viernes, 14 de junio de 2013

Trío, Arturo Texcahua

Trío
Arturo Texcahua
Se abrió nuevamente al sueño y se acomodó en la posición de siempre.
Que ellos dominaran con la acción absoluta desde lo alto de su cabeza hasta la última célula de sus fatigadas extremidades.
Que se hiciera y deshiciera.
Que se desdoblara, redujera y ampliara todo lo sentido hacia atrás, hacia adelante, desde abajo y desde arriba, vueltos aguas, convertidos en miel pegajosa, alquimia, elíxir, creación de ritmos reinventados con la lengua-vulva-mano, con el falo-dedo-labio.
Lamerones reducidos al principio de esos otros misterios.
Él no permitió ningún descanso, con varios instrumentos aplicó el mejor esfuerzo.
Ella sorbió, tenía esa sed interminable que más asustaba. Los gritos, la prueba, los placeres desde más allá estallaron no solamente desde su miembro. Compartieron solidarios, camaradas.
Bramó, el dolor entró como una fina navaja de acero. El temblor fue una cadena de estremecimientos que rompieron su miserable gobierno. Uno se rindió. Otro se encajó sin límites hasta lo más profundo. Aquel apretó sin vacilaciones. Ella se acarició como a un peluche cursi, él apretó como si tuviera fuerza, otro no pudo decir more como en las películas. Hubo silencio.

Después, cuando se creyeron como al inicio, volvieron al sueño y, sin piedad, nuevamente se abrieron.

