lunes, 18 de marzo de 2013

No me olvidarás, Artemio Saúl Castro Arvizu Ericast


No me olvidarás

Artemio Saúl Castro Arvizu Ericast

A media noche tres camiones se desviaron cien metros adentro de aquel paraje solitario. Una excavadora preparó la fosa y para dar tiempo, un cinturón de seguridad evitó la presencia de vehículos, civiles u algún encapuchado armado. En la selva lacandona los pinos hicieron sombra y la consigna se llevó acabo. Los soldados bajaron los bultos negros a toda prisa. Pero un bulto no cerró por completo. Abel se acercó y alumbró con su lámpara el contenido: era un niño indígena tzotzil, de casi diez años, paliacate rojo al cuello e hilos de sangre del orificio en su frente; sus ojos, aún abiertos, parecían mirar de forma directa y sin temor. Dos segundos bastaron para que esa mirada penetrara más explosiva que una ojiva, a incrustarse en la culpa de forma expansiva; la cual bajo la oscura complicidad gritaba sin pedir compasión ni perdón: ¡Tú, no me olvidará! En dos segundos ese pequeño fantasma se transfirió a la memoria del testigo castrense.
          Dos semanas después, el 22 de diciembre de 1997, suscitó aquella anunciada masacre. Desde ese momento empeoró la perturbación de Abel, hasta culminar en depresión aquella Nochebuena. Comprendió que no tenía el perfil para esa misión. Cuatro días después Abel desertó del ejército y huyó hacía la sierra potosina, pero la imagen infantil continúo avasallándolo cuando su hermano de diez años y su esposa embarazada lo abrazaron para celebrar el año nuevo. Abel lloró en silencio y nadie comprendió a plenitud el motivo de aquellas lágrimas internas que cayeron hasta el amanecer entre mezcal y humo de cigarro.

ELLA, ALICIA, Omar Ortiz (Agathokles)


ELLA, ALICIA


Alicia seguía de pie en la última ronda, balbuceaba boleros, nunca soltó la botella, cerraba los ojos y decía quedito “Happy birthday to you, happy birthday Mr. Poet” calé una vez más el humo cannabico golpeaba su cara, no había conejo, no había maravillas, era ella el amor de mi vida que dejé caer en medio de un océano y tenía como final el resto del universo.

Alicia temía salir a la calle sobria o sin mi brazo protector marcado por las agujas, a veces lloraba, otras tantas reía, la demencia bipolar que le marcaba fue lo que logró penetrarme el alma, ella, la noche, la calle, tanto ron que no sabia si era martes o tenía que robar un par de espejos para llegar al viernes, Alicia amaba los viernes y no parecía importarle donde dormir, ni con quien hacerlo… lo importante no es sentirlo sino olvidarlo, pronunciaba después de cada sorbo o cada bocanada.

Alicia una maravilla, Alicia clara,
sabor a coca, hálito de opio,
esencia barata, Alicia amor eclipse,
pasión hojalata, Alicia espasmos,
Alicia demencia suicida,
Alicia ahora, la cara marcada,
la greña pinta, ¡shhhhhh!, callada, callada

Alicia corría presurosa por el adoquín y la lluvia resbalaba a lo largo de su vestido blanco, se detenía de vez en cuando para apretar el tornillo que detenía la hemorragia de su pierna, gritaba en su afán de ser salvada de la oscuridad inaudita que la trataba de alcanzar…

Alicia soñaba con ser mujer y no despojo, domingo por la mañana, la resaca puesta, la carne caliente, las piernas húmedas, Alicia abría los ojos después de 72 horas de estar en el espacio, conocía el vacío de su cama, la pestilente bruma de su cuarto, no paró hasta ponerse de pie, abría un cajón y acariciaba la foto de cuando tenía 7 años, las lagrimas no cesaron hasta que el acido sicodélico volvía a su sistema, ya no quería ser mujer sino volar.

Alicia camina por el bosque de asfalto en busca de una respuesta a la pregunta que jamás pronunció, apedreaba pájaros de acero con piedras parlantes, juraba que su padre era un dios Mesopotámico, un fakir de Arabia discípulo de Jesús, rendía tributo a la muerte por creerse eterna, Alicia comía sal a puños, decía que el mar oleaba en su vientre, dibujaba paisajes promiscuos con el bao en las ventanas Alicia tocaba los espejos, los besaba y en contadas ocasiones le hacia el amor.

Alicia gritaba a la luna y afilaba sus uñas con la mirada perdida en el horizonte:

Luna sórdida romanza,
luna lujuria proterva,
esclava, silencio, silencio,
háblame luna barata, escucha el canto
atiende el ruego, te cambio los ojos,
amante Voyeur, eres tan puta,
silencio, ¡shhhh! silencio,

El semen resbala por la rodilla, Alicia no conoce los pecados, grita, versa, Alicia se unta los labios de acido, se encierra en la bruma, bebe whisky sin parar, las puntas de su cabello apuntan directo a Dios y al cielo, reta su poder por creerse santa, Alicia funde las ganas en sus dedos y se acaricia de forma majestuosa, maúlla, bebe, gime, grita, maúlla, grita, gime, maúlla, explota, silencio, silencio.

