrario, soy proclive a gustar de la vida a través de un cierto pathos (expresión tan difícil de definir, pero que, para mi economía, la traduzco como un cierto dramatismo interior ante el misterio del otro y de lo otro).

 

12: ¿Qué postal (o postales) de tu niñez o de tu adolescencia compartirías con nosotros?

RFO: No lo dudo: yo, niño de cuatro años, en el campo, con boina negra y faja de igual color en la cintura, montado en el caballo alazán que me regaló mi padre (al que bauticé, apenas lo vi, con el nombre “Rubio”, por mi ignorancia sobre el pelo de los caballos).

 

13: ¿En los universos de qué artistas te agradaría perderte (o encontrarte)? O bien, ¿a qué artistas hubieras elegido o elegirías para que te incluyeran en cuáles de sus obras como personaje o de algún otro modo?

RFO: Me hubiera gustado acompañar a Don Segundo y a Fabio Cáceres durante su arreo de ganado por los pagos del Tuyú, dormir junto a ellos a cielo abierto, observando las estrellas y oyendo el rumor sordo de los animales sobre la tierra (“Don Segundo Sombra” de Ricardo Güiraldes). Luego, más ambicioso, viajar con Odiseo por todo el Mediterráneo durante el camino de su regreso a casa, pero sobrevivir, eso sí, como él, a las peripecias de la aventura (“La Odisea”).


14: El silencio, la gravitación de los gestos, la oscuridad, las sorpresas, la desolación, el fervor, la intemperancia: ¿cómo te resultan? ¿Cómo recompondrías lo antes mencionado con algún criterio, orientación o sentido?

 

 

 

RFO: Es lo que, no sin laxitud, denomino “lo indeterminado” (el ápeiron griego), aludiendo con ello al material del que se vale la poesía para dar estatura verbal a lo que de indecible, tácito e inexpresable tiene el mundo en que nos movemos. Todas esas instancias son estaciones y disparadores de la poesía, entendida como la operación de esclarecimiento y puesta en acto de lo que carece de una definición concluyente. Todas ellas permiten repetir con Rimbaud: “Je est un autre”, “Aquí no hay nadie y sin embargo hay alguien”.

 

15: ¿A qué artistas en cuya obra prime el sarcasmo, la mordacidad, el ingenio, la acrimonia, la sorna, la causticidad… destacarías? 

RFO: Como le escuché decir cierta vez al poeta Alberto Girri, “De ese lado no duermo”. Por lo que me cuesta destacar un artista o una obra en la que primen dichas expresiones. Exceptúo de este rechazo al “ingenio”, que, por el contrario, sí me seduce, y que tiene la virtud de conducirme, inevitablemente, a un nombre y a una obra que son su paradigma: Cervantes y El Quijote.

 

16: ¿Qué apreciaciones no apreciás? ¿Qué imprecisiones preferís?…

RFO: No aprecio la efusividad sentimental, la incontinencia verbal, la teatralización de los afectos. Estoy formado en una ética austera que traza una línea entre la vida privada y la pública.

En cuanto a las imprecisiones preferidas, destaco aquellas que son fruto de los matices, de las distintas gradaciones del color, de los claroscuros de la emoción. Me refiero al horizonte de lo aún no pronunciado.

 

17: ¿Viste que uno en ciertos casos quiere a personas que no valora o valora poco, y que en otros casos valora a personas que no quiere? ¿Esto te perturba, te entristece? ¿Cómo “lo resolvés”?

RFO: Fui durante más de treinta años funcionario judicial y esto me adiestró en tratar de ser ecuánime y en poner humildemente en práctica la levinasiana responsabilidad anterior, preexistente, ante el otro (Emmanuel Lévinas). Y mi poesía se llevó bien con esa conducta, ya que me acostumbró, a su vez, a prestar atención a lo distinto —aún más, a interesarme por lo distinto—, como provechosa lección para reflexionar y a la cual —como un deber— adaptarme.

 

18: ¿El mundo fue, es y será una porquería, como aproximadamente así lo afirmara Enrique Santos Discépolo en su tango “Cambalache”? 

RFO: No el mundo, sino, en todo caso, ciertos episodios, temperamentos y etapas del mundo. La crisis económica del ‘30 y las casi inmediatas guerra española y segunda guerra mundial fueron, sin duda, algo detestable, en las que se vieron las peores caras de la criatura humana. Pero el mundo tuvo y tiene otras caras más dignas. Pensemos en la mirada —contemporánea de aquellos sucesos— de Nikos Kazantzakis, oponiendo a la tragedia la ternura vital de “Zorba, el griego”. O en esta otra gema de conciliación y esperanza que afirma: “De vez en cuando la vida / toma conmigo café…” de Joan Manuel Serrat.

Tengo una visión más positiva que la propuesta por “Cambalache”. Pero no voy a refutar a Discépolo. El poema tiene una unidad semántica, sonora y estilística que hacen de su reproche social una “verdad” de probado valor artístico. Entiendo, no obstante, que lo suyo fue una respuesta puntual a hechos y circunstancias también puntuales, que universalizó a fin de darle mayor impacto a la emoción.

 

19: Por la fidelidad y entrega a una causa o proyecto, ¿qué personas (de todos los tiempos y de todos los ámbitos) te asombran?

 

RFO: Sócrates, Jesucristo y Leonardo. Tres esferas bien distintas (introduzco también la dimensión trascendente) en las que encuentro valores que me asisten y me fascinan: Sócrates por la fidelidad a sus convicciones, Jesucristo por instaurar la doctrina del amor y Leonardo da Vinci por apostar su potencia creativa a la carne y a la geometría con la misma intensidad.

 

20: ¿Qué te hace “reír a mandíbula batiente”?

RFO: No sé si “a mandíbula batiente”, pero sí con probado encanto, en mi infancia estuve más inclinado a reír con Laurel y Hardy que con Chaplin. Ahora la preferencia se ha invertido y es Chaplin quien me produce mayor contento. Eso sí: con la atención creciente puesta en el humor cultivado y acrobático de Buster Keaton.

 

21: ¿Cómo afrontás lo que sea que te produzca suponerte o advertirte, en algunos aspectos o metas, lejos de lo que para vos constituya un ideal?

RFO: Con resignación y alguna cuota de humor, ya que a esta altura de la vida sé muy bien que los ideales no siempre se alcanzan. Que son metas, vislumbres, puertos. Que su mayor virtud es la de imponer un rumbo (como la de esos faros que no evitan los naufragios, pero ayudan a continuar la navegación).

 

22: El amor, la contemplación, el dinero, la religión, la política… ¿Cómo te has ido relacionando con esos tópicos?

RFO: Con el amor, bien: creo que sé querer y siento que soy querido (aunque de nada de esto hago una manifestación). Contemplación es lo que hago a diario (frente a la naturaleza, ante las personas y los sentimientos, desarrollando la experiencia de las formas simbólicas). Con el dinero nunca se sabe, pero como soy sobrio no siento carencias. La religión es el gran horizonte: la palabra misma encierra en su raíz latina una acción que me reconduce: religare. Y, por fin, con la política no he mantenido otro vínculo que el de procurar comportarme como buen ciudadano, atento a mis deberes y celoso de mis derechos.

 

23: ¿A qué obras artísticas —espectáculos coreográficos, films, esculturas, música, pinturas, literatura, propuestas teatrales o arquitectónicas, etc.— calificarías de “insufribles”?

RFO: En primerísimo lugar: a un programa televisivo conducido por un gritón que desde hace años festeja falazmente a sus participantes y con igual énfasis se burla de ellos, antes, durante y después de sus números de danza.

 

24: ¿Qué calle, qué recorrido de calles, qué pequeña zona transitada en tu infancia o en tu adolescencia recordás con mayor nostalgia o cariño, y por qué?…

RFO: El corto tramo que va desde la calle 7 y 61 de La Plata, en donde estaba mi casa familiar, atravesando la Plaza Rocha hasta la diagonal 78 entre 5 y 6, donde vivía mi amigo Horacio Castillo. Tanto de ida como de vuelta, infinidad de veces transitamos ese recorrido para compartir una lectura, leer un poema recién escrito o confiarnos algún secreto —normalmente feliz— de nuestras vidas.

 

25: ¿Cómo reordenarías esta serie?: “La visión, el bosque, la ceremonia, las miniaturas, la ciudad, la danza, el sacrificio, el sufrimiento, la lengua, el pensamiento, la autenticidad, la muerte, el azar, el desajuste”. Digamos que un reordenamiento, o dos. Y hasta podrías intentar, por ejemplo, una microficción.