jueves, 13 de junio de 2013

Meche y el mar, por José Saucedo Rivera

MECHE Y EL MAR*
José Saucedo Rivera

Esa tarde veía la calle desde mi aparador del mundo. La gente se trasladaba con prisas, los autos corrían llevados por conductores estresados, las tiendas tenían abiertas sus puertas, la gente compraba y hacía tratos. Había propósitos y despropósitos desconocidos, había movimiento, vida, un alboroto que me gusta, que me llena de ánimo a pesar de oponerse a mi propia inmovilidad. Pero yo estaba triste y pensaba obsesivamente en la muerte. Algunas horas antes habíamos sepultado a Josefina y su fallecimiento me traía reflexiones inútiles. Yo también era viejo. El fin también me rondaba. A mis años morir es algo bien visto que puede ocurrir en cualquier momento. A nadie le extrañaría. Sería una pena si yo fuera joven, pero así, tan viejo, es de lo más normal y esperado. Uno ya está al final de la cadena, sorteando achaques con la mejor cara y con esperanza, quizá triste y solo –solo sobre todo–, pero conforme de seguir en este mundo. En eso estaba cuando recordé que tenía que volver a la caja de madera donde guardo los momentos desagradables de mi vida, cosas que procuro alejar de mi mente, para mi tranquilidad y para evitar depresiones peligrosas. En la caja hay objetos diversos: papeles, fotos, algunos boletos, el diente que me rompieron por puro gusto en un asalto al que no opuse ninguna resistencia, cosas de apariencia inocua pero que conservo. ¿Por qué? No puedo explicar muy bien las razones. Sé que son parte de mi historia y me cuesta deshacerme de ellos. El asunto es medio simbólico. Cuando pongo algo en esa caja siento como que lo olvido, me hago de esa idea con terquedad y funciona como una terapia moderna para sobrellevar la existencia. En esto hay cierta contradicción, pero perdónenme, a veces despierto más aturdido que un viejo, ja, pero después me vienen pensamientos tan lúcidos que yo mismo me asombro de mi capacidad y de los recuerdos tan frescos y vivos que aún tengo y que todavía me sacan las lágrimas. El problema es cuando regreso a la caja para depositar otro recuerdo desagradable. Como esa noche que debía guardar allí la factura de la capilla donde se velaron los restos de Josefina. Un gesto solidario para la familia, mi pequeña contribución de hermano en un escenario devastador y con los hijos derrumbados: Pepe como sonámbulo, Lilia sin parar de llorar y Mela tan ensombrecida que no sé cómo se ha hecho cargo de todo. Yo me congelé viendo como una estatua los pormenores. Ha sido terrible. Josefina, hermana querida –retumbaba en mi pensamiento esa tarde– , perdóname por haberte hecho alguna vez la vida imposible. Fuimos muy cercanos en una época, jugamos, reímos: ella, aunque era apenas dos años mayor que yo, me cuidaba como una madre; y yo, después de que faltó mi papá, me volví el hombre de la casa y me responsabilicé seriamente por su futuro y el de mis otras hermanas. Me prometí que a todas las casaría de blanco, como Dios manda, para que fueran mujeres respetables y felices. Así debía ser y así sería. Por eso, cuando Josefina se escapó con el novio, me volví loco y fui a buscarla. Sabía que estaba en Acapulco como parte de una excursión que habían organizado en la escuela. No la había dejado ir, ¿cómo iba ir sola?, y con hombres entre los que estaba el novio que la traía atarantada, qué dirían los vecinos, la familia, qué ejemplo para sus hermanas. Cuando se fue sin mi autorización no lo pensé mucho. Saqué de inmediato un permiso en el trabajo y fui por ella. Se le aparecería el diablo, me decía, mientras viajaba a la famosa ciudad que nunca había visitado, a la playa que nunca había visto, al mar que no estaba ni en mis oídos, ni en mis ojos, ni en mi olfato. De León me fui a México y de allí a Acapulco. El viaje se me hizo largo, la ansiedad me comía la calma. Cuando llegué, aquella ciudad me pareció más cosmopolita de lo que esperaba, había edificios que me parecieron gigantescos, y tanto extranjero y mujeres bellas a quienes no intimidaba el