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lunes, 18 de marzo de 2013

Vasallaje, Maricela Guerrero

Poesía de Maricela Guerrero

Vasallaje

Luego que la entrevista
¡Ah… títulos nobilirarios! vasajalle, subasta
Un Perez de perecidad más prístina y abolengo
un Pérez más fino de cuyo nombre no pude acordarme—olvidos—arenga:
qué cómo de su nombre no me precio, qué que olvido
que en la puerta de sus aposentos se encuentra la insignia y el emblema
que quien olvida tal….
qué con qué cara ser maestrante.
—Ah...pues ís, Divina Garza, tú y la torre de marfil de las letras nacionales,
corte de mangas muy literario también y fino…But, I have a dream, Este país está sediento de justicia, y un fantasma recorre filológicas…—

Sí, señor, usted perdone:
Oh, usted que de venablos impedido…
Gigantes de cristal los teme el cielo…
Claro, sí, disculpe la osadía….

El Samsa que todos llevamos dentro—Kafka, pienso—
luego que la entrevista: vasallaje.

SUEÑOS ANDALUSÍES (Relato), Ahmed Mgara


SUEÑOS ANDALUSÍES
(Relato)
Ahmed Mgara
En la plaza de la Iglesia de mi pueblo, Río Martín,  se reunían cada tarde unos viejecillos que celebraban sus nostalgias avivándolas con recuerdos de edades ya lejanas.
Casi nunca faltaban a la cita y siempre estaban, al menos, dos o tres de ellos que se ponían a hablar de sus peripecias y de los avatares de sus años mozos, ya muy lejanos.
Una de esas tardes, me senté sobre un banquillo de piedra que  había en el jardín, de espaldas a donde ellos se dejaban reposar con sus tertulias, pero muy cerca de ellos para poder oír lo que hablaba cada  uno  en aquella apacible tarde con tanto ardor y tanta pasión.
Empezaron a hablar de las noticias del mediodía, de las iras de algunos gobernantes y de las guerras que se declaraban en países lejanos, hablaron de fútbol y de muchas cosas más hasta que uno de ellos les dijo, avivando nostálgicamente sus recuerdos de cuando andaba por el Feddán, como veía el atardecer y el anochecer sobre el Gorguez desde el Monte Dersa:
"Recuerdo como la tarde otoñal empezaba a desplazarse hacia el descanso del ocaso desde la cumbre espectral del Gorguez mientras los radiantes rayos del sol, en desenfrenada lucha, se disputaban  la inmensidad del cielo con las primeras trenzas que del anochecer se dejaban desplomar sobre el gris frondoso que corona las crestas de La Torreta y de Ain Buanán.
El verdor de los pocos arbustos, que aún se resisten a las agresiones del abandono, y de los diseminados pinares de la zona se vislumbraba vestido de oscuras tonalidades que se confundían con sus sombras ya casi desaparecidas de tanta extensión y propagación.
En el Monte del Gorguez todo parecía resistirse al movimiento. Sólo el gris punzante de la tarde se veía extenderse paulatinamente sobre la inmensidad y trepar por las sendas intransitables de tan bellos parajes que, siendo rocosas, han sido siempre un deleite para las niñas de los ojos más poéticos e inspiración para melancólicos “tetuanómanos” que dejan  su nostalgia y su rima perderse entre los suspiros de sus gargantas.
Los picos del Gorguez, llenos de curiosidad, se asomaban desde sus cumbres y salvando las alturas para ver los gráciles e inmaduros movimientos del Mhannesh que bailaba al son de la trágica melodía de su cruento pasado. Me dio la impresión, por un instante, que se quería estirar sobre el fango del río y dejar de afrontar las afrentas de los siglos y los cementos que le fueron cambiando de vestimenta sin cuidar de sus bellezas naturales.
Algunas golondrinas que sobrevolaban el Feddán se unieron y tomaron rumbo hacia las cumbres del Gorguez en armoniosos vuelos que dibujaban una voladora y mágica alfombra que se fue yendo y alejando con inusual gracia hasta perderse entre las grises tonalidades que la huida del sol dejaba desplomarse sobre la timidez del Gorguez.
Recuerdo como me paré en la Cornisa para contemplar la policromía más singular que Dios ha creado en estas latitudes. Vi como las cumbres procuraban resistirse a perder los colores tristes que las cubrían decorosamente. Ciertamente, ante tanta tristeza y tanta amargura, me entraron deseos de formar parte de la desolación del Gorguez y dejarme esparcir entre sus cenizas.
