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lunes, 18 de marzo de 2013

A ver, María, Víktor Olvera


A ver, María

Víktor Olvera

Dios me salve, María, de caer en desgracia
por probar de tus vicios.
Bendita seas tú entre todas mis mujeres
y bendito sea el fruto de tu pensamiento
que te hace voltear a verme.
Tanta mujer y yo tan sólo
ruego por la ocasión de habitar tu vientre
ahora y a toda hora hasta nuestra muerte. Amén. Tanta mujer y yo tan sólo
ruego por la ocasión habitar tu vientre
ahora y en la hora de nues

“A la cabeza”, por Misael Rosete


“A la cabeza”
a Alicia Reyes


Misael Rosete



Mi primer contacto con  La Capilla Alfonsina  se dio al encontrar anunciado uno de sus talleres; recuerdo que en esa ocasión llegué a casa y abrí la puerta de una patada, llevaba varias cosas y apenas podía ver donde ponía el pie. Me tambaleaba, era como si bailara con ese cúmulo de objetos entre mis brazos.

Dejé todo sobre la mesa, menos una hoja, en ella un párrafo resplandecía de entre todos los demás, éste decía: “Taller de Creación Literaria. Permanente. Todos los Miércoles de 11:00 a 14:00 hrs. Imparte Dra. Alicia Reyes Mota. Sin costo. Previa cita”.

Estaba feliz, desde hacía tiempo venía buscando un taller, un sitio donde me enseñaran a escribir y en donde pudiera aprender cosas de literatura.

En los últimos renglones de la hoja leí: “Para cualquier información sobre las actividades, fechas y cupo de los servicios mencionados, solicite informes al teléfono: 5515 2225”.

Tomé el teléfono y marqué. Una mujer dijo que podría acudir sin problema alguno, tras escucharla, mi sonrisa se regó como una mancha de tinta; estaba arreglado, ahora bastaría esperar.

El miércoles salí de casa y llegué al lugar de la cita. Iban a dar las once. Desde lejos se alcanzaba a ver la siguiente placa con letras doradas:







Al acercarme aún más, miré un enorme cancel de plata. Adentro, en un jardín, un sujeto lo custodiaba. Era robusto y de barba espesa. Vestía  un traje negro y unos lentes con dos círculos pequeños y ahumados.

Cuando mencioné el taller, desapareció tras una puerta y a los pocos segundos regresó acompañado por una mujer, ésta me hizo seguirla; su voz era idéntica a la del teléfono. Caminé detrás de ella observando cómo golpeaban sus tacones.

Recuerdo llegar a un recibidor. En las paredes había distintos marcos. Todo estaba lleno de cosas ostentosas y contornos azules. Luego de llenar unas formas, nos metimos en un pasillo. Era muy lindo, al final había una puerta dorada. La mujer giró la manija y entramos a una sala bañada por luz cenital y con mezzanine. Arriba estaba un enorme escritorio con una vidriera estirada sobre distintos libreros.

Cuadros y vastos tomos se recargaban en las paredes como personas.

En la parte de abajo había una mesa alargada con libros y comida de distintos tipos. Ésta era ocupada por Los Alfonsinos, todos escuchaban a la doctora Alicia Reyes.

La persona que giró la manija apuntó con el dedo una silla y regresó por la puerta. La miré desaparecer y me deslicé hasta el asiento.

Tres horas más tarde salí de La Capilla y me marché a casa; tenía ansias de llegar y escribir, en el taller, la manera de hablar de la Doctora había servido como una provocación, me sentía desbocado, algo me empujaba a tomar una hoja y llenarla de tinta.

Pero cuando por fin llegué y me senté a escribir, no logré hacerlo. 

En cambio, durante horas estuve trazando enunciados que más tardaba en armar, que en releer y borrar. De cierto modo era como si todo en mi interior estuviera enredado, como si se tratara de un enorme renglón enraizado en mi cabeza.

Luego de varios intentos, apagué las luces de la casa y me fui a acostar. En la cama, las sábanas suaves y cálidas poco a poco me anestesiaron. Tras unos minutos empecé a dormir, sin embargo mi imaginación quedó abierta como si fuera una ventana, al fondo se veían varias gallinas andando sobre un asoleado prado; después de algunos segundos, crucé la ventana y caminé hasta ellas. Cuando me acerqué lo suficiente, una iba a poner un huevo.