sol infernal y el calor que todo lo derretía. Me acuerdo que traía en el brazo un abrigo enorme que allí me hacía parecer ridículo, a eso sumen el saco y la corbata. No sé en qué pensaba cuando me vestí tan elegante para ir a la playa. Acomodé los estorbos en mi brazo. Por fortuna no llevaba maleta. Sabía que llegaría, me llevaría a Josefina y regresaríamos enseguida. El taxi que tomé en la estación me dejó en un hotel modesto del que no recuerdo su nombre, pero que no estaba cerca de la playa. Se dio el primer revés a mis planes, no se habían hospedado allí como me habían dicho. Seguro habían buscado un mejor sitio. Cuando bajé del lugar, vi el mar por primera vez y enseguida me fascinó su inmensidad y belleza, su azul me impresionó como nunca había pensado, fue un imán del que no pude sustraerme, me acerqué a él, y en Caleta lo vi de cerca. Me presenté como un amigo nuevo. Mucho gusto olas suaves, un placer agua en movimiento, encantado brisa fresca. La arena pegajosa ensució mis zapatos boleados y el dobladillo de mis pantalones de lana. Permanecí un buen rato en la playa hipnotizado por el espectáculo de la naturaleza. Recorrí el lugar muy despacio, escuchando, oliendo, viendo esa agua que divertía a la gente. La despreocupación reinaba en el lugar y yo era un ser raro que se había escapado de un circo. Subí a la costera y entré a una tienda de recuerdos y artesanías que anunciaba también el servicio de llamadas de largas distancias. Llamé a León para saber si allá tenían alguna noticia. Dejé un recado con don Pancho, el farmacéutico que tenía su negocio a dos cuadras de mi casa y que era el único con teléfono en el vecindario. En un rato volvería a llamar mientras iban a darle el recado a mi madre. Curioseé por los anaqueles. Una empleada muy bonita, menudita, blanca y con unos chapetes muy naturales me ofreció ayuda.
–Nada más estoy viendo –le dije.
–Ah, ¿viene de México? –dijo poniendo atención en el saco y el abrigo que llevaba en el brazo.
Noté la mirada y dije sí, sin ganas de entrar en detalles.
–¿Y dónde se hospeda?
–En ningún lado. Creo que me iré en la noche –aclaré y empecé a hablar de más, los ojos brillantes y enormes de la chica me animaron a confesar por lo que estaba pasando–. Busco a mi hermana. Anda aquí de paseo. Pero no sé en cuál hotel está. Buscaré entre todos hasta encontrarla. Esta ciudad no es muy grande.
–Sí, tiene razón, Acapulco es pequeño, pero aún así no creo que termine tan pronto. Quizá ocupe lo que queda de hoy y mañana para revisar todos los hoteles. Pero le aclaro que también hay casas de hospedaje y zonas de acampar. Algunos, para ahorrarse dinero se van a las orillas, rentan bungalows. No veo la tarea tan fácil. Debería ir pensando dónde quedarse.
Agradecí la ayuda y la sugerencia y volví a llamar a León. Don Pancho me pasó a mi mamá. Josefina no había regresado y no sabían nada de ella. Mis hermanas iban a investigar entre quienes conocían dónde estaban hospedados, tendría que llamar más tarde.
–Creo que sí tendré que buscar dónde quedarme –le dije–. ¿Usted me recomienda algún lugar?
–Pues hay muchos, depende lo que quiera gastar.
–No mucho –dije un poco apenado–, no sé cuánto tendré que estar por acá, además las comidas y algunas cosas que tendré que comprar, no traje nada, más que esta ropa inapropiada para este calor.
–Tiene suerte. Yo vivo con una familia que renta unos cuartitos económicos cerca y hoy se ha desocupado uno. Está limpio, aunque es chiquito y no tiene baño. Hay uno para todos. Le voy a dar la dirección, pregunte por doña Reina. En esa calle la conocen todos. Así que si se pierde nomás diga su nombre. Si se decide por este lugar allá lo veo en la noche, yo llego a cenar como a las siete y media. Si quiere, la señora se lo renta con comidas incluidas.
Le dije que sí iría y le agradecí la ayuda. No fue difícil encontrar el lugar y arreglarme con la dueña. Pagué esa noche y dejé mis cosas. Recorrí todos los lugares que pude a lo largo de la Costera. Creo que terminé con todos y no encontré a Josefina. Decidí regresar al cuartito para cenar y dormirme temprano, mejor seguiría al otro día en la mañana a buscar en los lugares que me faltaban, también quería preguntar por esos otros sitios de los que me había hablado la señorita de la tienda.