Rafael Felipe Oteriño con Adolfo Bioy Casares en Mar del Plata, 1967

RFO: Ay, Rolando, me ponés en un brete. No soy proclive a los juegos de ingenio ni a las adivinanzas. Las palabras son para mí un mundo dentro del mundo. Hablan de las cosas, pero no son las cosas. Dejo que sean ellas las que me visiten, para recién luego comenzar yo mi labor. De don y trabajo, he hablado antes, con la mira puesta en conferirle forma verbal al impulso que me lleva a escribir. Me quedo, pues, del lado de Dylan Thomas, cuando muestra asombro (él le llama “enamoramiento”) frente a las palabras: “Ahí están ellas, aparentemente inertes, hechas de blanco y de negro, pero de su propio ser surgen el amor, el terror, la piedad, el dolor, la admiración, todas esas abstracciones que hacen peligrosas, grandes y soportables nuestras efímeras vidas” (“Manifiesto poético”).

 

26: “Donde mueren las palabras” es el título de un filme de 1946, dirigido por Hugo Fregonese y protagonizado por Enrique Muiño. ¿Dónde mueren las palabras?…

RFO: En las zonas bancarias, al mediodía, cuando lo único que parece importar son la suma y baja de las cotizaciones en las pizarras de la Bolsa y los sueños profanos de sus intérpretes. Pero también mueren en las páginas mal escritas, en las obras traducidas sin rigor y en la impotencia de la propia lengua para elaborar la palabra que falta.

 

27: ¿Podés disfrutar de obras de artistas con los que te adviertas en las antípodas ideológicas? ¿Pudiste en alguna época y ya no?

RFO: Sí, puedo. Las obras me deslumbran por su capacidad retórica y por la imaginación que despliegan. Cuando esto se cumple, me rindo ante su presencia y en mi interior siento crecer un entusiasmo que se expresa muy bien con la palabra “admiración”.

 

28: ¿Cómo te cae, cómo procesás la decepción (o lo que corresponda) que te infiere la persona que te promete algo que a vos te interesa —y hasta podría ser que no lo hubieras solicitado—, y luego no sólo no cumple, sino que jamás alude a la promesa?

RFO: Siento desilusión y trato de comprenderla. Luego vendrán otros resortes del espíritu menos nobles que me llevarán a imaginar intenciones ocultas (que normalmente cierran en algo mucho más simple: se olvidó). Pero lo cierto es que difícilmente puedo borrar del todo ese olvido: su mutismo ulterior queda flotando en mí con la fuerza de una interrogación.

 

29: No concerniendo al área de lo artístico, ¿a quiénes admirás? 

RFO: Admiro a los dotados de gran inteligencia, rica sensibilidad, probada maestría, vasta cultura, sano liderazgo. Y entonces aparecen en desordenado tumulto: Georges Steiner, Simone Weil, René Favaloro, Jorge Luis Borges, José de San Martín.

 

30: ¿Tus pasiones te pertenecen o sos de tus pasiones? Pasiones y entusiasmos. ¿Dirías que has ido consiguiendo, en general, distinguirlos y entregarte a ellos acorde a la gravitación?

RFO: Pienso que ambas cosas: me pertenecen y soy movido por ellas. Aunque debo decirte que me veo menos sujeto a las pasiones (en cuanto fiebres o fanatismos) que a los entusiasmos (más próximos al buen ánimo y la alegría), seguramente por la contención que opera en mí en cuanto a los excesos. Las pasiones son más fuertes y duraderas que los entusiasmos, aunque las dos confieren una vitalidad que me impulsa a ir más lejos.

 

31: ¿Qué artistas estimás que han sido alabados desmesuradamente?

 

RFO: Me viene uno a la mente: el artista plástico británico Damien Hirst, que expuso un tiburón dentro de una caja de vidrio con formol. Comprendo que la novedad y la sorpresa son componentes del fenómeno artístico, pero creo advertir que algunas modalidades del arte conceptual y de las instalaciones abusan de la idea como arte, descuidando el valor atinente a la realización en sí de la obra. De todos modos, la exaltación de la obra de arte nunca es perniciosa, pues el tiempo se ocupa de poner las cosas en su lugar.

 

32: ¿Acordarías, o algo así, con que es, efectivamente, “El amor, asimétrico por naturaleza”, tal como leemos en el poema “Cielito lindo” de Luisa Futoransky? 

RFO: No creo que el amor sea “por naturaleza” asimétrico. Dicha condición ha de ser, a lo sumo, uno de los tantos episodios del amor. Extremar el punto de vista es uno de los recursos de la construcción poética y de todo el arte en general, con el objetivo de ensanchar el escenario de expectación. Seguramente, eso es lo que hizo Luisa Futoransky.

 

33: ¿El amanecer, la franca mañana, el mediodía, la hora de la siesta, el crepúsculo vespertino, la noche plena o la madrugada?

RFO: El amanecer, soy diurno. Mis horas preferidas son las de mayor luz natural, cuando todo parece comenzar o recomenzar. Flaubert escribía durante la mañana, dormía una corta siesta y luego corregía lo escrito durante la tarde y hasta muy entrada la noche. Yo veo con simpatía esa modalidad, solo que siesta no duermo y que pongo término al día antes de la medianoche. La caída del sol me estimula para la conversación.

 

34: ¿Qué dos o tres o cuatro “reuniones cumbres” integradas por artistas de todos los tiempos y de todas las artes nos propondrías?

RFO: Recuerdo con felicidad de oyente la reunión cumbre entre Astor Piazzolla y el saxofonista Gerry Mulligan, allá por los años ‘70, y la más reciente entre los tres tenores Luciano Pavarotti, Plácido Domingo y José Carreras. Me gustaría asistir a otras que idealizo: la de Sócrates y Platón, la de Keats y Shelley, la de Michel de Montaigne y Étienne de La Boétie. Y aquella también eminente (epistolar en su última etapa) entre Walter Benjamin y Theodor W. Adorno.

 

35: Seas o no ajedrecista: ¿qué partida estás jugando ahora?… 

RFO: No soy ajedrecista; observo el juego desde afuera, pero siempre me ha seducido ese modo pacífico de concluir la partida que es “hacer tablas”. Lo tomo como una invitación a reiniciar la partida.

Traslado esa figura a la vida y me consuela con su imagen de no vencer y no ser derrotado. Hacer tablas, empezar de nuevo, mover otra vez los peones. El misterio se mantiene intacto.

 


Cuestionario respondido a través del correo electrónico: en las ciudades de Mar del Plata y Buenos Aires, distantes entre sí unos 415 kilómetros, Rafael Felipe Oteriño y Rolando Revagliatti, 20 de agosto de 2020.

www.revagliatti.com

domingo, 29 de julio de 2018

El escritor peruano Reynaldo Jiménez es entrevistado por Rolando Revagliatti.


Reynaldo Jiménez: “En mi adolescencia conocí y frecuenté a Blanca Varela”

Entrevista realizada por Rolando Revagliatti



Reynaldo Jiménez nació el 27 de marzo de 1959 en Limá, Perú, y reside en Buenos Aires, capital de la República Argentina, desde 1963. Ha sido editor y director de la revista-libro y editorial “tsé-tsé” entre 1995 y 2008. Coordinó la colección de antologías “Poesía Mayor” de Editorial Leviatán entre 1997 y 2001. Integró consejos editoriales de plataformas-e y revistas en soporte papel de Argentina, Brasil, Estados Unidos y Perú, así como colaboró con artículos y poemas en decenas de publicaciones gráficas y electrónicas de América y Europa. Participó en festivales y diversos eventos realizados en Argentina, Perú, Chile, Paraguay, Brasil, Costa Rica, México, Ecuador, Uruguay, Venezuela, Estados Unidos, España y Alemania. Ha sido traductor de numerosos poetas brasileños y responsable de una veintena de antologías y muestras poéticas. Fue incluido en ediciones colectivas y antologías (“Medusario. Muestra de poesía latinoamericana”“Antología crítica de la poesía del lenguaje”“Pulir huesos. Veintitrés poetas latinoamericanos”“Nosotros, los brujos. Apuntes sobre arte, poesía y brujería”“Jinetes del aire. Poesía contemporánea de Latinoamérica y el Caribe”“Divina metalengua que pronuncio. 16 poetas transbarrocos 16”“Déjalo beat. Insurgencia poética de los años 60”, etc.). Se editaron dos antologías de su obra poética: “Shakti” (selección de Claudio Daniel, 2005) y “Ganga” (selección de Andrés Kurfirst, 2006). Publicó —además de libros ensayísticos (“Por los pasillos” —incorporado en el volumen “¡Kwatz!”, compartido con Ricardo Gilabert—, 1989, “Reflexión esponja”, 2001, “El cóncavo. Imágenes irreductibles y superrealismos sudamericanos”, 2012, “Informe”, 2014, “Nuca”, 2015, “La inspiración es una sustancia, etc.”, 2016, “Intervenires”, 2016, “Arzonar” (2018), entre otros)— desde 1981 los siguientes poemarios: “Tatuajes”“Eléctrico y despojo”“Las miniaturas”“Ruido incidental / El t锓600 puertas”“La curva del eco”“La indefensión”“Musgo”“Sangrado”“Plexo”“¿Cómo llamar a un tigre?”“Esteparia”“Piezas del tonto”“Funambular”“Ello inseguro”“Antemano” “Olla de grillos”.