En ese momento desperté atravesado por una violenta sensación de hastío. Luego de arcar varias veces, vomité un líquido espeso. La sustancia dio de lleno con la almohada. Por el olor supuse que era huevo. Al encender la luz lo confirmé, vi la clara brillando cómo celofán y algunas partes de la yema embarradas sobre la colcha.
Miré el reloj y tras ver la hora arrojé un bostezo, eran las tres treinta y nueve. Quité las sábanas con cuidado y luego las dejé en un cesto dentro del baño; de regreso cambié la cama y me enterré en ella. Al poco tiempo volví a quedar dormido.

Desperté cansado y débil, tenía ojeras y éstas se asentaban sobre mis ojos como si fueran manchas de mugre. Luego de darme un baño, el cansancio se desvaneció pero las manchas echaron una fina raíz roja sobre lo blanco de mis ojos.

Por la tarde regresé a casa y al cabo de unos momentos llevé el cesto al lavadero. Al abrir la llave para llenar la pileta, salió un chorro que provocó una bola de espuma. Lo miré y pensé que era una flor de agua: el chorro era el tallo y las pequeñas burbujas los pétalos.

Cuando terminé de lavar, metí las cosas en una tina y fui al tendedero. Sin embargo, tras tomar la primera sábana, encontré una pequeña mancha amarilla. Me acerqué y quedé atónito, no era una mancha: eran letras, pequeñas y tiernas letras enredadas. Sorprendido, pestañé más de una vez y sentí descubrir parte de un suceso suprarrealista.

Recuerdo que en ese momento atardecía y todo el sol parecía una yema anaranjada hundida en el cielo, sus rayos se deshilaban y se enredaban entre las calles, las quemaba poco a poco hasta hacerlas de cobre y luego de color gris.

Al anochecer, a pesar de tener el rostro empolvado de sueño, un extraño impulso me orilló a escribir. Sucedió lo mismo de la vez anterior salvo por esto: al cabo de varios intentos cerré los ojos y me oculté en el silencio, luego aguanté el aire y traté de contenerlo tanto como pude. Fue entonces que mi cabeza se puso roja y comencé a arcar, tras la primera contracción llevé mis manos a la boca y éstas se llenaron de un espeso caldo de baba, tras la segunda, entre un jugo blancuzco salió un objeto, al mirarlo quedé asombrado: se trataba de un huevo. 

Jalé aire con vehemencia y sentí dos hilillos de agua escurrirme en el rostro. Mi pecho se inflaba y desinflaba. Luego de unos segundos dejé el huevo encima de un mueble y limpié todo. Al terminar tomé una palita y rompí el cascarón, cuando vi su contenido quedé estupefacto, la yema era una tira de letras echa bola. Con cuidado la saqué  y traté de desenredarla. Tras varios intentos sin lograrlo se me ocurrió echarla en una hoja. El resultado fue el siguiente: las letras se enterraron en la superficie y desaparecieron. Luego de un tiempo, emergieron y fueron cubriendo la hoja como una planta que se va extendiendo en un muro. Y así sucedió todo, primero se formaron palabras y luego, las palabras se hicieron renglones. Al terminar, la hoja estaba llena de párrafos alargados.

Los leí y supe que era el texto que quería escribir. Sonreí levemente y suspiré. El suspiro se estrelló contra la hoja y los párrafos se menearon suavemente.

Al día siguiente volví a emplear el mismo método. Pero esta vez realicé todo en el baño: primero cerré los ojos, luego me concentré y finalmente el asco terminó por abrir mis labios. De allí todo fue fácil, salvo porque al final un mareo me tumbó en la cama por varias horas. Ya cuando sentí mejorar, tomé el huevo y lo quebré en el lavabo, llevaba una coladera para filtrar la clara y quedarme sólo con las letras. Al echarlas sobre otra hoja, ésta volvió a llenarse de párrafos.

Cuando anocheció sentí dominar el procedimiento tan bien que el viernes traté de poner varios huevos. Aunque el resultado fue satisfactorio, quedé exhausto: la mañana del sábado desperté demacrado y con los labios tan secos y azules, que creí estar a punto de morir.

No obstante valía la pena, pues los párrafos enmarcaban un cuento hilvanado a través de la fragmentación más pura; como éste se encontraba a la mitad, tracé un plan para llevarlo el próximo miércoles a La Capilla.

Pasaron los días y el martes por la noche sólo faltaba el final del cuento; sin embargo mi condición cada vez era peor. Por ello decidí dejar todo para la mañana siguiente y descansar; trataría de levantarme temprano y poner el huevo antes de marcharme a La Capilla.  

Desafortunadamente en la noche me costó trabajo dormir y pasé largo rato despierto. En cierto momento recuerdo haberme quedado observando la ventana cuando de golpe, cerré los ojos y aparecí en un prado como el que había soñado pocos días antes.