Llegué a cenar y como me había dicho, entre los comensales, estaba la chica menudita, se llamaba Mercedes pero le decían Meche. Estaba estudiando inglés y quería ser recepcionista de un hotel importante.
–El Flamingos me sentaría bien –dijo con entusiasmo.
Le pregunté qué hacía una chica joven sola en esta ciudad, que si no extrañaba a su familia, que si no le daba miedo. Su respuesta fue una sonrisa amable y un rápido cambio de tema.
–Entro a trabajar a las 12, si quiere le puedo ayudar a buscar a su hermana. Nos vamos temprano y lo llevo a los sitios que no son muy conocidos. En la tarde usted puede ir a los otros que le faltaron de por acá del centro. Eso sí, me tendrá que invitar a almorzar. ¿Le alcanzará para eso?
Sí me alcanzó, y después de visitar tres lugares y no hallar a Josefina, almorzamos y platicamos de nuestros gustos. Nos dimos cuenta que eran diferentes, como si adrede opináramos lo contrario de cada uno de los temas que hablábamos. Y sin embargo coincidimos en otros y sentimos empatía de inmediato.
Así fue como Meche entró en mi vida o yo entré en la suya. Esos días fueron fabulosos. Al atardecer volví a disfrutar cómo el sol se ocultaba al final de ese mar infinito.
Ni esa mañana, ni tampoco esa tarde encontré a Josefina. Al tercer día ya había entendido que no la encontraría. Llamé a León y mi mamá me dio una noticia inesperada: Josefina estaba allá, se había escondido en la casa de una amiga, nunca se había ido con el novio. Solo había querido fastidiarme como lo haría varias veces, quería demostrar que no haría lo que yo dijera. Saberlo me molestó pero también me dio tranquilidad. Meche me ayudó a pasar el coraje. El giro también movió mis planes. Decidí quedarme algunos días de vacaciones en Acapulco. Meche me acompañaría y yo estaba feliz por eso. Estaría el fin de semana. Le dije a Meche lo que había ocurrido y también le platiqué mis planes.
-¿Y por qué se queda? -me preguntó.
-Me gusta el sol de aquí, me gusta la playa, me gusta el mar y la verdad es que también me gusta usted.
-¿Yo?
-Sí, usted, me gusta, es muy bonita.
Me explicó que a esa ciudad llegaban muchos turistas que buscaban amores fáciles y pasajeros. Nada serio.
-Todos te quieren marear con palabras bonitas y muchas promesas, luego se van y jamás los volvemos a ver.
-Pero yo no soy así.
-¿De veras?
No fue necesario insistir. Meche entendió que yo era sincero y en el acto me abrió su corazón. Yo era muy joven y algún encanto y sinceridad también encontró en mí. Meche descansaba entre semana, los jueves, y ese jueves disfruté su compañía todo el día. Me preguntó si alguna vez me había subido a un barco, le dije que no, que nunca en mi vida, yo era un hombre de tierra, allí había nacido y crecido. Confesé, con cierta vergüenza, que en este viaje había visto el mar por primera vez. Me llevó a un barco que hacía un recorrido por la bahía. Fue encantador. De pronto me sentí como un marinero, como un hombre de mar acostumbrado a su olor, a regodearse con su viento, a ver el agua sin miedo. Me sentí navegante, aventurero y pirata viendo cómo la proa se abría camino. La experiencia se acentuó y se multiplicó con la presencia de Meche, su sonrisa me acariciaba, sus ojos me motivaban, sus palabras me alegraban como nunca antes lo había sentido. También fuimos a la Quebrada, vimos a los clavadistas tirarse de aquellos peñascos, envidié su valor, la altura y esa forma de retar al mar y su fuerza. Cuando no estaba con Meche, aproveché para irme a la playa y entrar al agua. Entendí el simple placer de jugar con las olas, me sumé a la algarabía colectiva, mi felicidad le daba belleza a todo. También caminé en compañía del mar. Había comprado alguna ropa acorde con el lugar y la actividad, y para estar limpio cuando acompañara a Meche.