Alicia aparece dormida en el olimpo, capital de una ciudad sin ley donde habita el fanatismo a Cristo y el miedo, Alicia cambia su nombre por coca, forra su piel con piel sintética, se mimetiza en la noche,  baila desenfrenada con ritmos cadenciosos, agita las manos a media calle, pincha sus pliegues con heroína barata, mezcla el polvo, Alicia vuelve a explotar y vuela.

No más mariposas, no más té,
No más reina de corazones, no más Alicia…

Alicia sonríe inquieta,
Juega con una pelota,
Acerca sus peones al gato,
Alicia se mira al espejo tiene ya diez años,
Alicia viste siempre de blanco,
Alicia ama a Dios ahora tiene doce.
Alicia crece, odia a sus padres,
ya mancho el vestido de carmín,
Alicia tiene quince se fue de su casa,
Alicia crece, crece, crece, silencio, silencio,
Alicia está dormida en una banca del metro,
Alguien la ha tocado, al despertarse,
Busca bajo su vestido esta desnuda,
Comienza a beber…

Alicia se mira al espejo y escupe su rostro,
Alicia quedó marcada de por vida,
Crack, más crack, Alicia se hace pequeña,
Hachis, Ron, Vodka, Alicia se hace pequeña,
Coca, ácido, aguardiente Alicia casi desaparece.

Silencio, silencio…

Alicia está casi desnuda, recostada en la banqueta, bañada en ajenjo… está por conciliar el sueño… silencio, silencio, Alicia cayó en un agujero del cuál no regresará.

Poemas de Job Villarreal Lizárraga


Poemas de Job Villarreal Lizárraga


(a la vejez)

Es cierto,
nos configuramos y somos uno.
Nos gusta lo que somos en el otro
cara a cara con el tiempo que nos pasa
bajo los hombros.

La verdad
condescendiente tenue irrefutable.

Convencidos por primera vez,
con la muerte a cuestas
la belleza ahogada en un vaso,
que hemos sido el otro todos estos años.
Por que el amor es un engaño que seduce,
invitación eterna que sólo nos dura la vida.

Nos hemos estado muriendo
en la broma de nuestros cuerpos
y el lado flojo del sexo.

Borroso niña, todo es borroso,
es malo pensar que siempre fuimos viejos.



(al hermano indigente)

Yo, al que benefició  el  azar,
al que abriga el seno enorme de una familia,
quiero reconocer tu dolor.
Si tan solo cargara una pequeña porción
de la sombra que llevas a cuestas,
mi cuerpo sería mancillado por el ruidoso paso de las estaciones,
no hubiera periódico mas grande
para cubrir las heridas de mi alma.

Te quiero decir
que escucho tu ausencia,
las calles tienen una garganta que nunca deja de crecer
y en el vacío de la soledad se consume el que la oye.

Te veo pasar con el dolor permanente de una muerte.
Alguien se ha ido,  te ha dado la espalda.
Un padre se te ha ido hermano.
Te dejó en la infancia en el traspatio,
te olvidó en el supermercado
y has tenido que buscarte un camino,
trazar en la voz del extraño.




Compañero del mundo
siento una lágrima trascurrir
desde mis cómodos adentros.
Tú que llevas las ropas rasgadas del alma,
que oyes la noche como ningún otro,
te pido perdón,
si solo mi mano pudiera sostenerte,
pero entonces viene el temor
el mundo ha hecho de nosotros una carnicería,
las calles un matadero,
y tu has aprendido bien el oficio de la daga
la realidad del montón de nervios que somos.

Poemas, Alberto Aarón Martínez


    • Poemas

      Alberto Aarón Martínez

      1
      Mi diario personal comenzó con una sola inhalación y acabará con una sola exhalación
      2
      La sonrisa enorme al observarme en el mundo como espiral en eterno movimiento.
      3
      Así como todas las acciones que se desenvuelven en el mundo sin repetición posible, hacen eco.
      4
      Palabras y conjeturas inalcanzables en sinuoso devenir profético de todo.
      5
      Sirenas de ojos somníferos en canto de elefantes dando a luz.
      6
      Aves azules en mis ojos, los durmientes y los rieles del tren eterno y carcajeante
      7
      Una mañana con el rey de color púrpura vestido de indecente aura, la paz silenciosa.
      8
      Camino con la firma e ilusa convicción de que lo hago en estricta línea recta
      9
      Número en serie de aspiraciones continúas más allá del destino incierto y desahuciado
      10
      Ojo abierto mientras llueven estrellas de relativa ficción, no más cometas de los que pueda ver


      11. Mentira, en realidad el abismo se abre a mis pies mientras soy el gran hoyo de la duda…
      12
      Medicina de olor profundo en las palmas sanas de un ángel moribundo llorando la muerte de Dios
      13
      Matiz de color en una hoja sin profundidad
      14
      Profundo deseo escondido en los pliegues de tu piel
      15
      Escondido, estoy escondido del mundo mientras se debate el destino de todas las verdades
      16 
      Palabras más allá de todo razonamiento precoz o inerte en las nalgas expuestas al sol desnudo.
      17
      Retorno de lo dicho, o de cómo escupirle a Dios convertido en espejo
      18
      La virgen que observa los labios húmedos y una lengua deseosa de existir
      18
      Eco de lumbre en medio del llanto hundido
      19
      Pelea, disputa de estrellas en medio de la llama humeante, milenaria
      20
      Añicos de tiempo, reloj de tiempo impreciso, todos los segundos humeantes hoy.