Las luces de algunas de las casas empezaban a evadirse de sus filamentos alumbrando sus cercanías, y algunos vehículos que subían o bajaban el culebrón de sus carreteras iban, ya, con los faros encendidos para guiar sus andaduras poéticas.
Mucha gente, que había pasado el día o la tarde de recreo por tan bellos lugares, ya se disponía a regresar a pié a su nicho de cada despertar para gozar del ocaso y de la policromía de sus proyecciones de luz. Desde la Cornisa se oían los cantos y las alegorías de esos viandantes llevadas por la envoltura del mágico eco que allí siempre anida.
El Gorguez, ponedero de ilusiones y testigo de gratos amores, descansaba sobre el nido de sus días de gloria vividas con desmanes. Yacía en su atalaya  rodeado de ojos mugrientos y de aljibes frondosos que no dejaban de ofrecer a las ovejas y a las cabras sus cristalinas aguas que les regala con su bondad soluble. Crecía el Gorguez desde sus raíces para alcanzar las alturas más prohibidas y se inclinaba, cada atardecer- después de anochecer- ante la magia de la trágica belleza de la novia más aromada de Yebala, la Blanca Paloma andalusí que le trae al Gorguez  un recuerdo de Granada y un jazmín que creció cerca del Darro y del destierro andalusí.
No quise ser poeta ante tanto verso pétreo. Se quebró mi prosa al vuelo de las mariposas que se escondían en La Cornisa para asomarse, por la noche, y deleitarse con la corona del Gorguez cubierta de luces chispeantes que sobrevolaban las distancias para anidar en los ojos soñolientos de mi Tetuán nocturna".
Tras un susurrar de los allí presentes uno de ellos empezó a recordar como amanecía cada alborada, tras cada noche, en la perla de Tetuán cuando él se iba con sus amigos de la juventud al Gorguez para pernoctar allí. Cargado de amargor y de tristeza, el buen hombre, muy pensativo, comenzó a recordar y a contarles sus visiones a sus compañeros diciendo:
"Cierta noche, cuando se disponía a despedirse de su negrura y el día empezaba a asomar su estatura desde la alborada que anunciaba su llegada. Mi mirada, fija en el Monte Dersa que tenía enfrente, sobrevolaba los destellos que se fragmentaban de la neblina que serpenteaba por encima del Mhannesh como telaraña de desvanes en decadencia, y el frescor de la noche emprendía caminos desahuciados hacia la infinidad de la mar que en Río Martín se perdía entre el dulce bailar de las tiernas aguas y la chispeante mocedad de las estrellas, casi apagadas.
Entre suspiro y susurro mi silencio se desvanecía. Herida tenía el alma y, perdida en la lava de mis entrañas, mi prosa alzaba su mutismo en recuerdo de tiempos que nunca habrán de volver por las huertas del edén andalusí que enfrente yo admiraba. Mi visión se ahondaba en algunas desperdigadas nubes que, sin mirar hacia atrás, encaminaban los aires que hacia Granada las han de  llevar, casi en silencio, procurando pasar desapercibidas y no ser vistas. Ellas también tenían sus sueños desparramados: ir al Darro y derramar su bondad crepuscular sobre la ternura del río que lleva la gracia  de la Alhambra como espuma entre sus bailes de charanga y los lamentos de una Petenera nunca bailada.
Yo seguía allí, tras mi ventana de cristal y viendo el tiempo pasar sin poder remediar el vuelo de las eras hacia recuerdos lejanos que nada tenían que ver con aquel presente que ahogaba toda Tetuán en la hoguera del olvido y en la ceguera del recuerdo.
Sabía que Tetuán, la novia enviudada antes de ser esposada, iba a despertar de su letargo nocturno para embarcar en la frente de sus sudores en un nuevo día que no la iba a dar absolutamente nada nuevo para sus huecas alforjas. Sabía que Tetuán volvería a emerger de su noche trágica para fundirse en las llamas de su día… y llegó el nuevo despertar sin traerle nada a esa novia aromada que desde el Gorguez se vislumbraba como la doncella más engalanada entre las mozas más deseadas. Acurrucada y dispersa sobre el pinar de su capa alada, Tetuán se puso a cantar mientras la lluvia empezaba a llorar  perlas ensangrentadas, por ella y por sus penas más lejanas
El sol ya tenía sus rayos casi presentes. Desde la mar chispeaban las luces más tempranas y, empezaba a nacer el nuevo día, lleno de ilusión y esperanzas vanas para la novia de Yebala, la perla mediterránea que se quebró de una rama de Granada para caer en la tumba de los arrayanes y de la albahaca.