A primera vista lucía idéntico al otro, sin embargo no se veía gallina alguna. Al caminar por él, un viento gélido despeinó el pasto y se estrelló sobre mi pelo. Hacía frío, parecía que iba a llover. Tras algún tiempo alcancé a ver una gallina. Caminaba hacia ella cuando escuché un trueno y desperté.

Abrí los ojos y vi una luz desvanecerse en el cuarto, momentos después comenzó a llover. Al ver la hora supe que apenas y tendría tiempo de llegar a La Capilla. Con bastante trabajo me levanté, tomé el colador y caminé hacía el baño: me tambaleaba, era como si bailara torpemente.

Cuando llegué, traté de sacar el huevo pero sentí una quemazón en la boca, me palpé y descubrí sangre...

Asustado, bebí agua y escupí varias veces.

Iba a darme por vencido cuando miré las hojas en el escritorio y decidí no descansar hasta poner el huevo. Cerré los ojos y aguanté la respiración. Comencé a pensar en el cuento, en su maravilloso final. Entonces, poco a poco, las venas de mi frente se enmarcaron.

Al cabo de unos segundos salió de mi boca un tremendo sonido con olor putrefacto: era el final que buscaba, pero no en forma de huevo, sino más bien de eructo. Tras unos instantes jalé aire, cerré los ojos y volví a intentarlo. Esta vez pujé con todas mis fuerzas, y no sólo las venas de mi frente se marcaron, sino hasta comencé a ponerme rojo como un tomate o un globo. De pronto, algo extraño sucedió: ¡A mi rostro le empezaron a brotar plumas así como a los árboles les brotan hojas! Eran plumas blancas y espesas…

Despavorido ante tan repentina transformación, comencé a arrancarlas con mis manos, luego, entre una fuerte comezón, poco a poco sentí cómo nacía arriba de mi nuca un cuello de gallina con todo y cresta. Era increíble, mi cabeza entera se había transformado en una espumosa gallina blanca.

Como ya era demasiado tarde para ir a La Capilla ─y tomando en cuenta las circunstancias─, caminé al espejo del baño para ver mi aspecto (imaginaba que se veía como si hubiera metido la cabeza en el interior de aquel ovíparo), justo cuando iba a llegar, el animal comenzó a cacarear y a batir las alas con desesperación…

Fue entonces que me miré frente al espejo y de entre lo más hondo de aquel plumaje, brotó un huevo…



No me olvidarás, Artemio Saúl Castro Arvizu Ericast


No me olvidarás

Artemio Saúl Castro Arvizu Ericast

A media noche tres camiones se desviaron cien metros adentro de aquel paraje solitario. Una excavadora preparó la fosa y para dar tiempo, un cinturón de seguridad evitó la presencia de vehículos, civiles u algún encapuchado armado. En la selva lacandona los pinos hicieron sombra y la consigna se llevó acabo. Los soldados bajaron los bultos negros a toda prisa. Pero un bulto no cerró por completo. Abel se acercó y alumbró con su lámpara el contenido: era un niño indígena tzotzil, de casi diez años, paliacate rojo al cuello e hilos de sangre del orificio en su frente; sus ojos, aún abiertos, parecían mirar de forma directa y sin temor. Dos segundos bastaron para que esa mirada penetrara más explosiva que una ojiva, a incrustarse en la culpa de forma expansiva; la cual bajo la oscura complicidad gritaba sin pedir compasión ni perdón: ¡Tú, no me olvidará! En dos segundos ese pequeño fantasma se transfirió a la memoria del testigo castrense.
          Dos semanas después, el 22 de diciembre de 1997, suscitó aquella anunciada masacre. Desde ese momento empeoró la perturbación de Abel, hasta culminar en depresión aquella Nochebuena. Comprendió que no tenía el perfil para esa misión. Cuatro días después Abel desertó del ejército y huyó hacía la sierra potosina, pero la imagen infantil continúo avasallándolo cuando su hermano de diez años y su esposa embarazada lo abrazaron para celebrar el año nuevo. Abel lloró en silencio y nadie comprendió a plenitud el motivo de aquellas lágrimas internas que cayeron hasta el amanecer entre mezcal y humo de cigarro.

ELLA, ALICIA, Omar Ortiz (Agathokles)


ELLA, ALICIA


Alicia seguía de pie en la última ronda, balbuceaba boleros, nunca soltó la botella, cerraba los ojos y decía quedito “Happy birthday to you, happy birthday Mr. Poet” calé una vez más el humo cannabico golpeaba su cara, no había conejo, no había maravillas, era ella el amor de mi vida que dejé caer en medio de un océano y tenía como final el resto del universo.