      Mi trabajo literario ha transitado de una manera casi despreocupada por la forma, es generosa con la escritura automatista pero no carece de dirección; casi siempre la brújula o el centro tonal de mi escritura es mi momento existencial vigente...he tratado de asomarme al surrealismo, a la escritura afòristica y al impulso extáctico de la minificción.
      He reducido la forma a lo escencial queriendo pulverizar la forma en estallidos de lenguaje...como Octavio Paz hubiera tal vez deseado... una danza entre metáfora y sonido...uno frente al otro.

Vasallaje, Maricela Guerrero

Poesía de Maricela Guerrero

Vasallaje

Luego que la entrevista
¡Ah… títulos nobilirarios! vasajalle, subasta
Un Perez de perecidad más prístina y abolengo
un Pérez más fino de cuyo nombre no pude acordarme—olvidos—arenga:
qué cómo de su nombre no me precio, qué que olvido
que en la puerta de sus aposentos se encuentra la insignia y el emblema
que quien olvida tal….
qué con qué cara ser maestrante.
—Ah...pues ís, Divina Garza, tú y la torre de marfil de las letras nacionales,
corte de mangas muy literario también y fino…But, I have a dream, Este país está sediento de justicia, y un fantasma recorre filológicas…—

Sí, señor, usted perdone:
Oh, usted que de venablos impedido…
Gigantes de cristal los teme el cielo…
Claro, sí, disculpe la osadía….

El Samsa que todos llevamos dentro—Kafka, pienso—
luego que la entrevista: vasallaje.