Junto a la vieja muralla de la ciudad andalusí se vislumbraba, ya, el serpentín de los gorriones que cubría, con sus sombras, la cal blanca de las viejas moradas de los caballeros andalusíes que se recrearon reconstruyendo Tetuán inspirados en sus Alpujarras y en sus sierras más cautivadoras. El Dersa, coronado por la Alcazaba, se engalanaba de luz y de esperanza.
Los andalusíes, en Tetuán crearon una nueva morada para exhalar su nostalgia y su edén perdido entre jolgorios y algarabías desmesuradas. La adornaron con aromáticas plantas y lúcidas esperanzas. En Tetuán dejaron verter su inspiración y sus artes más natas. Los gallardos andalusíes creían que el cielo les iba a dar lo que en su Andalus habían dejado por renuncias innecesarias y construyeron, para la Eternidad, un sueño que tenían enterrado en Granada y en su vega profanada.
Tetuán, ramillete de llantos y de duelos seculares que no le dan tregua al dolor y a la pena, cuna de la desesperanza y de las largas esperas, descansa estirada sobre el pecho ardiente del Dersa como ninfa desamparada. Vestida de blanco y envuelta de mugrientos verdores que los pinos oxidados incrustan en su manto de harapos.
Llantos la envuelven en la madrugada. Espíritus, benignos y malos, merodean las sombras que aún se vislumbran entre el salto que dan entre la oscuridad de la noche y el claro, poco claro, del día que se aproxima sobre la grupa del calendario. Se mueve mi Tetuán con los saltos gatunos revolviéndose bajo su arrugada sábana de blanco tejido encalado con almidones de siglos atrás, y yo, tras el rocío del cristal, me tengo que apresurar para despertar y gozar con el albor de ese nuevo día que a Tetuán tampoco le va a traer nada que esté por desear.
Tetuán, un día más, vuelve a sentirse aire sobre el quejido de la tierra llenando sus aljibes de rumorosa poesía y de extensas rimas en su versátil poesía. La tierra del amor, con sus nubes del norte, acaricia las alas blancas de la blanca paloma que desde el Feddán  llevará al Albaicín, como cada mañana, arrayanes y agua de azahar".
Se callaron todos los allí sentados cuando, de repente, se les unió otro compañero de tertulias tras salvar una verja y les empezó a contar de su niñez y de cuando, cierta vez y muy de mañana, se quiso acercar a Tetuán desde su casa de Río Martín.
Acalorado de emoción, contaba, casi gritando, su visión de aquella mañana lejana y casi ausente de su memoria pero que coleaba aún en sus baúles del recuerdo:
"Desde la orilla áurea de Río Martín la vi encorvada sobre las sombras de su pasado, ella, la novia del agobio, descansaba de sus glorias pasadas en silencio abismal. Estaba sola, estirada sobre la mugrienta desolación de un Dersa que cada vez se denigraba más por las profanaciones impunes de los cafres que lo circundaban y ultrajaban. Estaba acurrucada y desvanecida, daba la impresión de que no se había despertado aún de la resaca de la era anterior; embriagada y entristecida por los horrores del abandono y de la intemperie afectiva, se la veía emulando su mocedad más lejana en las desperdigadas hojas de un desvirgado almanaque secular que ya no tenía sentido.
Estaba llena de ensangrentados recuerdos que la llevaban por la inhóspita vivencia de su momento más crucial; perdida en sus recuerdos y desmotivada en sus quebrados movimientos. Puede decirse que no estaba sintiendo lo que realmente la rodeaba y que, sin darse cuenta, prefería despedirse de su existencia y perderse en la nada que la entornaba.
En un minúsculo trozo de espejo roto empezó a mirar sus bellezas desfasadas y los rasgos de sus restos mientras intentaba respirar el poco aire que aún le podía llegar desde las lejanas montañas. Su mirada, cansada y empolvada, apenas podía vislumbrar algo reconocible para su memoria castigada y casi atrofiada. Todo le resultaba diferente y extraño a su antigua y vertical compostura… no podía reconocerse de tanta decadencia y tanto desbarajuste. No se quería despertar del símil de sus sueños para meterse entre las crueles rejas de su doliente presente.