 1 — Abramos la conversación desde el pibe que fuiste.


          RJ — Nací en Lima, Perú, de madre argentina y padre peruano. Hasta no mucho tiempo después residimos en los alrededores de Lima, más precisamente en Chaclacayo. Mi viejo, pintor entre o por sobre otras cosas, es primo de Javier Sologuren [1921-2004] y en aquel breve período fuimos sus vecinos. Fue por entonces que llegó Allen Ginsberg a Lima (el 5 de mayo de 1960) y en un almuerzo, la mitología familiar repasa que el buen Allen, ya célebre visitante, ante mi insistente reclamo de atención, me dio de comer.
La anécdota ha sido verificada en coincidencia infrecuente por ambos padres, así que podría decirse que ahí, entre Javier y Allen, se dio un cierto inicio de inocencia poética. En un libro muy reciente, “Ello inseguro”, publicado por Juana Ramírez Editora, en Buenos Aires, aparece como ilustración de portada una pintura que mi viejo realizó conmemorando ese detalle-de-toque. En todo caso, el vínculo con Javier signó, después, mi adolescencia, cuando pasaba los veranos de variación y sin régimen colegial en Lima, visitando a mi papá —después de unos años en Nueva York, mis padres se separaron y con mi mamá vinimos a Buenos Aires, donde residían mis abuelos maternos, húngaros, en 1963, y desde entonces resido aquí. Los encuentros marcantes y la sostenida correspondencia con Javier —incluso mientras residió durante un tiempo en Japón, dedicado a la traducción de piezas esenciales— me fueron aportando su ética de autor-traductor-editor (con La Rama Florida). A través suyo me puse en contacto epistolar con José Kozer, Octavio Armand y Armando Rojas (quien me enviaba su revista “Altaforte” desde París y a quien, a diferencia de los anteriores, nunca llegaría a conocer en persona, dado su temprano fallecimiento).
Fue en esos veranos que conocí y frecuenté a Blanca Varela, a quien visité por primera vez en su oficina del Fondo de Cultura Económica en Miraflores (en la calle Berlín, a cien metros de la casa de mi abuela Sofía, donde mis padres se habían conocido y donde todavía residían una de mis tías y primos), conducido por el siempre generoso y tan recordado Leslie Lee, pintor (y buen poeta, aunque de publicación tardía) cercanísimo a mi viejo. Éste, por su parte, en una etapa brevemente anterior, me había provisto de sensacionales tesoros en forma de libros, que sigo teniendo a mano, de Julio Ramón Ribeyro, Leopoldo Chariarse y Krishnamurti (este último, infiero que por influjo de otro gran amigo suyo, el escritor Ricardo Martin, en cuya casa escuché por primera vez el “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” y quien apenas supo de mi incipiente obsesión por la poesía, a mis trece años, me regaló otro tesoro de efectos no sólo vitales sino vitalicios: la recomendación, enfática, inapelable, de leer a Miguel Ángel Bustos, que hasta ahora obedezco).
Si se piensa en las fechas en que todo esto más o menos ocurría (la nebulosa 1974-1979), quizá no se comprenda del todo la sensación de aire en relación al agobio argentino de entonces (aunque Perú tenía lo suyo: me tocó estar en Lima durante el “Limazo” o “Febrerazo”, revueltas populares pero también institucionales —parte de la propia policía reclamó, vía la huelga, por el fin de los maltratos, lo cual redundó en saqueos y caos vehicular, llegando al toque de queda y la suspensión de las garantías constitucionales— duramente reprimidas por Juan Velasco Alvarado), sino por factores más bien ambientales y particularmente familiares, junto a la posibilidad de entrar en contacto con esos poetas en particular. Cuánto de lo más sustancioso de mi desprolija biblioteca se debe a Javier, por un lado, y a Blanca, por otro, una infinidad de lecturas que fueron sendos despertamientos. Cada vez que iba a visitarla a Blanca a su oficina, me obsequiaba libros y números de “La Gaceta” y de “Plural”, antes de que esta revista se llamara “Vuelta”, dirigida por Octavio Paz pero con un consejo editorial que incluía a Salvador Elizondo y a Kazuya Sakai, cuyos ejemplares, devorados por la relectura insaciable, ya casi hechos polvo, todavía me rondan y a los que regreso en tren de consultas específicas.
Gracias a la intercesión de Blanca también pude visitar un par de veces a su vecino, el predilecto y silencioso Emilio Adolfo Westphalen, quien me dedicó un recorrido veloz por buena parte de sus libros de pintura surrealista; especialmente recuerdo reproducciones de Max Ernst y René Magritte, sin mayores comentarios de su parte. Sólo el gesto. Nada menos.
Sumado a ello, breves pero inolvidables conversaciones, otra vez gracias a Leslie, con sus patas Alejandro Romualdo, alejado de Javier por las propias internas de su generación, y Francisco Bendezú, poeta sobre el que escribiría alrededor de cuatro décadas después un ensayo celebratorio, bastante deforme por cierto, y que está en “El cóncavo. Imágenes irreductibles y superrealismos sudamericanos” (Descierto Ediciones, 2012).
Todo eso fue abonando esta pasión hacia la poesía escrita (o no) por varios poetas peruanos (me resisto a usar la muletilla de siniestro tinte nacionalista de “poesía peruana”). En la modesta pero intensa biblioteca de mi casa estaban César Vallejo con “Trilce” en la edición no tan respetuosa de Losada —deslumbramiento total y definitivo, un desafío estético pero también neurológico, diría, en cuanto al deslizamiento sensoperceptual que esa lectura por estratos sucesivamente me iría proporcionando, a nivel de influjo: algo que me ocurriría, después, con las lecturas-transvisiones semánticas de José Lezama Lima y de Martín Adán—; la edición homenaje de La Rama Florida al reciente fallecido Javier Heraud —ejemplar ya ajado que todavía atesoro—; una antología en edición popular de José María Eguren —que fui apreciando también de a poco, luego de vencer mis resistencias estéticas a la rima consonante y la música del supuesto “arte menor”, con la intermitente relectura, guiado por las respectivas apreciaciones de su obrar por parte del propio Westphalen, César Moro y otros tremendos autores para quienes Eguren funge de referencia axial en cuanto el inventor, el que encarna la transición, ergo el que habita el entre—; también estaban esas primeras ediciones de William Carlos Williams, Gregory Corso, Ginsberg, Jack Kerouac (“México City Blues”) y los Beats en general, que mi viejo, que ya lo había digerido todo a su particular manera, me obsequió.
Por parte de mi mamá, las obras de Franz Kafka, en primer plano de mi atención, más una borrosa noción de los rusos, que me parecían cordilleras inexpugnables de detalles a seguir (la novela, en general, per se, no me engancha, sino ciertas y determinadas escrituras, más acá de las narrativas que se les pueda o no montar; sé que esto es arbitrario, discutible) y las de Herman Hesse: “El lobo estepario”, dos o tres veces releído a lo largo del tiempo, me sigue pareciendo inquietante.


 
  2 — Residiste, decías, en Nueva York.