SUEÑOS ANDALUSÍES (Relato), Ahmed Mgara


SUEÑOS ANDALUSÍES
(Relato)
Ahmed Mgara
En la plaza de la Iglesia de mi pueblo, Río Martín,  se reunían cada tarde unos viejecillos que celebraban sus nostalgias avivándolas con recuerdos de edades ya lejanas.
Casi nunca faltaban a la cita y siempre estaban, al menos, dos o tres de ellos que se ponían a hablar de sus peripecias y de los avatares de sus años mozos, ya muy lejanos.
Una de esas tardes, me senté sobre un banquillo de piedra que  había en el jardín, de espaldas a donde ellos se dejaban reposar con sus tertulias, pero muy cerca de ellos para poder oír lo que hablaba cada  uno  en aquella apacible tarde con tanto ardor y tanta pasión.
Empezaron a hablar de las noticias del mediodía, de las iras de algunos gobernantes y de las guerras que se declaraban en países lejanos, hablaron de fútbol y de muchas cosas más hasta que uno de ellos les dijo, avivando nostálgicamente sus recuerdos de cuando andaba por el Feddán, como veía el atardecer y el anochecer sobre el Gorguez desde el Monte Dersa:
"Recuerdo como la tarde otoñal empezaba a desplazarse hacia el descanso del ocaso desde la cumbre espectral del Gorguez mientras los radiantes rayos del sol, en desenfrenada lucha, se disputaban  la inmensidad del cielo con las primeras trenzas que del anochecer se dejaban desplomar sobre el gris frondoso que corona las crestas de La Torreta y de Ain Buanán.
El verdor de los pocos arbustos, que aún se resisten a las agresiones del abandono, y de los diseminados pinares de la zona se vislumbraba vestido de oscuras tonalidades que se confundían con sus sombras ya casi desaparecidas de tanta extensión y propagación.
En el Monte del Gorguez todo parecía resistirse al movimiento. Sólo el gris punzante de la tarde se veía extenderse paulatinamente sobre la inmensidad y trepar por las sendas intransitables de tan bellos parajes que, siendo rocosas, han sido siempre un deleite para las niñas de los ojos más poéticos e inspiración para melancólicos “tetuanómanos” que dejan  su nostalgia y su rima perderse entre los suspiros de sus gargantas.
Los picos del Gorguez, llenos de curiosidad, se asomaban desde sus cumbres y salvando las alturas para ver los gráciles e inmaduros movimientos del Mhannesh que bailaba al son de la trágica melodía de su cruento pasado. Me dio la impresión, por un instante, que se quería estirar sobre el fango del río y dejar de afrontar las afrentas de los siglos y los cementos que le fueron cambiando de vestimenta sin cuidar de sus bellezas naturales.
Algunas golondrinas que sobrevolaban el Feddán se unieron y tomaron rumbo hacia las cumbres del Gorguez en armoniosos vuelos que dibujaban una voladora y mágica alfombra que se fue yendo y alejando con inusual gracia hasta perderse entre las grises tonalidades que la huida del sol dejaba desplomarse sobre la timidez del Gorguez.
Recuerdo como me paré en la Cornisa para contemplar la policromía más singular que Dios ha creado en estas latitudes. Vi como las cumbres procuraban resistirse a perder los colores tristes que las cubrían decorosamente. Ciertamente, ante tanta tristeza y tanta amargura, me entraron deseos de formar parte de la desolación del Gorguez y dejarme esparcir entre sus cenizas.
Las luces de algunas de las casas empezaban a evadirse de sus filamentos alumbrando sus cercanías, y algunos vehículos que subían o bajaban el culebrón de sus carreteras iban, ya, con los faros encendidos para guiar sus andaduras poéticas.
Mucha gente, que había pasado el día o la tarde de recreo por tan bellos lugares, ya se disponía a regresar a pié a su nicho de cada despertar para gozar del ocaso y de la policromía de sus proyecciones de luz. Desde la Cornisa se oían los cantos y las alegorías de esos viandantes llevadas por la envoltura del mágico eco que allí siempre anida.
El Gorguez, ponedero de ilusiones y testigo de gratos amores, descansaba sobre el nido de sus días de gloria vividas con desmanes. Yacía en su atalaya  rodeado de ojos mugrientos y de aljibes frondosos que no dejaban de ofrecer a las ovejas y a las cabras sus cristalinas aguas que les regala con su bondad soluble. Crecía el Gorguez desde sus raíces para alcanzar las alturas más prohibidas y se inclinaba, cada atardecer- después de anochecer- ante la magia de la trágica belleza de la novia más aromada de Yebala, la Blanca Paloma andalusí que le trae al Gorguez  un recuerdo de Granada y un jazmín que creció cerca del Darro y del destierro andalusí.
No quise ser poeta ante tanto verso pétreo. Se quebró mi prosa al vuelo de las mariposas que se escondían en La Cornisa para asomarse, por la noche, y deleitarse con la corona del Gorguez cubierta de luces chispeantes que sobrevolaban las distancias para anidar en los ojos soñolientos de mi Tetuán nocturna".
Tras un susurrar de los allí presentes uno de ellos empezó a recordar como amanecía cada alborada, tras cada noche, en la perla de Tetuán cuando él se iba con sus amigos de la juventud al Gorguez para pernoctar allí. Cargado de amargor y de tristeza, el buen hombre, muy pensativo, comenzó a recordar y a contarles sus visiones a sus compañeros diciendo:
"Cierta noche, cuando se disponía a despedirse de su negrura y el día empezaba a asomar su estatura desde la alborada que anunciaba su llegada. Mi mirada, fija en el Monte Dersa que tenía enfrente, sobrevolaba los destellos que se fragmentaban de la neblina que serpenteaba por encima del Mhannesh como telaraña de desvanes en decadencia, y el frescor de la noche emprendía caminos desahuciados hacia la infinidad de la mar que en Río Martín se perdía entre el dulce bailar de las tiernas aguas y la chispeante mocedad de las estrellas, casi apagadas.
Entre suspiro y susurro mi silencio se desvanecía. Herida tenía el alma y, perdida en la lava de mis entrañas, mi prosa alzaba su mutismo en recuerdo de tiempos que nunca habrán de volver por las huertas del edén andalusí que enfrente yo admiraba. Mi visión se ahondaba en algunas desperdigadas nubes que, sin mirar hacia atrás, encaminaban los aires que hacia Granada las han de  llevar, casi en silencio, procurando pasar desapercibidas y no ser vistas. Ellas también tenían sus sueños desparramados: ir al Darro y derramar su bondad crepuscular sobre la ternura del río que lleva la gracia  de la Alhambra como espuma entre sus bailes de charanga y los lamentos de una Petenera nunca bailada.
Yo seguía allí, tras mi ventana de cristal y viendo el tiempo pasar sin poder remediar el vuelo de las eras hacia recuerdos lejanos que nada tenían que ver con aquel presente que ahogaba toda Tetuán en la hoguera del olvido y en la ceguera del recuerdo.