En la noche del jueves, bajo una luna llena, decidí de repente que debía darle un beso. Ella lo aceptó con gusto. A pesar de mi timidez había aprendido a besar con un par de novias fugaces. No era un Don Juan ni sabía mucho del tema, pero ella me ayudó a convertir ese beso en algo muy dulce.
El mar me atrapó, el mar me cautivó y Meche también. De repente ya había olvidado todo: a Josefina, a mis hermanas, a mi madre y al trabajo. Pero no pude evitar hablar a León para anunciar mis planes; le dije a mi mamá que había decidido tomar unos días de descanso. Mi permiso terminaba el lunes, pero le pedí a mi mamá que me enviara dinero en un giro telegráfico, y le dijera a mi jefe que yo tenía algún problema en Acapulco y tendría que estar acá otra semana, que tomaría las vacaciones que me debían. 
Es curioso, después de una semana tenía claro qué futuro quería; le propondría matrimonio a Meche y viviríamos en León con mi familia. Así de simple. Arreglaríamos todo y nos casaríamos de inmediato. Como fuera no importaba. Lo relevante es que estaríamos juntos, tendríamos hijos y seríamos una familia feliz. Meche había llegado a mi vida para siempre y yo lo sabía. El domingo, cuando salió de su trabajo, le pedí que se casara conmigo. Meche se asustó primero, luego sonrió descontrolada. Ella sabía que nuestro destino era ése, casarnos. Yo también lo sabía, no tenía duda de que era la mujer de mi vida. Concluí que antes de casarnos debía ir a León a arreglar algunos asuntos. Por lo menos tendría que ver dónde nos quedaríamos. Habría que hacer algunos arreglos en la casa. Pintar mi habitación, convertirla en un agradable nidito de amor. Tendría que comprar una cama. No sé. Meche me dijo que estaba bien, que ella también tenía que ver algunas cosas. Aclaró que tenía sus papeles y podría casarse en cualquier momento. ¿Y su familia? Yo lo veo, no te preocupes. No había felicidad más grande en el mundo que la mía. Iba a ser el esposo de la mujer más hermosa del mundo.
Me fui a León con muchas ilusiones, les conté lo que había pasado (lo de Josefina ya no tuvo importancia). Llevaba una foto de Meche, era una foto de esas que le tomaban entonces a la gente cuando iba caminando. Vamos platicando agarrados de la mano y nos vemos a los ojos, al fondo se alcanza a ver algo del mar.
-Miren, ella es Meche, con ella me voy a casar.
Mi mamá dijo que era muy bonita y se puso a llorar. Sabía que mi decisión de alguna manera afectaría mi compromiso con la familia. Aunque mi mamá tenía un pequeño negocio, mi apoyo era crucial.
Después de quince días ya había arreglado todo. Mi habitación, la que sería nuestra, se veía digna y dispuesta. Había reservado una fecha en la iglesia y en el registro civil, y tenía todos los requisitos que debía cumplir en las dos ceremonias. Mi mamá dijo que haríamos una pequeña fiesta, mataríamos un puerco y serviríamos carnitas. Mandé un telegrama a Meche para recordarle qué día estaría en Acapulco para ir por ella. Fue a mediados de junio del 66 cuando me dispuse a ir por la que sería mi esposa. Caía uno de esos aguaceros tropicales que parecen del fin del mundo cuando llegué a la casa de huéspedes. Doña Reina me recibió con cara de preocupación. Meche no estaba, se había ido para Mchoacán por algo importante que había pasado.
-¿Pero cuándo se fue?
-Hace una semana y no sé nada de ella, pensé que se había comunicado o que estaba con usted. Aquí dejó la mayor parte de sus cosas.
-Ella sabía que yo vendría hoy, debe estar por llegar, no se preocupe. Estoy seguro de que ya viene –dije seguro.
-¿Usted sabe dónde vive allá en Michoacán?
A mí me había dicho que era de Morelia, pero no estaba seguro si era justamente de la ciudad de Morelia o de algún lugar cerca de allí. Pregunté en la tienda si conocían su dirección de Michoacán, pero nadie sabía nada ni pudo decirme nada.