          RJ — Del tiempo que vivimos los tres en Nueva York conservo imágenes o más bien sensaciones lumínicas, ambientales, que se corroboraron cuando pude regresar, por única vez hasta ahora, cuando ya promediaba mis cuarenta y tantos de edad, invitado por Lila Zemborain y su programa de escritura creativa en la NYU (Universidad de Nueva York), oportunidad en que también, gracias a José-Ignacio Padilla y Arcadio Quiñones, se me invitó a una lectura en Princeton. Conservo somáticamente la sensación lumínica de la nieve, de los parques en otoño, la galería de rostros que desde entonces significaron las calles de cualquier “centro” (cómo no evocar acá y de pronto a los rostros como pétalos en la entrepenumbra del metro neoyorquino, en Pound), ciertos olores sin explicación. Un restaurant en Chinatown al que había que descender por una escalerita de un par de escalones. La escalera y el frente típicos de Brooklyn de nuestra casa. Cuando volví a visitarla, gracias a la increíble memoria de mi viejo, capaz de recordar hasta el número en la puerta, se me brindó un ratito de sincronización de tiempos. Y hasta de temporalidades.
Al vuelo sin retorno de Nueva York a Buenos Aires en 1963 lo recuerdo bien, esa angustia indecible de los cuatro años, por enterarme recién en el aeropuerto, a minutos de salida, que mi papá no vendría con nosotros; la llegada al conurbano barrio de Florida, mayormente de inmigrantes de clase media; la casa, estilo inglés, de mis abuelos; la recepción un tanto fría de mi bisabuela, rumana, quien viviría muchos años más y con el tiempo llegaría a ser mi principal defensora o aliada en ciertas futuras pugnas domésticas en la que me vería envuelto promediando, precisamente, la adolescencia. No fui, como casi todos, digno de mayores ritos de pasaje que los provistos por la socialización forzosa bajo el régimen escolar y la economía de mercado. O sea: mi vieja laburaba largas jornadas, razón por la cual no nos veíamos en todo el día durante la semana, pero me enviaba, pagando una famosa “media beca” —eufemismo, como todos, bastante infame—, a colegios de pretensión inglesa de la Zona Norte, lugares y grupos de personas (me relacionaba relativamente mejor con dos o tres colegas, siempre de a uno) que ya, durante el tránsito por la secundaria, raramente llegaría a sentir de pertenencia.
Me acuerdo especialmente de un retorno de ésos, estaría en segundo año, venía en mi segundo colectivo de todas las tardes, es decir mi cuarto de cada día (empecé a usar el transporte público y a manejarme solo en tercer o cuarto grado), apretado, al fondo del pesado vehículo, de los que ya tenían puerta trasera de descenso y algún timbre levemente electrocutante (lo pulsaba siempre con alguna carpeta, para evitar el contacto del dedo con la descarga inevitable) y subió mi abuelo, Geza. Estaba tan lleno que se quedó adelante. De inmediato me vio. No bajaríamos en la misma parada, pero todo lo que conversamos con los ojos aquella tarde, diría que todavía me influye. Algo de la poesía en paralelo a las construcciones con palabras. Una articulación ahí, en el rayo protector de esa conversación, ella sí iniciática, y justamente por ausencia de rito, de premeditación, de intenciones incluso. Justamente por magia del afecto, la única que realmente influye, así sea no siempre de forma “positiva” (queda para seguirla en otra ocasión).
Debo decir, como denuncia de una injusticia que padecí temprano, que mis abuelos nunca me enseñaron el húngaro, aunque sí a sus hijos, mi madre y mi tío, que si bien nunca lo escribieron llegaban a ciertos acuerdos semánticos hablando en esa lengua, que me parecía medio marciana (provengo de la generación en que las figuritas de “Marte Ataca”, encausantes metafóricos de ciertos terrores más o menos declarables, ya eran retro; también, con eso entre manos, durante la pubertad encaré todo el feroz amateurismo de la ovnilogía; fui, a mi modo, ovnílogo, luego ascendido de propia mano y voluntad a tránsfuga interfronteras). Entre ellos aquellas cuestiones. Se suponía, así lo afirmaba Rosalía, mi abuela, a quien llamábamos Mami Dody, que cosas había que un niñito no debía entender. Se me propició así tempranamente la lección del no. Con la del sí tuve que arreglármelas, como casi todos, en los mil y un rebusques extra-anécdota, que a nadie, creo, se le escaparían, en cuanto a la gradual conciencia, inventarse un repertorio de posibilidades, una apertura a la autoconfianza como probable acceso a la confianza en los demás. Algo así como la colocación responsable de crearse cada día un alma, entendiendo por ésta la zona liberada por excelencia. Liberada, digo, de lo ego-social, según acepción encontrada en recovecos ensayísticos de Juan Larrea.
Sin embargo, la esdrujulidad de esos intercambios me quedó rondando para siempre, fantasmática, con el humor desconcertante por impersonal (naturaleza de las cosas) de las vivencias puramente transparentes. La esdrújula de un acento foráneo entre las captaciones del oído. Nacer en un lugar, mudarse a otro, recaer en un tercero, entre extranjeros, que no hablan “bien” el castellano, que no participan de los rituales de una colectividad más allá de las asociaciones escuetas y cada vez más murientes, entre compatriotas probablemente mejor adaptados al nuevo medio, quizá inventándolo así junto a tantos otros.
De alguna manera se me inculcó, o, a falta quizá de elementos suficientes, así lo interpreté, que el hecho involuntario de ser “hijo de padres separados” constituía una especie de variante del Déficit. Hoy cosa tan frecuente, por entonces fenómeno de incipiente expansión dentro de un cambio generacional: el juicio de divorcio de mis padres, que por falta de una ley correspondiente en Argentina debió consumarse triangulando con Paraguay, fue un trámite con ribetes que duró varios años y signó, entre otras cosas, una rabia insobornable que con el tiempo devino en un pensamiento continuo, de un modo u otro, en torno al quid de la inocencia. Vista prismáticamente, es de alguna manera el tema intermitente en distintos emprendimientos de escritura, llegando, hace poco, al propio título de un libro de ensayos todavía inédito: “Cine e inocencia” (parte de una serie de libros bastante cinéfilos).



 3 — ¿Por dónde, cómo circulaste, en tanto estudiante?