Río Martín estaba aún envuelto de la fascinante manta que cada alborada lo envuelve con el rocío de la mar salada. Parecía, desde Chumbera, una joya engalanada de estelas y saetas que bailaban su sinfonía más singular y, llegando a Huerta Bernal, volví a mirar desde la lejanía, la sábana blanca que tapaba a la novia amargada de las miras de los que la querían profanar. Ella estaba casi dormida y se resistía a su nuevo despertar, pero no podía remediar los arcos de luz que desde la mar andalusí iban atravesando los cristales celestes que la protegían de la negrura de la noche anterior.
Seguí caminando sin mirar por donde pisaban las alpargatas que albergaban mis pies, asfalto y tierra locuaz iba yo pisando acompañado del recital que cada amanecer ofrecen los jilgueros y las aves migratorias que hallaban en nuestros árboles morada pasajera en sus migraciones; pero no podía perder de vista a la novia maltratada que dibujaba una cenefa blanca sobre los pinos verdes del Dersa.
Aquella mañana  tenía mi alma ganas de regocijarse y emprendí el camino más soñoliento que los mundanos podíamos cruzar en aquellas épocas de la nostalgia y del humanismo más omnipresente. La alborada invitaba a disfrutar  de sus jardines y de sus pecados más lúcidos, y yo, con alma de niño y espíritu travieso, cantaba mientras seguía picoteando pausadamente uno de los tres racimos de uva moscatel que había arrancado de sus aposentos tras alargar mis manos hacia la parra más cercana a la verja de caña para que me hiciesen compañía en mi recreo matutino.
No era vino el líquido que se desprendía de aquellas uvas, pero a mí me embriagaba igual o más al sincronizarlo con la blancura del manto de la novia de yebala que gemía frente al Gorguez.
De repente se rompió el silencio en pedazos. La solitud del lugar me hizo sentir algo de miedo esporádico que fue desapareciendo al ver el color rojo-pimentón de la Valenciana acercarse entre los arbustos que se avecinaban en mi caminar. El saludo del conductor me tranquilizó un poco más y decidí volver  a la playa pensando en recoger la red con los pescadores y reírme un poco con Buyahaj mientras estemos tirando de las cuerdas de las redes cargadas de peces y de corales.
Aligerando el paso me encaminé de vuelta hacia Río Martín embebido de aire limpio y de panoramas  naturales muy peculiares. El sol me daba de cara mientras dejaba las azoteas de los caserones bajo los filamentos de sus rayos, y yo seguía cantando canciones de Joselito y de Antonio Molina que, en aquel entonces, eran origen de inspiración para todo el vecindario.
Atrás quedaba la silueta recostada de Tetuán, la novia más ilustre de la desesperanza y mi niñez siguió el jolgorio de la edad de un mediterráneo que nació cerca de la placidez de la mar que baña a diario la costa martileña de nardos y de burbujas almidonadas.
Muchas veces, después de acercarme a la madurez, me pregunté si realmente valió la pena caer preso de los quereres y de los encantos que destellan desde Tetuán…y desde el Feddán”.
Cuando se calló el viejecillo otro de sus compañeros exclamó que no sería justo en aquella tertulia que no se hablase del Feddán, corazón singular de una ciudad que fue perdiendo su verticalidad con el trueque de las hojas de un secular calendario. Él había participado, según afirmaba, en la toma de Teruel y estuvo en el cerco de Madrid antes de ser enrolado en la guardia del Caudillo; decía también, que le habían dado una medalla que nunca pudo colgar en su solapa porque se puso mugrienta con el clima de poniente que hay en Tetuán. Se le oxidó, en definitiva.
Y dijo el buen hombre, envuelto en su chilaba acanelada y algo gastada por el pasar de los tiempos aunque, todo había que verlo como era, estaba muy limpia:
"Sobre las ocho palmeras del Feddán se extendía un policromo abanico de anaranjadas sinfonías que anunciaban la llegada de un nuevo ocaso. Las golondrinas sobrevolaban la inmensidad del espacio atravesando la plaza de norte a sur en sincronizados vuelos que dibujaban angelicales versos llenos de alma y de paz.
En los cafetines que circundaban el diámetro opaco de la antesala del cielo se dispersaban las sillas carcomidas alrededor de unas mesas con cobertura de mármol blanco tatuado de difusiones negras propias sólo de los mármoles de Macael.