Sabía que Tetuán, la novia enviudada antes de ser esposada, iba a despertar de su letargo nocturno para embarcar en la frente de sus sudores en un nuevo día que no la iba a dar absolutamente nada nuevo para sus huecas alforjas. Sabía que Tetuán volvería a emerger de su noche trágica para fundirse en las llamas de su día… y llegó el nuevo despertar sin traerle nada a esa novia aromada que desde el Gorguez se vislumbraba como la doncella más engalanada entre las mozas más deseadas. Acurrucada y dispersa sobre el pinar de su capa alada, Tetuán se puso a cantar mientras la lluvia empezaba a llorar  perlas ensangrentadas, por ella y por sus penas más lejanas
El sol ya tenía sus rayos casi presentes. Desde la mar chispeaban las luces más tempranas y, empezaba a nacer el nuevo día, lleno de ilusión y esperanzas vanas para la novia de Yebala, la perla mediterránea que se quebró de una rama de Granada para caer en la tumba de los arrayanes y de la albahaca.
Junto a la vieja muralla de la ciudad andalusí se vislumbraba, ya, el serpentín de los gorriones que cubría, con sus sombras, la cal blanca de las viejas moradas de los caballeros andalusíes que se recrearon reconstruyendo Tetuán inspirados en sus Alpujarras y en sus sierras más cautivadoras. El Dersa, coronado por la Alcazaba, se engalanaba de luz y de esperanza.
Los andalusíes, en Tetuán crearon una nueva morada para exhalar su nostalgia y su edén perdido entre jolgorios y algarabías desmesuradas. La adornaron con aromáticas plantas y lúcidas esperanzas. En Tetuán dejaron verter su inspiración y sus artes más natas. Los gallardos andalusíes creían que el cielo les iba a dar lo que en su Andalus habían dejado por renuncias innecesarias y construyeron, para la Eternidad, un sueño que tenían enterrado en Granada y en su vega profanada.
Tetuán, ramillete de llantos y de duelos seculares que no le dan tregua al dolor y a la pena, cuna de la desesperanza y de las largas esperas, descansa estirada sobre el pecho ardiente del Dersa como ninfa desamparada. Vestida de blanco y envuelta de mugrientos verdores que los pinos oxidados incrustan en su manto de harapos.
Llantos la envuelven en la madrugada. Espíritus, benignos y malos, merodean las sombras que aún se vislumbran entre el salto que dan entre la oscuridad de la noche y el claro, poco claro, del día que se aproxima sobre la grupa del calendario. Se mueve mi Tetuán con los saltos gatunos revolviéndose bajo su arrugada sábana de blanco tejido encalado con almidones de siglos atrás, y yo, tras el rocío del cristal, me tengo que apresurar para despertar y gozar con el albor de ese nuevo día que a Tetuán tampoco le va a traer nada que esté por desear.
Tetuán, un día más, vuelve a sentirse aire sobre el quejido de la tierra llenando sus aljibes de rumorosa poesía y de extensas rimas en su versátil poesía. La tierra del amor, con sus nubes del norte, acaricia las alas blancas de la blanca paloma que desde el Feddán  llevará al Albaicín, como cada mañana, arrayanes y agua de azahar".
Se callaron todos los allí sentados cuando, de repente, se les unió otro compañero de tertulias tras salvar una verja y les empezó a contar de su niñez y de cuando, cierta vez y muy de mañana, se quiso acercar a Tetuán desde su casa de Río Martín.
Acalorado de emoción, contaba, casi gritando, su visión de aquella mañana lejana y casi ausente de su memoria pero que coleaba aún en sus baúles del recuerdo:
"Desde la orilla áurea de Río Martín la vi encorvada sobre las sombras de su pasado, ella, la novia del agobio, descansaba de sus glorias pasadas en silencio abismal. Estaba sola, estirada sobre la mugrienta desolación de un Dersa que cada vez se denigraba más por las profanaciones impunes de los cafres que lo circundaban y ultrajaban. Estaba acurrucada y desvanecida, daba la impresión de que no se había despertado aún de la resaca de la era anterior; embriagada y entristecida por los horrores del abandono y de la intemperie afectiva, se la veía emulando su mocedad más lejana en las desperdigadas hojas de un desvirgado almanaque secular que ya no tenía sentido.
Estaba llena de ensangrentados recuerdos que la llevaban por la inhóspita vivencia de su momento más crucial; perdida en sus recuerdos y desmotivada en sus quebrados movimientos. Puede decirse que no estaba sintiendo lo que realmente la rodeaba y que, sin darse cuenta, prefería despedirse de su existencia y perderse en la nada que la entornaba.
En un minúsculo trozo de espejo roto empezó a mirar sus bellezas desfasadas y los rasgos de sus restos mientras intentaba respirar el poco aire que aún le podía llegar desde las lejanas montañas. Su mirada, cansada y empolvada, apenas podía vislumbrar algo reconocible para su memoria castigada y casi atrofiada. Todo le resultaba diferente y extraño a su antigua y vertical compostura… no podía reconocerse de tanta decadencia y tanto desbarajuste. No se quería despertar del símil de sus sueños para meterse entre las crueles rejas de su doliente presente.
Río Martín estaba aún envuelto de la fascinante manta que cada alborada lo envuelve con el rocío de la mar salada. Parecía, desde Chumbera, una joya engalanada de estelas y saetas que bailaban su sinfonía más singular y, llegando a Huerta Bernal, volví a mirar desde la lejanía, la sábana blanca que tapaba a la novia amargada de las miras de los que la querían profanar. Ella estaba casi dormida y se resistía a su nuevo despertar, pero no podía remediar los arcos de luz que desde la mar andalusí iban atravesando los cristales celestes que la protegían de la negrura de la noche anterior.
Seguí caminando sin mirar por donde pisaban las alpargatas que albergaban mis pies, asfalto y tierra locuaz iba yo pisando acompañado del recital que cada amanecer ofrecen los jilgueros y las aves migratorias que hallaban en nuestros árboles morada pasajera en sus migraciones; pero no podía perder de vista a la novia maltratada que dibujaba una cenefa blanca sobre los pinos verdes del Dersa.
Aquella mañana  tenía mi alma ganas de regocijarse y emprendí el camino más soñoliento que los mundanos podíamos cruzar en aquellas épocas de la nostalgia y del humanismo más omnipresente. La alborada invitaba a disfrutar  de sus jardines y de sus pecados más lúcidos, y yo, con alma de niño y espíritu travieso, cantaba mientras seguía picoteando pausadamente uno de los tres racimos de uva moscatel que había arrancado de sus aposentos tras alargar mis manos hacia la parra más cercana a la verja de caña para que me hiciesen compañía en mi recreo matutino.
No era vino el líquido que se desprendía de aquellas uvas, pero a mí me embriagaba igual o más al sincronizarlo con la blancura del manto de la novia de yebala que gemía frente al Gorguez.