          RJ — Durante el primario fui buen alumno, querido por los compañeros y las maestras —Lía, del turno inglés, de quien estaba perdidamente enamorado; Susana, la maestra más exigente y formativa, que me transmitió nociones éticas con enorme ternura (nunca olvidé ese cartelito, leído todos los días del año lectivo sobre la mano que lava a la otra y el que las dos laven la cara); Marta, que nos contaba historias de aparecidos así como relatos de unitarios y federales o nos leía cuentos de Horacio Quiroga en una época en que los cortes de luz y las tormentas, no menos eléctricas, fueron frecuentes—, mientras que el secundario, ya en trance de amenazas diarias de bomba y entre situaciones de un alto nivel de policiación represiva, entre los propios adolescentes, que hoy se llamarían bullying, más los obvios niveles de incomprensión familiar, dentro de un marco social muy restringido —“contactos con el mundo exterior”, pocos—, incomprensión resentida, claro está, por un adolescente hipersensible y hasta cierto punto exasperado, hicieron aflorar todo ese enojo contracomportamental. Y ahí estaba el rock, inmediatamente asociado a la poesía. Una poesía que involucraba maneras de vivir y de expresarse.
Desde chico dibujaba y apenas escuché rock, por entonces principalmente psicodélico, con absoluta conciencia a eso de los ocho años ­—mi tío, recién adolescente, que fue mi guía musical en esa temporada de sorpresas, llevaba discos a su casa, con música beat nacional de la época, más los primeros Beatles (que escuché después del “Sgt. Pepper’s”: “Revolver”, sobre todo), Rolling Stones, Hollies, Bee Gees, Paul Rivere & The Raiders, los discos de Buddah Records de bubblegum music, The Byrds, Kinks, los Gatos y el primer ejemplar de la revista “Pelo”, con fotos a color de los músicos; escuchaba la radio en la Spika hiperportátil de mi abuelo o en el combinado estereofónico Columbia, verdadero mueble de diseño con el que, aparte de descubrir “Modart en la noche”, a filo del sueño, llevándome esas reminiscencias de otras vidas e intensidades a la duermevela (recuerdo cuando me regalaron el disco triple de “Woodstock”, sin haber podido ver ni la versión local de la película en el cine, y cómo, durante varias noches, me quedaba dormido imaginando las imágenes que despertaban esas músicas así como las voces de los presentadores y del público, parte inseparable del registro de esa banda de sonido; ensoñaba, a los diez, que era parte de un Festival donde nadie más se sentía solo) y como para no pensar, un rato más, estirando los minutos antes de que todo se repita con la regularidad horaria acostumbrada, en la secuencia de la escuela a la madrugada siguiente.
Algunas veces me sumergía en el combinado, que poseía capacidad de “onda corta”, con lo cual, girando una perilla y luego otra, captaba emisiones de otros lugares que, por el ruido blanco, las interferencias, los “alejamientos” estaban realmente lejos, venían una vez más desde otros mundos (otros “húngaros” a seguir descifrando, elongando el oído al interior de la escucha). Enloquecí una vez muy precisa con músicos cuyos nombres recién conocería años más tarde: Caetano Veloso, Chico Buarque, Os Mutantes. Otra vez, con la Spika en el muelle (mis abuelos tenían una isla en el delta del Tigre, en el Canal Arias, llamada “La mimosa”, y ése fue el otro ámbito fermental de mi exploración, mis otros veranos o largos fines de semana; mi abuelo se fue a vivir ahí una vez jubilado, “bajando” poco a la ciudad, a cobrar, tal vez, su jubilación, por eso aquel día que lo vi subir al colectivo cobró, también, tanto relieve, pues lo veía más en la isla, él era la isla) deliré con un largo programa que nunca más pude volver a encontrar, dedicado a pasar lo primero de La Pesada del Rock and Roll y de Pappo’s Blues (claramente 1970). Meses antes, el primer disco que pedí de regalo para mi cumpleaños diez fue “Almendra”, que había salido a la venta hacía apenas unas semanas (en enero, chequeo). Debo haberlo escuchado centenares de veces. Después, todo lo que siguió.
            Cambié seis veces de “institución” a lo largo de toda la escolaridad. Bastante integrado de chico, en la secundaria me empezó a costar de golpe hacer amigos. Una timidez repentina e irrevocable arreció y mi posición de romántico enamoradizo devino más platónica aun. Cierto que me enamoraba perdidamente por un tiempo de distintas compañeras de clase, aunque con algunas admitía un honesto fervor erótico, pero nunca, si no malamente, se enteraban ni se daban por enteradas. También de algunas profesoras jóvenes —lo cual me convirtió en excelente alumno en historia y literatura, sobre todo porque esas profesoras, que me parecían hermosas, además se me hacían presencias curativas, porque me proveían de una información vital, mientras permanecí mediocre, dado el legítimo desinterés, ahora establecida ignorancia, en las demás materias, incluyendo la por entonces no menos militarizada “educación física”— provocaron una tensión que sólo la poesía, la música y el cine —fui un verdadero cinéfilo durante años, capaz de ir hasta cinco veces al cine en una semana, y todavía llegué a vivir las funciones de cine continuado de hasta tres películas por tarde en los muchos cines de barrio que conocía (entre otros, el “Electra” de Vicente López y el “York” de Olivos, que todavía funciona), absorbiendo absolutamente todo tipo de filmes— aliviaban, si bien parcialmente.
Incapaz de una vida social, sin conectar con el sexo femenino, sin un grupo de pertenencia aparte de aquellos amigos aislados y más bien transitorios, está claro que “me refugié” en la escritura. Ante eso, mi vieja me regaló una máquina de escribir y desde entonces no paré más. Rompí, de tanto teclear, tres máquinas de escribir en mi vida. Recuerdo la fuerte exigencia de “decir algo” (y cómo decirlo) me llevaba a corregir y corregir, sin solución de continuidad, empezando de nuevo cada versión desde cero, de manera que bajaba una resma de papel en pocos días, casi nunca algún resultado.
En cuarto año tuve un compañero, Abel Lubarsky, que era un tremendo dibujante y hoy es arquitecto, quien me habló de su hermana mayor, Violeta, que asistía a un taller literario con Santiago Kovadloff —estamos hablando de 1974— y a quienes conocía de nombre por sus colaboraciones en la revista “Crisis”, que yo conseguía, no sé cómo. Porque también era asiduo de todo tipo de revistas, empezando por las de historietas (desde muy chico, era capaz de viajar bastante lejos de mi casa con tal de conseguir alguna de Marvel Comics). En esa época la presencia de las ediciones del Centro Editor de América Latina en los kioskos fue más que decisiva: cada semana corría temprano al kiosko a buscar el nuevo libro a precio irrisorio; no los leí a todos, pero varios permanecieron en mi biblioteca (las traducciones de poesía inglesa de Jaime Rest, Rabelais, las memorias de Casanova, son algunos títulos que me vienen a la mente). Y a través de Violeta y Santiago, entonces un tipo muy joven, entré en los universos Alejandra Pizarnik, Fernando Pessoa, Carlos Drummond de Andrade, Manuel Bandeira y la poesía brasilera en general, y Cesare Pavese, Eugenio Montale, mientras por mi parte seguía explorando el surrealismo y alrededores —desde Bustos y, cómo no, la antología de Aldo Pellegrini; ya había salido —innegable influencia— “Artaud” de Pescado Rabioso; así como René Daumal y toda la colección de Fabril dirigida por Aldo Pellegrini, y por supuesto la línea Baudelaire-Nerval-Rimbaud-Lautréamont; las ediciones de Fausto: Mallarmé, poesía inglesa traducida por Enrique Luis Revol, los tres tomos de Raúl Gustavo Aguirre de poesía argentina, Pierre Jean Jouve, Aimé Cesaire, Blaise Cendrars; Enrique Molina, Francisco Madariaga, Juan Antonio Vasco, Edgar Bayley, varias antologías de la poesía del 60, Juan Gelman, Susana Thénon… Largo, largo etcétera para una mezcla en la que todo de un modo u otro culminó siendo influencia, a veces a nivel de estilo, otras menos, mixtura, al fin y al cabo, que obviamente no ha cesado de expandirse y elongarse. Otra lectura fundamental de entonces, de las que aportan cierto coraje, a la que vuelvo cada tanto, es el libro de “Conversaciones con Enrique Pichon-Riviere sobre el arte y la locura”, realizado por Vicente Zito Lema (la edición de ¡1976! siempre a mano).
            Con Kovadloff asistí más bien a grupos de estudio centrados en la estética. Leímos un poco a Georg Lukács y bastante a Arnold Hauser. Me costaba tremendamente concentrarme en la lectura, tanta era mi perturbación interna, afectiva, por situaciones familiares y, ahora me doy cuenta, por la circunstancia sociopolítica que atravesábamos. No pasaba día que no nos parara la policía o los agentes paramilitares, en cualquier bar, en la facultad —llegué a cursar el primer año de Letras en una universidad privada (mi mamá tenía miedo de la nacional por mi situación de “peruano”) durante 1977, pero lo cierto es que me ausentaba de las clases, que me resultaban soporíferas y distantes de lo artístico en sí, que era lo que yo precisaba, aprovechando mi estada en el centro, clandestina a los ojos de mi madre, refugiándome en los cines Arte, Losuar, la sala del San Martín, volviendo “experto” en cinematografías ignotas, y por supuesto peinaba todas las galerías de arte del centro —hasta hoy soy devoto de la pintura— y las librerías de Corrientes y Avenida de Mayo, recabando materiales poéticos que iría leyendo, y muchas veces perdiendo, con los años. Hauser, cuya lectura nunca profundicé realmente por más que me esforzara, sí me hizo pensar en el manierismo como un repertorio abierto de posibilidades. Entre los diecisiete y los diecinueve años, más o menos, escribí varias series de poemas; algunos salieron publicados, gracias a Javier Sologuren, en la revista “escandalar”, que dirigía Octavio Armand en Nueva York. Creo que esa publicación es el inicio de una situación que persiste hasta hoy: la mayoría de mis libros han salido y salen lejos del lugar adonde vivo. Recuerdo la felicidad de estar mirando mi ejemplar en un bar, recién llegado por correo, adonde también había, entre muchos tesoros, poemas de Alberto Girri, cuya obra también leía, y verlo pasar al mismo Girri, con quien nunca hablé, en ese momento, por la ventana del bar.






          
          4 — Por allí sigamos, por tus poemas. Y recorridos.