Entre chilabas arraigadas y gorros de variopintos colores rojos y albinegros se vislumbraban rostros cansados de tantos años de ires y venires por los avatares de la existencia. Muchas arrugas y muchas oquedades en los bolsillos disecados de tanta necesidad y aprietos. Gente muy mayor que hablaba de sus hazañas en Teruel y en el cerco de Madrid, de Sevilla y de la toma del Alcázar de Toledo con nombres de militares que ganaron una guerra en la que tomaron partido a cuenta de no se sabía quién.
Atravesando las andalusíes rejas de los cafetines, se escapaban notas de fastuosas canciones que emitían los gramófonos con voces de Om Koltum y Abdel Wahab desintegrando la sensibilidad de quienes se deleitaban con sus genialidades.
El Feddán, lleno de orgullo, se levantaba sobre su pedestal para oír mejor a los muecines de los santuarios, que protegían sus encantos de las manos de las eras, llamar a la devoción de la oración de cada ocaso. Se pararon los gramófonos haciendo parar las fichas de dominó y dejando descansar las hojas de las desfasadas y gastadas barajas de cartón. Se podía ver como las abejas dejaban de reposar sus vuelos sobre la menta ahogada en los vasos de té más azucarados.
Algunos gatos circundaban los lugares más recónditos procurando apartarse de los muchachos traviesos por temor a patadas que los enviaban a vuelos tempranos que muchas veces acababan con algún miembro de los felinos roto. Mientras, algún can desvalido y sin amo que cuide de él, va descarriado buscando algún resto de bocata que algún cafre pudiera haber tirado al suelo.
Las luces de la calle, las que no tenían fundidas las lámparas, empezaban a chispear poco a poco alrededor de la plaza y, algunas parejitas empezaban a dejarse ver dando su paseo de cada atardecer para llenar los pechos de olor a naranjo y romance. Mientras, otros empezaban a ocupar las sillas que aún estaban libres y se preparaban para llenar la pipa de su sebsi con la hierba blanda del kifi.
Las palmeras del Monte, como cada tarde, empezaban a codearse intentando elevarse más que las otras compañeras moviendo sus verdes melenas que desprendían rocío en el rugir de sus bailes. Recuerdo que, incluso la alfombra mágica que cubría el suelo del Feddán empezaba a dar la impresión de que se movía por efecto del vientecillo que empezaba a soplar para refrescar la calidez del día.
Una vez, nos decía una sabia mujer del lugar, incluso la luna se bajó de su balcón de plata para peinar la alfombre y, luego, regarla con agua de azahar y perfumes extraídos de Bagdad por una hada que halló en Tetuán la morada perfecta para su bondad.
El Feddán volvía a resurgir cada tarde igual que resurgía en el alba. Es más, nunca se resquebrajaba. Era todo alegría y jolgorio. Alma y poesía engalanada con la flor más perfumada y la musa más deseada. No tenía, el Feddán, sensualidades que no fueran sublimes sensaciones de elegancia y de mágicas composturas.
Fue nido de nuestra niñez y atalaya para nuestros sueños. Lo recorríamos o andábamos con tanto cuidado para no estropear su alfombra, que sentíamos nuestro cuerpo volando de alegría y de ilusión. Éramos niños felices atravesando los coros de viejecitos que no tenían más futuro que sus recuerdos de la guerra de Franco que ganaron pagando caramente la medalla de latón que les pincharon en el pecho y las dos perras gordas que recibían por ser antiguos combatientes del ejército español, el ganador y no el perdedor.
Así son los recuerdos de mi niñez en la adorable plaza del Feddán. Edénica plaza del pueblo donde siempre se sintió la fusión de lo espiritual con el alma de cada ciudadano. Plaza que obligaba a la poesía a brotar de lo más recóndito del alma para deleite de quién la podía necesitar. De aquel viejo Feddán solo quedan las ocho palmeras que llevan, cada una de ellas, el nombre de una ciudad andalusí y los recuerdos en la alforja de cada vividor y de cada ave que aún sobrevuela el lugar".
Cansado de oír tantas beldades en aquel sueño envuelto de despertares, me encaminé hacia la casa de mi abuela, morada en la que nací, para descansar y recapacitar sobre el pasado poético de aquella novia andalusí que, aún enlutada, se viste de blanco cada madrugada para regalarles a sus vecinos su sonrisa perfumada de nardos... y de olvidos.