La esperé esa tarde y todo el siguiente día. Me quedé hasta el domingo. No llegó. El mar, la playa, la luna, los atardeceres, todo eso que tanto me había gustado ahora me parecían tristes y molestos porque me hacían recordarla y lo sufría. El domingo regresé a León. Pero antes le pedí a doña Reina que cuando llegara le dijera que se comunicara de inmediato conmigo, para que le enviara dinero y se fuera a León. El lunes llamé y nada; el martes llamé y nada, y así me la pasé esa semana y la otra. Creí que el problema que tenía Meche era muy grande y por eso no había tenido oportunidad de comunicarse conmigo. Pero conforme pasaron los días comencé a dudarlo. Se me ocurrió ir a la policía local. Me dijeron que el problema era responsabilidad del Ministerio Público de Acapulco. Fui allá, pero no quisieron hacer nada, únicamente se burlaron de mí:  “Ay, amigo, lo dejaron ahora sí que vestido y alborotado”.
Había pasado un mes de la fecha convenida y a todos les extrañaba la conducta de Meche, ella era diferente. Doña Reina limpió el cuarto que tenía Meche y metió sus cosas en una caja. Revisó todo y no había nada que indicara dónde podíamos localizarla. No obstante, no quise dejar las cosas así. También fui a Morelia a buscarla. Fui a la policía y a los hospitales y no encontré nada. No sabía qué más podía hacer y regresé a León con las manos vacías. Pero aún así algo me decía que pronto todo se aclararía y Meche y yo nos casaríamos. Yo estaba seguro de que algo malo le había pasado, ya entonces se escuchaba todo tipo de cosas que les hacían a las mujeres.
Mi único contacto con Meche ahora era doña Reina. Seguí llamándola. Primero una vez por semana, después cada quince días, después cada mes y luego cada vez que me acordaba. Así hasta que con los años me fui desprendiendo de Meche. Un día me casé con quien no debía y me divorcié al poco tiempo. Luego tuve una novia con quien no pude tener hijos propios, aunque me hice padrastro de varios. Ahora una de esas me ve, quizá por lástima, tal vez por cariño.
Un poco después de mi divorcio un día recibí una carta de doña Reina, la envió a León, aunque yo ya vivía en el Distrito Federal. La carta me informa de Meche. “Estaba despidiendo a mi nuera, que se iría a México a visitar a su familia, cuando noté algo familiar en una mujer que venía con sus dos hijas y su esposo. También ellos iban al DF. Me pareció reconocer a Meche y le pregunté. ¿Meche, eres tú? Ella sonrió y me dijo sí. Esta es mi familia. Me presentó a su esposo. Tiene dos hijas muy bonitas que se parecen mucho a ella. No pudimos conversar, pero sí le pregunté qué había pasado, le dije que la habíamos buscado mucho, que nos preocupó la forma en que desapareció, no mencioné su nombre, sólo subrayé el habíamos. Sentí que se incomodó. No había tiempo, el camión ya casi salía. Me pidió mi dirección y prometió escribirme. Un día recibí su carta. Se disculpaba por lo que había ocurrido. Me pidió que la perdonara por las preocupaciones que había ocasionado. Su familia le había avisado que su hijo estaba muy grave, porque entonces ella tenía un hijo que cuidaba su madre. Ella lo había abandonado para irse al DF, y terminar en Acapulco –ella, sí, ella, nuestra dulce Meche-. El niño murió. Ella se sintió culpable y no tuvo ánimo para regresar. No sabía cómo tomaría usted todo esto. Prefirió olvidar el asunto y quedarse en Michoacán. Allá se casó y tuvo familia”.
En mi vida casi no he visitado al mar. Todavía recuerdo el mar de Acapulco y a la Meche de entonces. Es cierto, quién sabe si el que yo era entonces se hubiera querido casar con ella. Yo buscaba una chica pura y muy transparente. Y ella lo parecía. Hubiera preferido alguna explicación más dramática, no sé, distinta, de acuerdo con mi enamoramiento.
Esa tarde del día que habíamos sepultado a Josefina puse la factura en la caja de los malos recuerdos y encontré de nuevo la odiosa carta. Sin embargo la volví a leer con un empeño autodestructivo. Me sentí más nostálgico y solo en ese departamento donde estaba encerrado. He visto morir a muchos conocidos y amigos. Ya se adelantaron mis padres, mis tíos, mi primo Ernesto, ya se fue mi compadre Julián, mi prima Raquel, Carlos, Toñita y mucha gente que sólo a mí me dice algo. Todos se han ido de la noche a la mañana.