          RJ — Fue por entonces que busqué a Edgar Bayley, cuya obra reunida, como la de Girri —su antípoda estilístico— había sacado Corregidor. En mi casa no tuve teléfono hasta que me mudé con mi novia, no otra que la misma Violeta, a los 22 años; de ahí creo mi fobia a los teléfonos, nunca logré acostumbrarme al aparatito, su increíble capacidad de interrupción: menciono esto porque un conocido me pasó el teléfono de Bayley y después de mucho pensarlo caminé las varias cuadras a la única galería comercial que había en Florida, adonde había un caseta telefónica con monedas y lo llamé; no sé cómo logré tomar coraje, balbuciendo, y me citó en un bar a la salida de la Biblioteca de la Caja de Ahorro, frente al Congreso, donde trabajaba. Le pasé una copia de mis poemas —algunos serían parte de “Tatuajes”, publicado un par de años después, en 1981, cuando ya estaba escribiendo de otra forma, de otras cosas— y Bayley me dijo: “Va a tener que cambiarse el nombre, ya hay otro poeta Reynaldo Jiménez, creo que ecuatoriano, que acaba de publicar en la revista “escandalar” de Nueva York.” Le dije que era yo, pero Bayley no me creyó. Un par de semanas después nos reencontramos y de un bolsillo de su saco tomó unos papeles arrugados: mis poemas, poniéndolos sobre la mesa del bar, y diciéndome: “Esto es poesía automática. Todo lo contrario a lo que hago yo. Le recomiendo trabajar más los poemas.” Y yo no supe cómo decirle que ésas eran las versiones treinta o cuarenta, que no había nada de “automático” ahí. Fue un desencuentro personal que si bien por un tiempo me resintió bastante, al punto de suspender mi lectura de la poesía de Bayley, con quien me seguiría cruzando durante los próximos años muchas veces —sin saber si me reconocía como aquel adolescente titubeante e idealizador, hasta que una noche, en una larga mesa de bar, después de alguna lectura de poesía a la que habíamos concurrido, desde la otra punta, en un silencio general, el maestro Bayley me dijo “¿Y, Jiménez, para cuándo va a escribir algo bueno? Estamos esperando…” Fue un clic. Yo volví a enmudecer.
No puedo sino añadir a la anécdota que el célebre pero inagotable verso de Bayley “nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada”, es uno de mis lemas. Incluso toda una lección en sí misma acerca del valor del adjetivo: ese abandonada que exime de mayores comentarios y que contradice algunos de los postulados que se jugaban en la época: la sarta de restricciones (adjetivos no, por ejemplo del “buen escribir”). Y la salvedad, hasta hoy elaborada, de que todo depende.
            Muchas eran las restricciones que se jugaban entre los que concurríamos a los talleres y grupos de Santiago Kovadloff, al punto de que la mayoría no continuó escribiendo. Nunca me convenció la restricción per se, ni mucho menos la idea de obra sólida a ser alcanza, junto a la insistencia profesoral de que la escritura es trabajo, a mí que nunca entendí la noción excluyente de trabajo, cuestión que me terminaría distanciando, pienso ahora, de aquel núcleo, más allá de todo lo que efectivamente me aportó a nivel de información, de libros, de lecturas hacia adelante, pero para realizar mi propio mix. Fue cuando conocí, poco después, a Néstor Perlongher, que un día, con una sola frase suya conversando —cuándo no— en otro bar, y yo le decía “Néstor, no sé cómo se llega a ser un poeta sólido”, él me respondiera: “Pero yo no quiero ser sólido, quiero ser fluido…” Otro clic.
            Durante la dictadura empezamos, Violeta y yo, por ese entonces inseparables, a reunirnos —los viernes por la mañana— con Diana Bellessi, que venía del Tigre un par de días a la semana a dar clases de inglés, si recuerdo bien, y a través suyo se fue armando un grupo dispar con encuentros continuos y rotativos —nos juntábamos simplemente a leernos lo que estábamos escribiendo— con Alberto Muñoz, quien a su vez trajo a Eduardo Mileo, y Jonio González, que integraba la redacción de la revista “La Danza del Ratón” y que yo ya conocía de su libro colectivo con el Grupo Onofrio. Por otro lado, como gracias a Santiago logré hacer varias colaboraciones con el Suplemento Cultural de “La Opinión”, en jaque por esos años de dictadura, a través de Raúl Vera Ocampo, que dirigió la última época del suplemento, conocí a Jorge Santiago Perednik, quien me invitó a participar del Consejo de Redacción de una revista que estaba por lanzar: “Xul”, en cuyos dos primeros números participé (en el primero, con poemas, que incluyen una desagradable errata; en el segundo, sin firma, con una muestra de poetas peruanos, que incluye la primera publicación en Argentina de poemas de un entonces desconocido Mario Montalbetti, cosa que no sé si éste supo alguna vez). Luego Perednik, sin mayores explicaciones, me expulsaría del proyecto, algo que me afectó enormemente, sobre todo por lo que sentí como una arbitrariedad y porque era mucho mi deseo de hacer una revista; muchos años después pudimos reencontrarnos una mañana —en otro bar, claro, enfrente de la estación de Belgrano R— y si bien no repasamos aquel suceso, conversamos con mutuo respeto, ya sin resentimientos de mi parte. Todo se hacía entonces sin permiso, sin derechos, sin noción de propiedad intelectual: el gesto poético era desinteresado y apuntaba a minar, desde un lado o el otro, la institución asociada a lo represivo, por mínimo que fuera el gesto, considerábamos su valor en varios niveles. Para mí, insisto, era descubrir los mundos.
A través de Diana conocimos a Mirtha Defilpo, a quien admiraba muchísimo por sus letras para ese tremendo disco “Melopea” de Litto Nebbia, de quien fuera compañera, y con la cual se dio de inmediato una extraordinaria empatía; también a Víctor Redondo, que ya editaba “Último Reino”, y con él a Jorge Zunino —a quien había visto un par de veces en la redacción de “La Opinión”, donde él trabajaba, sin saber que era él—, a Susana Villalba, Mónica Tracey, Horacio Zabaljáuregui, quienes de inmediato me hicieron sentir su apertura y don de amistad. Menciono todo esto porque nunca me atrajeron las “pugnas interestéticas” y fue así que colaboré libremente con las tres revistas de entonces (“Último Reino”, “Xul” y “La Danza del Ratón”) así como participé en diversos proyectos, como ciclos de recitales, junto a una diversidad de autores de distintas estéticas, generaciones y procedencias: todo ello sería formativo para la posterior gestación del proyecto tsé-tsé, revista-libro y editorial.
            Con ese grupo autogestionario, como le gustaba decir a Diana Bellessi, empezamos a expandir el espacio de las lecturas. Primero hicimos un ciclo de dos sábados a la tarde en Los Altos de San Telmo, donde presenté “Tatuajes”, con buena afluencia de público, para nuestra sorpresa, y ese mismo día conocí a Néstor y a Víctor. Recuerdo que estaba también Daniel Mourelle. Luego, ya invitando a otros autores, gestionamos el ciclo Arte Plural, que funcionó durante un par de años en la sala que tenía el grupo M.I.A. (los Vitale) en el barrio de Once, en una calle llena de reminiscencias, sábado a sábado. Insisto en que esto fue durante la dictadura y que entonces no había tantos ciclos (¿quizá fuimos el único durante mucho tiempo?). En ese transcurrir conocí a Liliana Ponce, por ejemplo, cuya amistad me honra hasta hoy.
Paralelamente, y luego de un corto período en que trabajé como corrector de pruebas en la imprenta Esquiú, donde en turnos de corrección de galeras conocí a José Luis Mangieri (a quien pondría en contacto con los amigos de “Último Reino”), entre otros, ya que fungía, además de las publicaciones de la curia, como imprenta free lance, y de la que fui echado sin explicación alguna al momento en que, después de trabajar un par de meses haciendo reemplazos, me vio el coordinador. Me ocurrió lo mismo en una pequeña revista que se llamaba “Quién es quién en Argentina” (que me hayan echado de ahí, sin la menor explicación ni consideración y pese a que trabajara con relativos buenos resultados durante un par de meses haciendo entrevistas e informes, no podría haber sido menos significativo), trabajo que había encontrado por un aviso en el diario (llegué a presentarme, por este método, en decenas de “entrevistas de trabajo”): mi aspecto evidentemente desentonaba con la marca de la época, porque las reacciones de los pequeños capos eran inequívocamente de irritación inmediata. En el caso de “Esquiú” hay que concederles que eran la curia, y que en la publicación oficial sobresalía el crítico de cine Miguel Paulino Tato, nada menos que “El Censor” de la dictadura, a quien veía siempre por ahí y que paradójicamente no era el más odioso, comparado con aquellos otros personajes más subalternos que por supuesto y sin metáfora estaban entrenados para actuar desde las sombras.
Al poco tiempo de vivir con Violeta, mientras todavía no había tenido la fortuna de ser expulsado de “Esquiú”, por mediación de la gran Mirtha Defilpo empecé a trabajar con Víctor Redondo y Gustavo Margulies en “Último Reino”, como tipeador de la editorial, donde estuve diez años. La paciencia que me tuvieron —se tipeaba con máquinas eléctricas que cambiaban la “bochita” tipográfica y una memoria limitada a una página y media que había que borrar luego de “imprimirla” y esa “impresión” se armaba a mano, con una lámpara debajo de un vidrio, por lo cual mis constantes erratas de tipeo fueron, durante bastante tiempo, la pesadilla de los armadores— es algo que sigo agradeciéndoles. El oficio que aprendí allí es la maquetación de libros, que adoro realizar y que hasta ahora ha sido uno de mis variados medios de subsistencia. A través de la editorial tuve oportunidad de conocer a centenares de personas del circuito poético local e internacional, algunos entrañables poetas y amigos como Roberto Cignoni y María Rosa Maldonado. Me tocó tipear o presenciar la aparición de los libros de Arturo Carrera, Emeterio Cerro, Eduardo Espina, por supuesto Perlongher, Enrique Blanchard, Zunino, entre tantos más. Todo eso, el hecho de recorrerlos a veces sílaba a sílaba, fue asimismo infiltrando a piacere, modificándolo siempre, mi repertorio de recursos y referencias.
            En los ciclos de recitales de poesía y sus cenas o tertulias satélites no era infrecuente coincidir con Bayley o Francisco Madariaga. Un día fui a una librería de Belgrano, que ya no existe, a la presentación de un libro de Raúl Gustavo Aguirre, pude estrecharle la mano y pasarle “Tatuajes” (el cual él respondería por correo con una tarjeta de agradecimiento que llevaba impreso “Belleza obliga”) y ese mismo día conseguí, encontronazo decisivo, pidiendo prestado unos mangos para redondear el precio a un amigo ahí presente, “La tortuga ecuestre” de César Moro, edición de Julio Ortega para Monte Ávila. Quién sabe cómo habría llegado ese ejemplar de la editorial venezolana a la vidriera de esa buena librería de barrio (años después volvería allí a pedir trabajo, sin resultados). A Moro lo conocía de aquella señera antología “Vuelta a la otra margen”, de Mirko Lauer y Abelardo Oquendo, publicada en Lima en los 70; y desde entonces no he dejado de trabajar, sea ensayando sea traduciendo, en la obra moreana.