De repente se rompió el silencio en pedazos. La solitud del lugar me hizo sentir algo de miedo esporádico que fue desapareciendo al ver el color rojo-pimentón de la Valenciana acercarse entre los arbustos que se avecinaban en mi caminar. El saludo del conductor me tranquilizó un poco más y decidí volver  a la playa pensando en recoger la red con los pescadores y reírme un poco con Buyahaj mientras estemos tirando de las cuerdas de las redes cargadas de peces y de corales.
Aligerando el paso me encaminé de vuelta hacia Río Martín embebido de aire limpio y de panoramas  naturales muy peculiares. El sol me daba de cara mientras dejaba las azoteas de los caserones bajo los filamentos de sus rayos, y yo seguía cantando canciones de Joselito y de Antonio Molina que, en aquel entonces, eran origen de inspiración para todo el vecindario.
Atrás quedaba la silueta recostada de Tetuán, la novia más ilustre de la desesperanza y mi niñez siguió el jolgorio de la edad de un mediterráneo que nació cerca de la placidez de la mar que baña a diario la costa martileña de nardos y de burbujas almidonadas.
Muchas veces, después de acercarme a la madurez, me pregunté si realmente valió la pena caer preso de los quereres y de los encantos que destellan desde Tetuán…y desde el Feddán”.
Cuando se calló el viejecillo otro de sus compañeros exclamó que no sería justo en aquella tertulia que no se hablase del Feddán, corazón singular de una ciudad que fue perdiendo su verticalidad con el trueque de las hojas de un secular calendario. Él había participado, según afirmaba, en la toma de Teruel y estuvo en el cerco de Madrid antes de ser enrolado en la guardia del Caudillo; decía también, que le habían dado una medalla que nunca pudo colgar en su solapa porque se puso mugrienta con el clima de poniente que hay en Tetuán. Se le oxidó, en definitiva.
Y dijo el buen hombre, envuelto en su chilaba acanelada y algo gastada por el pasar de los tiempos aunque, todo había que verlo como era, estaba muy limpia:
"Sobre las ocho palmeras del Feddán se extendía un policromo abanico de anaranjadas sinfonías que anunciaban la llegada de un nuevo ocaso. Las golondrinas sobrevolaban la inmensidad del espacio atravesando la plaza de norte a sur en sincronizados vuelos que dibujaban angelicales versos llenos de alma y de paz.
En los cafetines que circundaban el diámetro opaco de la antesala del cielo se dispersaban las sillas carcomidas alrededor de unas mesas con cobertura de mármol blanco tatuado de difusiones negras propias sólo de los mármoles de Macael.
Entre chilabas arraigadas y gorros de variopintos colores rojos y albinegros se vislumbraban rostros cansados de tantos años de ires y venires por los avatares de la existencia. Muchas arrugas y muchas oquedades en los bolsillos disecados de tanta necesidad y aprietos. Gente muy mayor que hablaba de sus hazañas en Teruel y en el cerco de Madrid, de Sevilla y de la toma del Alcázar de Toledo con nombres de militares que ganaron una guerra en la que tomaron partido a cuenta de no se sabía quién.
Atravesando las andalusíes rejas de los cafetines, se escapaban notas de fastuosas canciones que emitían los gramófonos con voces de Om Koltum y Abdel Wahab desintegrando la sensibilidad de quienes se deleitaban con sus genialidades.
El Feddán, lleno de orgullo, se levantaba sobre su pedestal para oír mejor a los muecines de los santuarios, que protegían sus encantos de las manos de las eras, llamar a la devoción de la oración de cada ocaso. Se pararon los gramófonos haciendo parar las fichas de dominó y dejando descansar las hojas de las desfasadas y gastadas barajas de cartón. Se podía ver como las abejas dejaban de reposar sus vuelos sobre la menta ahogada en los vasos de té más azucarados.
Algunos gatos circundaban los lugares más recónditos procurando apartarse de los muchachos traviesos por temor a patadas que los enviaban a vuelos tempranos que muchas veces acababan con algún miembro de los felinos roto. Mientras, algún can desvalido y sin amo que cuide de él, va descarriado buscando algún resto de bocata que algún cafre pudiera haber tirado al suelo.
Las luces de la calle, las que no tenían fundidas las lámparas, empezaban a chispear poco a poco alrededor de la plaza y, algunas parejitas empezaban a dejarse ver dando su paseo de cada atardecer para llenar los pechos de olor a naranjo y romance. Mientras, otros empezaban a ocupar las sillas que aún estaban libres y se preparaban para llenar la pipa de su sebsi con la hierba blanda del kifi.
Las palmeras del Monte, como cada tarde, empezaban a codearse intentando elevarse más que las otras compañeras moviendo sus verdes melenas que desprendían rocío en el rugir de sus bailes. Recuerdo que, incluso la alfombra mágica que cubría el suelo del Feddán empezaba a dar la impresión de que se movía por efecto del vientecillo que empezaba a soplar para refrescar la calidez del día.
Una vez, nos decía una sabia mujer del lugar, incluso la luna se bajó de su balcón de plata para peinar la alfombre y, luego, regarla con agua de azahar y perfumes extraídos de Bagdad por una hada que halló en Tetuán la morada perfecta para su bondad.
El Feddán volvía a resurgir cada tarde igual que resurgía en el alba. Es más, nunca se resquebrajaba. Era todo alegría y jolgorio. Alma y poesía engalanada con la flor más perfumada y la musa más deseada. No tenía, el Feddán, sensualidades que no fueran sublimes sensaciones de elegancia y de mágicas composturas.
Fue nido de nuestra niñez y atalaya para nuestros sueños. Lo recorríamos o andábamos con tanto cuidado para no estropear su alfombra, que sentíamos nuestro cuerpo volando de alegría y de ilusión. Éramos niños felices atravesando los coros de viejecitos que no tenían más futuro que sus recuerdos de la guerra de Franco que ganaron pagando caramente la medalla de latón que les pincharon en el pecho y las dos perras gordas que recibían por ser antiguos combatientes del ejército español, el ganador y no el perdedor.
Así son los recuerdos de mi niñez en la adorable plaza del Feddán. Edénica plaza del pueblo donde siempre se sintió la fusión de lo espiritual con el alma de cada ciudadano. Plaza que obligaba a la poesía a brotar de lo más recóndito del alma para deleite de quién la podía necesitar. De aquel viejo Feddán solo quedan las ocho palmeras que llevan, cada una de ellas, el nombre de una ciudad andalusí y los recuerdos en la alforja de cada vividor y de cada ave que aún sobrevuela el lugar".
Cansado de oír tantas beldades en aquel sueño envuelto de despertares, me encaminé hacia la casa de mi abuela, morada en la que nací, para descansar y recapacitar sobre el pasado poético de aquella novia andalusí que, aún enlutada, se viste de blanco cada madrugada para regalarles a sus vecinos su sonrisa perfumada de nardos... y de olvidos.