Alicia temía salir a la calle sobria o sin mi brazo protector marcado por las agujas, a veces lloraba, otras tantas reía, la demencia bipolar que le marcaba fue lo que logró penetrarme el alma, ella, la noche, la calle, tanto ron que no sabia si era martes o tenía que robar un par de espejos para llegar al viernes, Alicia amaba los viernes y no parecía importarle donde dormir, ni con quien hacerlo… lo importante no es sentirlo sino olvidarlo, pronunciaba después de cada sorbo o cada bocanada.

Alicia una maravilla, Alicia clara,
sabor a coca, hálito de opio,
esencia barata, Alicia amor eclipse,
pasión hojalata, Alicia espasmos,
Alicia demencia suicida,
Alicia ahora, la cara marcada,
la greña pinta, ¡shhhhhh!, callada, callada

Alicia corría presurosa por el adoquín y la lluvia resbalaba a lo largo de su vestido blanco, se detenía de vez en cuando para apretar el tornillo que detenía la hemorragia de su pierna, gritaba en su afán de ser salvada de la oscuridad inaudita que la trataba de alcanzar…

Alicia soñaba con ser mujer y no despojo, domingo por la mañana, la resaca puesta, la carne caliente, las piernas húmedas, Alicia abría los ojos después de 72 horas de estar en el espacio, conocía el vacío de su cama, la pestilente bruma de su cuarto, no paró hasta ponerse de pie, abría un cajón y acariciaba la foto de cuando tenía 7 años, las lagrimas no cesaron hasta que el acido sicodélico volvía a su sistema, ya no quería ser mujer sino volar.

Alicia camina por el bosque de asfalto en busca de una respuesta a la pregunta que jamás pronunció, apedreaba pájaros de acero con piedras parlantes, juraba que su padre era un dios Mesopotámico, un fakir de Arabia discípulo de Jesús, rendía tributo a la muerte por creerse eterna, Alicia comía sal a puños, decía que el mar oleaba en su vientre, dibujaba paisajes promiscuos con el bao en las ventanas Alicia tocaba los espejos, los besaba y en contadas ocasiones le hacia el amor.

Alicia gritaba a la luna y afilaba sus uñas con la mirada perdida en el horizonte:

Luna sórdida romanza,
luna lujuria proterva,
esclava, silencio, silencio,
háblame luna barata, escucha el canto
atiende el ruego, te cambio los ojos,
amante Voyeur, eres tan puta,
silencio, ¡shhhh! silencio,

El semen resbala por la rodilla, Alicia no conoce los pecados, grita, versa, Alicia se unta los labios de acido, se encierra en la bruma, bebe whisky sin parar, las puntas de su cabello apuntan directo a Dios y al cielo, reta su poder por creerse santa, Alicia funde las ganas en sus dedos y se acaricia de forma majestuosa, maúlla, bebe, gime, grita, maúlla, grita, gime, maúlla, explota, silencio, silencio.

Alicia aparece dormida en el olimpo, capital de una ciudad sin ley donde habita el fanatismo a Cristo y el miedo, Alicia cambia su nombre por coca, forra su piel con piel sintética, se mimetiza en la noche,  baila desenfrenada con ritmos cadenciosos, agita las manos a media calle, pincha sus pliegues con heroína barata, mezcla el polvo, Alicia vuelve a explotar y vuela.

No más mariposas, no más té,
No más reina de corazones, no más Alicia…

Alicia sonríe inquieta,
Juega con una pelota,
Acerca sus peones al gato,
Alicia se mira al espejo tiene ya diez años,
Alicia viste siempre de blanco,
Alicia ama a Dios ahora tiene doce.
Alicia crece, odia a sus padres,
ya mancho el vestido de carmín,
Alicia tiene quince se fue de su casa,
Alicia crece, crece, crece, silencio, silencio,
Alicia está dormida en una banca del metro,
Alguien la ha tocado, al despertarse,
Busca bajo su vestido esta desnuda,
Comienza a beber…

Alicia se mira al espejo y escupe su rostro,
Alicia quedó marcada de por vida,
Crack, más crack, Alicia se hace pequeña,
Hachis, Ron, Vodka, Alicia se hace pequeña,
Coca, ácido, aguardiente Alicia casi desaparece.

Silencio, silencio…

Alicia está casi desnuda, recostada en la banqueta, bañada en ajenjo… está por conciliar el sueño… silencio, silencio, Alicia cayó en un agujero del cuál no regresará.