          5 — Lo anticipaste: proyecto tsé-tsé, revista-libro y editorial.

          RJ — Hablé ya en otros lugares de este entrañable proyecto que encaramos con Gabriela Giusti desde 1995 a 2008, diecinueve números de la revista y cien publicaciones en total. Ahí nos detuvimos. Sin embargo, los ecos de ese trabajo siguen llegando con frecuencia no menos irregular. Una parte de mi vida. En ese período nació Clara, nuestra hija, y en algún momento intentamos que publicar poesía fuera nuestro modo de supervivencia, no sé ingenuos o francamente delirantes. Ahora, gracias a Matías Raia y Evelin Heidel, se está digitalizando toda la colección en sus tres diferentes formatos o etapas, con idea de colgar todo en la web para que pueda ser consultado, bajado en pdf y, quién te dice, leído por nuevos lectores. Todo tsé-tsé fue un esfuerzo de pensamiento crítico (no en forma de reseñas sino de ensayos, entrevistas y muestras) en torno a la diversidad americana a partir de las poéticas.


          6 — Entre 2002 y 2016 participaste en cuatro CD. Sos guitarrista. Realizaste videopoemas y entrevistas sobre poética. No sólo has formado parte de mesas de debate sobre poesía experimental, también de muestras colectivas con objetos y dibujos y de perfomances.

          RJ — Participé en incontables encuentros de improvisación musical, con instrumentistas muy entrenados, otros más amateurs y también con no-músicos (pintores o diseñadores o poetas que tocan intuitivamente algún instrumento o varios). Es algo que vengo haciendo, cada vez que se presenta la ocasión, desde principios de los ochenta. Desde antes de la época en que comenzó “El Invitado Sorpresa”. No soy guitarrista pero toco, algo bestia, la guitarra. Digamos que casi todos los días un poco, como para afinarme. Tengo grabaciones que podrían calificarse de bootlegs, pero los editores se asustan, seguramente con razón, de sacar esas curiomonstruosidades. Me gusta tocar “encima de” alguna música que escucho. Y escucho mucha. Hace ya un tiempito que no he vuelto a los videopoemas (algunos sin texto), pero espero retomarlos más adelante, me gustaría conseguirme una mejor cámara, etc. Lo mismo con las entrevistas a poetas. En algún momento pensé que sería lindo reunir todas las realizadas con algunas más a realizar en un dvd. Pero carezco de habilidades técnicas para ello.
No tanto mesas sobre poesía experimental (término en el que francamente no creo designando algo así “la especialidad experimental”) ni tantas mesas de debate, en realidad (más bien le huyo), pero sí ponencias, conferencias, conversaciones de poética simplemente, eso sí, me agrada, me lleva a seguir estudiando. Participé en un par de muestras colectivas, sí; especialmente recuerdo “La caja” (con Violeta Lubarsky, Carlé Costa y Gabriela Giusti) justo cuando ya cerraba The Age of Communication, un sitio-nave de Buenos Aires que mucho se extraña (igual que a Juan Calcarami, su timonel de alta navegación).
            Tengo bastantes cosas pintadas (hace tiempo que perdí la continuidad, pero produje mucho durante años, así como eliminé mucho, pero creo que guardo algunos laburos dignos de ser expuestos alguna vez) pero me especializo en dibujar en papeles viejos, en ángulos, hablando por teléfono, pensando en otra cosa. También armé un libro de artista con poemas y dibujos a color que a veces utilizo en lecturas. Con Gabriela tenemos una serie de miniaturas al alimón que hicimos cuando empezamos a vivir juntos y se mantienen a la espera de ser exhibidas de alguna manera.


          7 — Elijamos uno de tus últimos libros publicados, ese que se aparta, me parece (no lo he visto), bastante, por su conformación, de lo que uno designaría como un libro convencional: “Filia índica”.

          RJ — Es un libro de viaje, una miscelánea sobre algunos sitios por los que anduvimos en el verano de 1997-8 por el norte de India, nuestro viaje de bodas con Gabriela (nos casamos a los seis de años de vivir juntos y en este viaje nos enteramos de que estábamos esperando a Clara) donde estuvimos creo que dos meses (además de una semana en Londres), ya no recuerdo con exactitud. En el libro, que fue rechazado o más bien diría ni siquiera mirado por tres o cuatro editores, y que está compuesto por textos que se divulgaron en la revista y en otro libro (hay un poema que está en “Musgo”), más diapositivas a color que tomamos los dos allá (en un par de casos no sabemos quién las tomó), finalmente salió en Querétaro, de la mano del editor Federico de la Vega, en una edición preciosa, cuidadísima. Son pequeñas cosas que pude reunir en torno a ese viaje, que había sido muy deseado, por ambos por separado, durante décadas; espero volver pronto por allá. Me gustaría quedarme un rato en un par de sitios que no llegamos a visitar aquella vez. De “Filia índica” puedo decir, a grandes rasgos, que es un libro resueltamente devocional (elemento que no falta en otros míos, pero que acá sería un poco el eje, junto al viaje específico).


          8 — Y ahora lancémonos a los libros recientemente editados y a los que tenés en maquetación, así como a los inéditos o que estés preparando.

          RJ — “Arzonar”, tres ensayos sobre sendos poetas peruanos (Vallejo, Xavier Abril, César Moro) acaba de socializarse también por la Universidad Autónoma de Querétaro. “Olla de grillos”, nuevo de “poemas” (cada vez más valgan las comillas) está saliendo de la mano del joven editor Frey Chinelli y su sello A Pasitos del Fin de este Mundo. Acaba también de publicarse, por fin, “Antemano”, por Amargord de Madrid, en la colección Portbou, dirigida por Edmundo Garrido (otro tremendo editor en pleno despliegue), libro escrito en 2010 y que tenía fecha de publicación en 2012. Inéditos, tengo dos libros con diversos ensayos relacionados al cine, comienzo de una serie que continuará: “Enteoramas paradisíacos” y “Cine e inocencia”; así como el primero de dos sobre psicodelia, “El oyente psicodeslizado” (el que estoy preparando y voy publicando en mi blog psicodeslizado se va a llamar “Tercer oído”). Otro inédito es “El amasijo primordial”, ensayo-poema o texto agenérico (extremando la onda de “Informe” y “Nuca”) para nada extenso. También espero terminar en algún momento un ensayo-patchwork que se llama “La difícil procura. Obrares, expedientes y américas del superreal” (que con “El cóncavo” y “Arzonar” van tramando su propia serie). Además garabateo los pinitos de un libro de ¿poemas? ¿texto performático? ¿balbuceo? que podría llegar a titularse “Locuelas hechizas”, por ahora en plena catástrofe expansiva…


          9 — Para vos, como sostenía Jorge Guillén: ¿sufrir es un escándalo?...

          RJ — Si el sufrimiento es mera neurosis, más que escándalo es un plomazo. Y si bien está claro que el sufrir es parte de la experiencia. Ahora, de ahí a sufrir en el poema, los grandes sentimientos redentores, el aplastamiento del emblema por sobre la inscripción… no creo en eso.

          10 — ¿A qué escritor que hayas tratado —o, acaso, otro tipo de artista— te agradaría resaltar en esta conversación?

          RJ — Al entrañable y único Lorenzo García Vega [1926-2012], indudablemente.


          11 — No sólo tradujiste a poetas brasileños.

          RJ — También parte de la obra en francés de César Moro. Fueron varios libros de este poeta el año pasado, dos en México y otro en Bolivia, como eslabones de un proyecto que espero continuar más adelante.