AHMED MOHAMED MGARA... EN LÍNEAS.

Tetuán- Marruecos

Ahmed Mohamed Mgara nació en Río Martín –a 9 Km. de Tetuán y a 100 metros del Mediterráneo- el 19 de agosto de 1954.
Siendo su padre uno de los archiveros de la ciudad, Mohamed Mgara (1913-1990), creció entre fotografías y publicaciones.
  Sus estudios primarios y secundarios los realizó en Tetuán. Mientras que los universitarios los efectuó en Andalucía, Málaga y Granada, donde estudió Ingeniería Técnica Industrial y Graduado Social.Empapado de los usos y costumbres de los pueblos mediterráneos, es la vida social y la poesía comprometida su primordial interés.A los 14 años, en septiembre de 1968 publicó por primera vez en un periódico nacional marroquí.
En España, fue en 1975 cuando colaboró en la creación de una revista. En 1982 publica como reportero gráfico de prensa la primera de las más de dos mil fotografías que lleva publicadas, a  más de 6000 artículos de información, de opinión o literarios en más de sesenta periódicos y revistas de ocho países.Publicó once libros en español: “Tetuán... embrujo andalusí”, editado por “el Eco de Tetuán” en 1997; “Desde Tetuán, con amor”, “El Puente” 2003;“El cine español y Marruecos” 1903-2003, Tamuda 2004;“Divagaciones”, Asociación de Escritores Marroquíes de Lengua Española 2005; “El Mogreb Atlético de Tetuán, el mito”, Asociación de Prensa Mediterránea, 2006;“Tetuaníes en Madrid”, Peña REMATE, 2008;“Presencias”, Asociación Ingenieros para el Medio Ambiente y el Desarrollo, 2008;“Calle del agua” Sial Ediciones, junto con José Sarria, Abdellatif Limami, Manuel Gahete y Aziz Tazi, 2008; “Resonancias”, Fundación Dos Orillas- Algeciras, 2009; “La mujer en la poesía hispano marroquí”, Antología,  Fundación Dos Orillas- Algeciras, 2009;“Marruecos en español”, A.D.AC., Tetuán- 2011; "Embajadores de excepción", Peña REMATE, 2012. Parte de su obra escrita en español está integrada en 23 antologías, en España, Marruecos, Venezuela y Argentina.Participó en varios coloquios nacionales e internacionales como archivero, escritor en español y periodista.Colaboró con varias emisoras de radio de Málaga, Tetuán, Rabat y Tánger en diferentes épocas. También hizo televisión en emisoras de España, Marruecos, Arabia Saudita, Estados Unidos y Japón. Creó un periódico en 1996 “El Eco de Tetuán”, en su tercera época.Desde 2003, su biografía forma parte de la “Enciclopedia de Personajes del Mundo Árabe”, editada en Beirut, en inglés.Coordinó los dos primeros “Encuentro Hispanomarroquí de Poesía” celebrados en Tetuán en 2009 y 2011. Como escritor fue homenajeado por varias Instituciones como la Dirección Regional del Ministerio de Cultura Tetuán- Tánger, la Fundación José Luis Cano de Algeciras, la Asociación de Ex jugadores del Mogreb Atlético de Tetuán, entre otras.Entre los premios obtenidos por el escritor, figura el Primer Premio Mariano Bertuchi de Cultura que otorga la Fundación Dos Orillas de la Diputación de Cádiz