Poemas de Job Villarreal Lizárraga


Poemas de Job Villarreal Lizárraga


(a la vejez)

Es cierto,
nos configuramos y somos uno.
Nos gusta lo que somos en el otro
cara a cara con el tiempo que nos pasa
bajo los hombros.

La verdad
condescendiente tenue irrefutable.

Convencidos por primera vez,
con la muerte a cuestas
la belleza ahogada en un vaso,
que hemos sido el otro todos estos años.
Por que el amor es un engaño que seduce,
invitación eterna que sólo nos dura la vida.

Nos hemos estado muriendo
en la broma de nuestros cuerpos
y el lado flojo del sexo.

Borroso niña, todo es borroso,
es malo pensar que siempre fuimos viejos.



(al hermano indigente)

Yo, al que benefició  el  azar,
al que abriga el seno enorme de una familia,
quiero reconocer tu dolor.
Si tan solo cargara una pequeña porción
de la sombra que llevas a cuestas,
mi cuerpo sería mancillado por el ruidoso paso de las estaciones,
no hubiera periódico mas grande
para cubrir las heridas de mi alma.

Te quiero decir
que escucho tu ausencia,
las calles tienen una garganta que nunca deja de crecer
y en el vacío de la soledad se consume el que la oye.

Te veo pasar con el dolor permanente de una muerte.
Alguien se ha ido,  te ha dado la espalda.
Un padre se te ha ido hermano.
Te dejó en la infancia en el traspatio,
te olvidó en el supermercado
y has tenido que buscarte un camino,
trazar en la voz del extraño.




Compañero del mundo
siento una lágrima trascurrir
desde mis cómodos adentros.
Tú que llevas las ropas rasgadas del alma,
que oyes la noche como ningún otro,
te pido perdón,
si solo mi mano pudiera sostenerte,
pero entonces viene el temor
el mundo ha hecho de nosotros una carnicería,
las calles un matadero,
y tu has aprendido bien el oficio de la daga
la realidad del montón de nervios que somos.

Poemas, Alberto Aarón Martínez


    • Poemas

      Alberto Aarón Martínez

      1
      Mi diario personal comenzó con una sola inhalación y acabará con una sola exhalación
      2
      La sonrisa enorme al observarme en el mundo como espiral en eterno movimiento.
      3
      Así como todas las acciones que se desenvuelven en el mundo sin repetición posible, hacen eco.
      4
      Palabras y conjeturas inalcanzables en sinuoso devenir profético de todo.
      5
      Sirenas de ojos somníferos en canto de elefantes dando a luz.
      6
      Aves azules en mis ojos, los durmientes y los rieles del tren eterno y carcajeante
      7
      Una mañana con el rey de color púrpura vestido de indecente aura, la paz silenciosa.
      8
      Camino con la firma e ilusa convicción de que lo hago en estricta línea recta
      9
      Número en serie de aspiraciones continúas más allá del destino incierto y desahuciado
      10
      Ojo abierto mientras llueven estrellas de relativa ficción, no más cometas de los que pueda ver


      11. Mentira, en realidad el abismo se abre a mis pies mientras soy el gran hoyo de la duda…
      12
      Medicina de olor profundo en las palmas sanas de un ángel moribundo llorando la muerte de Dios
      13
      Matiz de color en una hoja sin profundidad
      14
      Profundo deseo escondido en los pliegues de tu piel
      15
      Escondido, estoy escondido del mundo mientras se debate el destino de todas las verdades
      16 
      Palabras más allá de todo razonamiento precoz o inerte en las nalgas expuestas al sol desnudo.
      17
      Retorno de lo dicho, o de cómo escupirle a Dios convertido en espejo
      18
      La virgen que observa los labios húmedos y una lengua deseosa de existir
      18
      Eco de lumbre en medio del llanto hundido
      19
      Pelea, disputa de estrellas en medio de la llama humeante, milenaria
      20
      Añicos de tiempo, reloj de tiempo impreciso, todos los segundos humeantes hoy.










      Mi trabajo literario ha transitado de una manera casi despreocupada por la forma, es generosa con la escritura automatista pero no carece de dirección; casi siempre la brújula o el centro tonal de mi escritura es mi momento existencial vigente...he tratado de asomarme al surrealismo, a la escritura afòristica y al impulso extáctico de la minificción.
      He reducido la forma a lo escencial queriendo pulverizar la forma en estallidos de lenguaje...como Octavio Paz hubiera tal vez deseado... una danza entre metáfora y sonido...uno frente al otro.