          12 — “Traducir es un poco como echar carbón. Se recoge con la pala y se lanza al horno. Cada pedazo es una palabra, y cada palabra es otra frase, y si se tiene una espalda recia y suficiente energía para seguir con la tarea ocho o diez horas seguidas, se podrá mantener un buen fuego.”: esto es lo que afirma el narrador de la novela “El libro de las ilusiones” de Paul Auster. ¿Coincidís?...

          RJ — Sí. En mi caso, las traducciones que considero haber hecho, fuera de ciertos encargos laborales, fueron abordajes, estudios de textiles que admiro, deseo. Distintos modos del “trance leve” en que las horas pesan menos.


          13 — Como vos, Jiménez, renombrado poeta español que obtuviera el Premio Nobel en 1956: Juan Ramón. Con él y con su poética: ¿sintonizás, sintonizaste…?

          RJ — Bueno, es un referente para José Lezama Lima, ¿no? No lo tengo súper frecuentado, pero sí he leído “Espacio” por ejemplo (gracias a Ricardo Gilabert, que me lo regaló), que me he prometido releer. Soy de decantación muy lenta. “Platero y yo”, leído de muy chico, me produjo una tristeza enorme por entonces, y te confieso que me generó cierto prejuicio hacia el venerable tocayo, hasta que dí de bruces con Lezama, en 1978, para ser más que anexacto.


          14 — ¿Toro de Creta o Pegaso? ¿Olga Orozco o Alejandra Pizarnik? Y, por último: ¿Ladrido, relincho, graznido, arrullo o gruñido?...

          RJ — Toro y Pegaso. Orozco en “Museo salvaje” y Pizarnik en “Textos de sombra”. Y por último, respuesta de omnívoro, a tratar de escribirlos todos: ladrido, relincho, graznido, arrullo y gruñido.



*

Reynaldo Jiménez selecciona poemas de su “Olla de grillos” para acompañar esta entrevista:



Los magmas


Llenos de secretos
los magmas avanzan

(acaba uno por salirse
del infrángel)

Brisas nos deparen
nos despiensen

(roce de las almas
entrelanzadas)



*

Lima la herible


Que veas el viento ovular tras la muralla
que amamantan tus fianzas en el miraje
que suculento curten los semilleros trizados
que la mano del viento hace virar, hace

temblor de tus harapos mediando el rapto
de los deslices huríes de la ventanatrampa
al asomar tapadas daguerrotípicas y no verlas,
y ya lo ves, oh bestia en un lobato santiamén

al mero ver sin otro arrebato que el oscuro
témpano de oro a la deriva del sentimiento
que tiempo hace hace tiempo, rengo del goce,
correcorre que te agarra el tímpano si acaso.



*

La cruda


Disipa la nebulosa madrugando una sarta de pincelajes
y erosiona la capital de Bruma, brama la pútrida
petrificando la sangre, por donde ocurre una cosa
que no la pantomima sacude sino el desvelo, unísona
desnudez que se acicala ante la parca restauradora
de su apetito.

La fibra óptica del sucedáneo despierta con la mordaza
puesta. Son primaveras acumulándose en la bolsa,
durante la frágil danza crecen impalpables fortalezas
hasta apasionarse con la escultura de carne que se anima
a la apariencia y sale entre los vivos a trasuntar
esas veredas del cortejo de janos con ganas.

No sin embargo escucho la razón de ser de estos potreros,
estos descabezados tales a la palestra ilustre de los plintos,
sacabocados que quitan del medio la sabiola, la cual rueda
escala a escala hasta la casita de muñecas de la paraca,
pulpa de inquina cambiante como en el pálpito
de alguna fiebre entre el tramonto.

Sale entonces quien mezclara distancias a un pasaje
de rápidos y tecnos, como en la melodía de arrastre
con la que pastan las cosas, sacos, aspas, napa de ascos
y la náusea sorprendentemente dulce allá en el fondo.
De haber abismo cierto en esta hoja cunde
o hace cundir la nervadura duración.

Los causales bichos se harían las preguntas
residuales, mientras la fuga de la sed encendería
la inminencia ciega sorda nunca muda del monito
jugado monitor o biombesco de lo más feraz,
de lo más veloz, hay que insistir, de lo más
neutroglodita. Que bosteza, por supuesto, y hace un daño

liminar de lumínica apretura, disimula hueso
lo que pellejo cooculta, para volver a la pálida
escultura, cultivo del daimón con su chaleco
de portátil, su misa en escena parva de lirios y
espinares muy bien guardados en la impalma
de lámina de oro de supuesta paciencia.

Luego se arrancan las cosas a su espectro.
Se mastica lo mordisqueado a rastras del eco
continuo a la zaga del rito que desmembra.
Junto a la membranofilia total asoma el cricher,
su desmelenar la luz difusa estruja
el ánima, que se echa a rodar con la perrada.

¿Pero no es figura esquiva
asunto de mordaz eterna, de una
acaso rabia, simultánea, que echa espuma
entre las patas odoríferamente fáunicas de la tarde
moderna evaporando? Signo de sí, gnosis del sino,

chi lo sà! Rasco la penetrante fábula gomosa,
inmaculada rocío de los piensos, pero quién
me creo me creara, estará en la cara de piedra
de las raras mandíbulas que sin hesitar estiran,
burlescas, casi escapadas del siempre y del aún.



*

Profusos y distraídos


a
Nos veremos en Carbono Catorce del Real
Con enterito de mónada nos vestiremos
Diremos el plural fue corte y confección
El panorama anormaromáticamente
El Sin Peso ajeno este bigote atusará
Nos oleremos de tan cerco que ni estrechos
Ni cuaderno de florales rigores
Ni entrepierna sempiterna
Del crujir internando al insecto aquí presente


b
Nos sabremos la deshuesada memoria melodía
Con la contención de ultrazules ecos dentro del negro
A través de la muralla joyesca de ojos orejas agujeros
Por donde secuestrarse a la razón de melodía
En laberinto pulsátil daría igual la tal
Diferencia semejante hacia las partes paranatales
Encuentro al ras de usura con las auras
Difusas hojas de amorfo nombre distraídas



*

No sé tu sino


No sé tu sexo sino el desliz
Sino perdidizo no sé tu eco
Si no es tu eco será el rocío

El ocio minucioso del minúsculo
trastorno intercambiar en carne
propia la pulpa recién despierta

Postrimerías de la jugosa noche
Pronto albor no abolirás la máquina
de filtrar este parloteo de gotas

Ser el gotero el recipiente pendiente
de tu lóbulo ola del ardor la bocamaga
No sé mirarte ni confiarte estas secretas

Adonde cicatrizan dibujos más que ajustar
Dama de lotos del códice pasajero me inclino
en la veranda del vermut donde se junan lobos

Sin espaldas en lodo cada recodo de bobera triza
el ocular globo oculta ahúma suma confitura al recoveco
Cada eco que inclínase hace nacer al abismo

Transparencia don de la estrella
Al remontar a Venus por el lomo
Pendiente de tu hombro de cruda



*

Traductor


a
La transparencia del estrato.
Deja que suceda. Deja que duela.

Oh inflorescencia del junar,
la perpetua cacatúa te apronta

y de punta los velos dispone,
a punto de lugar fugaz.

Los guijarros lunares. Maquinar,
máscara de atormentarse maravilla.

La luciérnaga áurea, prismática,
traslúcida minera de esa gotícula

en su prisión primera de palabras,
párpado gótico de diosajes

que jamás escuchan o no atienden
todavía. Y cuando llamas mucho más.


b
La cuarta persona ni plural ni singular
se atenía a las consecuencias de una putrescencia

u omniforma: astro en amnios y sin centro,
con la misma comisura de pregunta hacia la boca

presunta del desmadre
en desarmaderos del silencio. Llevaba

por destino cierta cola y en cuatro
en su pura ley de disolvencia, se le mezclaron

las edades con las metas y a punto del desafuero
se encontraron consigo las demás personas. “Me

volvería margen a imagen de su neta
energía si emergiera, mera, todavía…”


c
La espesura natal se desbroza
en una algarazara de alborotos

que rasgan el vestido de luces
bajo el apronte del Ápeiron,

con los hormigueantes
montículos del minuto.

Plus ultra de los bichos
que supimos hacernos

consagrar, tatuajes del filo
reúnen tal deseo con su muesca,

a medida que desmadran impelidos
de furor los sanguíneos velocísimos,

infusos en supina podre,
los élitros en modo fasma,

a través del aún caliente movimiento
que nos junta de cuajo en el diamante

recién escapado larva de su abertura. Y
acuso recibo todavía del escarpe despiadado.


*

Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Reynaldo Jiménez y Rolando Revagliatti, 2018.