Carcass (Carne muerta), Mary-Tony


                                      CARCASS
                                    (Carne muerta)
                                                                                                                                                            Mary-Tony
Nalene suspiró feliz, por fin estaría a solas con Austreberto. Era la primera vez, desde que se casó con Fidelina, que podría tenerlo a sus anchas. Seguramente ambos gozarían este encuentro (Aus) –como ella le decía- siempre la esquivaba para no tener problemas con su mujer, pero esta vez no podía escaparse. Ella y Austreberto fueron novios durante algunos años y se amaban, aunque para poder casarse él ponía una condición: que Nalene cambiara de trabajo, ella no quiso hacerlo, le costó no poco esfuerzo conseguir ese puesto en la morgue. El contacto con los muertos no le causaba ningún temor, tenía muy pendiente una frase que solía repetir su abuela: Cuídate de los vivos hija. Los muertos ya están muertos,  no pueden hacerte nada, pero los vivos sí. En cambio a su novio no le gustaba aproximarse a ese lugar. Sentía tal repeluzno que ni siquiera iba por ella cuando Nalene salía de trabajar. Fuera de ese detalle, llevaban una amorosa relación, hasta qué se atravesó; ¿en qué maldito momento?: ¡Fidelina!, Nalene no se explicaba por qué su novio la había cambiado por otra. ¡Qué además estaba coja!                                                       
       Llegó a su trabajo y entró al lóbrego recinto, con esas siniestras luces blancas propias de los hospitales donde yacen cadáveres en frías planchas como último lecho. La mayoría estaban vacías así que no le fue difícil dar con lo que buscaba. Ahí estaba  Aus. Levantó la sábana que lo cubría. La muerte no había afectado su apostura; se veía tan guapo, parecía dormido. Nalene le dijo:    
     -- ¿Ves, querido? tú que ni siquiera venías por mí, para no acercarte a los muertos, quién iba a decir qué estarías aquí a solas conmigo, ¿nunca pensaste que te daría un infarto en plena calle verdad? Y sin identificación. Yo nunca voy a comentar que te conozco porque tu familia vendría corriendo y echaría a perder todo. ¿Sabes?  Te voy a hacer el amor como nunca te lo han hecho, porque no creo que esa coja, sepa coger mejor  que yo.
      --Te daré tanto calor con mi cuerpo que hasta vas a querer despertar; le costó trabajo subirse a la plancha y montarse sobre ese cuerpo duro y frío. Abrió su blusa paseando sus pechos por la cara de Austreberto, pugnó por introducir un pezón en esa boca de labios gélidos y comprimidos, acarició con placer el cuerpo desnudo, murmurando palabras de tierno reproche.                                                                                                                                                                                                                                         
        --Si hubieras estado conmigo no te habría pasado nada amor. Pero preferiste a la maldita coja. No, no vine a reprocharte,.. Se desnudó totalmente y empezó a rozar, esa ave lánguida y fría. lamiéndola de arriba abajo, luchando por hacerlo reaccionar,  después de muchos esfuerzos, logró meter  una mínima parte en su vulva completamente húmeda, moviéndose en  lúbrico frenesí. Cabalgó delirante besando, mordiendo ese cuerpo sin vida, que cobró una extraña tibieza quizá debida al combate amoroso en el qué sólo ella tomaba parte activa. Nalene explotó en un clímax demencial estrujando con tal fuerza los despojos de Austreberto que cayó al suelo con el cadáver encima. Desesperada trató de zafarse de la helada caricia pero le fue imposible, pues con los bruscos movimientos la cama de metal se ladeó cayendo sobre ellos.     
     Al día siguiente; los empleados de la morgue sufrieron un sobresalto al ver esos cuerpos desnudos, enlazados al parecer, amorosamente. Y más se sorprendieron al darse cuenta qué la mujer era Nalene; su compañera de trabajo. Se desataron toda clase de comentarios pero lo qué más se preguntaron fue ¿cómo carajos le hizo  para que quedaran cobijados con la plancha?



De Colección de retazos, Jesús Baldovinos Romero



De Colección de retazos

Jesús Baldovinos Romero

Las moscas

Una mosca en tu cara es molesto, centenares de ellas… Y aunque no puedas percibir el aroma que despiden, de solo pensar los lugares donde se posan sus minúsculas patas, con las cuales te hacen cosquillas, es de dar asco: las comidas podridas, las basuras apiladas en las esquinas de las aceras, el festín compartido en los basureros, encima de las placentas, fetos y demás basura hospitalaria que nunca fue procesada adecuadamente, o en las heces de los canales en alguna colonia populosa, de esa adonde no llegan los servicios y donde en vez de pavimento, en el medio de la calle un canal de desagüe de todas las casas cumple la tarea procreadora de fermentar sus huevecillos y donde el hervidero de sus larvas es cosa de todos los días. Su casi imperceptible zumbido penetra tanto que después de varias horas continuas escuchándolo, se empieza a gestar una especie de locura que inicia con una sensación de náusea. Una de ellas, sobre la piel, pareciera hacer cosquillas, pero de aquellas de las que no tienes ganas de recibir, que  no te causan placer, y por el contrario, te enfadan  con rapidez; están, de manera incisiva, encima de ti apenas si las has espantado, de tal manera que por mil esfuerzos que hagas ella se marcharán sólo hasta que se cansen,  se aburran o  de plano les dé su regalada gana. Cuando esa sensación se multiplica por centenares, aquella incipiente náusea se torna una especie de locura, causando tal desesperación que te impulsa a salir corriendo y si aun así te persiguieran o se adhirieran a tu piel, desearías la muerte; sus pequeños hocicos parecen penetrarte causando una ligera cosquilla y con ella extrayéndote tu sangre, tu aire, tu lucidez., y sobre todo sentirlas en la lengua o en la cavidad de tu boca que pareciera aspirar el aire circundante como si eso fuera a espantarlas, y luego cuando suben a tus ojos, y cuando todas ellas, en un misterioso himno se conjuran en tu rostro convirtiéndote en una masa oscura que pareciera lanzar manotazos con tal de quitárselas de encima, deseas que todo explote y se acabe y esas malditas moscas dejen de danzar en tu cuerpo de una vez por todas. Pero quizás lo más aterrador es que no puedes hacer nada, y más, saber que no puedes hacer nada porque sabes que tú ya estás muerto.