AHMED MOHAMED MGARA... EN LÍNEAS.

Tetuán- Marruecos

Ahmed Mohamed Mgara nació en Río Martín –a 9 Km. de Tetuán y a 100 metros del Mediterráneo- el 19 de agosto de 1954.
Siendo su padre uno de los archiveros de la ciudad, Mohamed Mgara (1913-1990), creció entre fotografías y publicaciones.
  Sus estudios primarios y secundarios los realizó en Tetuán. Mientras que los universitarios los efectuó en Andalucía, Málaga y Granada, donde estudió Ingeniería Técnica Industrial y Graduado Social.Empapado de los usos y costumbres de los pueblos mediterráneos, es la vida social y la poesía comprometida su primordial interés.A los 14 años, en septiembre de 1968 publicó por primera vez en un periódico nacional marroquí.
En España, fue en 1975 cuando colaboró en la creación de una revista. En 1982 publica como reportero gráfico de prensa la primera de las más de dos mil fotografías que lleva publicadas, a  más de 6000 artículos de información, de opinión o literarios en más de sesenta periódicos y revistas de ocho países.Publicó once libros en español: “Tetuán... embrujo andalusí”, editado por “el Eco de Tetuán” en 1997; “Desde Tetuán, con amor”, “El Puente” 2003;“El cine español y Marruecos” 1903-2003, Tamuda 2004;“Divagaciones”, Asociación de Escritores Marroquíes de Lengua Española 2005; “El Mogreb Atlético de Tetuán, el mito”, Asociación de Prensa Mediterránea, 2006;“Tetuaníes en Madrid”, Peña REMATE, 2008;“Presencias”, Asociación Ingenieros para el Medio Ambiente y el Desarrollo, 2008;“Calle del agua” Sial Ediciones, junto con José Sarria, Abdellatif Limami, Manuel Gahete y Aziz Tazi, 2008; “Resonancias”, Fundación Dos Orillas- Algeciras, 2009; “La mujer en la poesía hispano marroquí”, Antología,  Fundación Dos Orillas- Algeciras, 2009;“Marruecos en español”, A.D.AC., Tetuán- 2011; "Embajadores de excepción", Peña REMATE, 2012. Parte de su obra escrita en español está integrada en 23 antologías, en España, Marruecos, Venezuela y Argentina.Participó en varios coloquios nacionales e internacionales como archivero, escritor en español y periodista.Colaboró con varias emisoras de radio de Málaga, Tetuán, Rabat y Tánger en diferentes épocas. También hizo televisión en emisoras de España, Marruecos, Arabia Saudita, Estados Unidos y Japón. Creó un periódico en 1996 “El Eco de Tetuán”, en su tercera época.Desde 2003, su biografía forma parte de la “Enciclopedia de Personajes del Mundo Árabe”, editada en Beirut, en inglés.Coordinó los dos primeros “Encuentro Hispanomarroquí de Poesía” celebrados en Tetuán en 2009 y 2011. Como escritor fue homenajeado por varias Instituciones como la Dirección Regional del Ministerio de Cultura Tetuán- Tánger, la Fundación José Luis Cano de Algeciras, la Asociación de Ex jugadores del Mogreb Atlético de Tetuán, entre otras.Entre los premios obtenidos por el escritor, figura el Primer Premio Mariano Bertuchi de Cultura que otorga la Fundación Dos Orillas de la Diputación de Cádiz