¿Tiempos de escepticismo?

Él, el más escéptico de los escépticos y sólo por juego, leyó el horóscopo en el diario del cafetín: “Fuertes cambios en su mapa de creencias. Prepárese para un acontecimiento que le impactará la vida”.
Él, el más escéptico de los escépticos, se dio cuenta que sus esquemas habían cambiado, y que aquella lista de signos y significados, de la cual antes hiciera mofa y de la que durante toda su vida había desconfiado, había cambiado, justo cuando abrió la puerta para lanzarse a la calle y tropezar con aquel individuo que le descargó su arma para llevarse los únicos veinte pesos que llevaba en su bolsillo.





JESÚS BALDOVINOS ROMERO


Maestro de nivel medio superior y psicólogo. Fundador del taller literario Rayuela, La Nopalera ediciones, Sueño Colectivo y el Encuentro Literario Pacífico-Lázaro Cárdenas y dentro de éste, el Encuentro Literario Infantil. Como teatrero fundó y dirigió Teatreros del Puerto, Experimental Escénica La Diabla y Gente rara; coordinador del Taller de teatro de la Casa de la Cultura «José Vasconcelos». Fundador y conductor de programas radiofónicos (Punto de Apoyo y Alebrijes) y director de la revista Bitácora cultural.

Ha colaborado en diversos medios impresos locales y estatales; fundador y director de La Talacha, primer suplemento cultural porteño, siguiéndole Rompecabezas. Co-coordinador del complemento cultural Liber. Ha publicado en revistas como Molino de letras, Papalotzi, Letras en rebeldía, Clarimonda, Revés, Letras de cambio, Cronopios, Argot Aisthesis, Narrativas, entre otras.

Ha publicado varios cuadernillos literarios de poesía y cuento; en 2005 publica Recuentos, donde reúne su obra cuentística de 1994 a 2004. Ha sido incluido en varia antologías de encuentros literarios así como en Los nombres y las letras. Muestra de la poesía contemporánea en Michoacán, 1965-2007 y Excéntricos olvidados de la Secum. En 2011 fue incluido en Turbulencia dosmilonce, Memoria de los atunes y Dulces batallas que nos animan la noche.

Autor de la instalación Insomnios; ha realizado varias muestras fotográficas individuales y colectivas. Ha impartido talleres de creación literaria, fotografía, artes plásticas y teatro.

Actualmente es Director general y tallerista de Sueño Colectivo; imparte teatro, literatura e iniciación artística en Casa de la Cultura José Vasconcelos y maestro de iniciación artística en el JDN Expropiación petrolera. Director fundador de la revista de fotografía InTemporalidades,

Como huracanes, poesía de Karloz Atl

Poesía de Karloz Atl
cómo huracanes


mi cuerpo de agua
revienta bajo tus células huracán
Cynthia Franco

amémonos cómo huracanes 
que las gastadas aguas de nuestros cuerpos
eleven su nivel hasta los sexos
y las rapiñas bienvengan por los tatuajes sobre el coxis y la nuca

las plagas y pantanos
los ahogados y sitios inundados
sean el glande y el ano
la aureola de los pezones y el clítoris

fastidiados -de los vientos tibios
saladas y dulces aguas
y del ojo en calma-
revienten nuestros cuerpos arena a trescientos kilómetros por hora

y luego cada turno
sea el militar y el auxilio
seas la brigada de socorro
sea la mujer que reza por miedo a tanta agua
seas los cuervos y las costas

y todo eso

y todo eso en cada palabra del huracán sexo
del amor huracán
de la arena huracán
del cuerpo huracán
del militar huracán
del auxilio huracán
de la costa huracán
del tatuaje huracán
del cuervo huracán
de la rapiña huracán
del socorro huracán
del rezo huracán
de la aureola huracán
del ano huracán
del glande huracán
del clítoris huracán

así así
así amémonos                   
como huracanes.