Carcass (Carne muerta), Mary-Tony


                                      CARCASS
                                    (Carne muerta)
                                                                                                                                                            Mary-Tony
Nalene suspiró feliz, por fin estaría a solas con Austreberto. Era la primera vez, desde que se casó con Fidelina, que podría tenerlo a sus anchas. Seguramente ambos gozarían este encuentro (Aus) –como ella le decía- siempre la esquivaba para no tener problemas con su mujer, pero esta vez no podía escaparse. Ella y Austreberto fueron novios durante algunos años y se amaban, aunque para poder casarse él ponía una condición: que Nalene cambiara de trabajo, ella no quiso hacerlo, le costó no poco esfuerzo conseguir ese puesto en la morgue. El contacto con los muertos no le causaba ningún temor, tenía muy pendiente una frase que solía repetir su abuela: Cuídate de los vivos hija. Los muertos ya están muertos,  no pueden hacerte nada, pero los vivos sí. En cambio a su novio no le gustaba aproximarse a ese lugar. Sentía tal repeluzno que ni siquiera iba por ella cuando Nalene salía de trabajar. Fuera de ese detalle, llevaban una amorosa relación, hasta qué se atravesó; ¿en qué maldito momento?: ¡Fidelina!, Nalene no se explicaba por qué su novio la había cambiado por otra. ¡Qué además estaba coja!                                                       
       Llegó a su trabajo y entró al lóbrego recinto, con esas siniestras luces blancas propias de los hospitales donde yacen cadáveres en frías planchas como último lecho. La mayoría estaban vacías así que no le fue difícil dar con lo que buscaba. Ahí estaba  Aus. Levantó la sábana que lo cubría. La muerte no había afectado su apostura; se veía tan guapo, parecía dormido. Nalene le dijo:    
     -- ¿Ves, querido? tú que ni siquiera venías por mí, para no acercarte a los muertos, quién iba a decir qué estarías aquí a solas conmigo, ¿nunca pensaste que te daría un infarto en plena calle verdad? Y sin identificación. Yo nunca voy a comentar que te conozco porque tu familia vendría corriendo y echaría a perder todo. ¿Sabes?  Te voy a hacer el amor como nunca te lo han hecho, porque no creo que esa coja, sepa coger mejor  que yo.
      --Te daré tanto calor con mi cuerpo que hasta vas a querer despertar; le costó trabajo subirse a la plancha y montarse sobre ese cuerpo duro y frío. Abrió su blusa paseando sus pechos por la cara de Austreberto, pugnó por introducir un pezón en esa boca de labios gélidos y comprimidos, acarició con placer el cuerpo desnudo, murmurando palabras de tierno reproche.                                                                                                                                                                                                                                         
        --Si hubieras estado conmigo no te habría pasado nada amor. Pero preferiste a la maldita coja. No, no vine a reprocharte,.. Se desnudó totalmente y empezó a rozar, esa ave lánguida y fría. lamiéndola de arriba abajo, luchando por hacerlo reaccionar,  después de muchos esfuerzos, logró meter  una mínima parte en su vulva completamente húmeda, moviéndose en  lúbrico frenesí. Cabalgó delirante besando, mordiendo ese cuerpo sin vida, que cobró una extraña tibieza quizá debida al combate amoroso en el qué sólo ella tomaba parte activa. Nalene explotó en un clímax demencial estrujando con tal fuerza los despojos de Austreberto que cayó al suelo con el cadáver encima. Desesperada trató de zafarse de la helada caricia pero le fue imposible, pues con los bruscos movimientos la cama de metal se ladeó cayendo sobre ellos.     
     Al día siguiente; los empleados de la morgue sufrieron un sobresalto al ver esos cuerpos desnudos, enlazados al parecer, amorosamente. Y más se sorprendieron al darse cuenta qué la mujer era Nalene; su compañera de trabajo. Se desataron toda clase de comentarios pero lo qué más se preguntaron fue ¿cómo carajos le hizo  para que quedaran cobijados con la plancha?