La furia de una tormenta mojó esa tarde y aplacó un poco las prisas que traen loca a la gente. Una lluvia similar me sorprendió el día que llegué a la casa de huéspedes de doña Reina y me enteré de que Meche no me estaba esperando.

*Tercer lugar (Distrito Federal) del concurso El Viejo y el Mar 2013, .

lunes, 3 de junio de 2013

Contractura en el corazón, de Carmen Saavedra


CONTRACTURA EN EL CORAZÓN// Carmen Saavedra



Habita en mí
el sinsabor de los viajes cancelados
las espinas de lo que sobra
falta o no deseo

Una oscura navaja
se clava en el fondo de mi garganta
cuando me duele nombrar la miseria

Clausuro
una a una
las posibilidades del amor falacia
pero cultivo minuciosamente la ternura
(desde el borde del precipicio)

nadie descubre mi contraseña y sinónimo
y me duele el cuerpo de no usarlo
el corazón enferma y se contractura

por ello invento plegarias emergentes
caminos para no perderme

y digo que mañana seguiré escribiendo
mañana volveré a creer, a ser niña

Lo prometo
me lo prometo



domingo, 26 de mayo de 2013

DECLARACIÓN DEL CORAZÓN HAMBRIENTO, por Carmen Saavedra

DECLARACIÓN DEL CORAZÓN HAMBRIENTO
Carmen Saavedra


Escribo esta carta
en la madrugada precipicio
desnuda, sin nada que perder

Evité cuidadosamente saltar la frontera que nos separa
evité delicadamente la palabra amor cuando te miraba

pero los ojos se me visten de colores cuando te escucho
inventas mundos y yo creo ser Sherezada, la de las mil vidas
la posible, la amante, la que abrace tu abrazo

Tú no sabes de mí, tú quizás tienes otros amores
Tú no sabes del delirio que provocas en mi cabeza

Pero no puedo más
y me declaro como la que baila para ti en la oscuridad
como la que sueña con tu piel, tu cama y tus horizontes

Hoy me declaro y tropiezo entre mis ganas y las palabras
doy mil vueltas al universo
antes de confesar que sí
que soy yo tu enamorada anónima
la de las cartas nocturnas
la del corazón hambriento


jueves, 21 de marzo de 2013

La danza de las hienas, Iván Medina Castro



La danza de las hienas
Iván Medina Castro




Todo crimen, porque señala la fragilidad de la ley,


 es abyecta, pero el crimen premeditado, la muerte


solapada, la venganza hipócrita lo son aun más


porque aumentan esta exhibición de la fragilidad legal.


Julia Kristeva




It is unfortunate that our nation is rather too


 clannish: If all Somalia are to go to Hell,


tribalism will be their vehicle to reach there.


Mohamed Siad Barre




A Sagal Gabril




29 de noviembre del 2000, La Haya. Tribunal Internacional para el enjuiciamiento del presunto responsable, Abdi Kadir, por crímenes de guerra y otras faltas graves al Derecho Internacional Humanitario cometidos en la región de Woqooyi Galbeed, al norte de Somalia, durante la guerra civil a partir de 1991. (Resolución 666).


Es verdad, los propios beligerantes rara vez captamos las causas y derivaciones sistemáticas de nuestra barbarie, pero ésta situación jamás concluirá. Con excepción de la guerra entre Etiopía y Eritrea, en la última década los conflictos en el continente son dentro de los lindes de las propias naciones: guerras civiles, feudos tribales, choques étnicos, confrontaciones religiosas.


Allá, en Somalia, todos deseamos el poder, está en nuestros genes. Cuando fallece un warlord, hay muchos hermanos anhelantes por ascender en la línea de mando. El único objetivo es llegar a ser un warlord para así donar o destruir más riqueza que el rival y, al avergonzar a los oponentes, obtener la admiración y culto entre los incondicionales. Se dice que si la ley está en el warlord, el destino de los seguidores no es ni el poder ni el deseo sino la muerte. Mi caso fue diferente…




La cosa empezó así. En la antigüedad, existía un principio consistente en el hecho de que el clan es el refugio, el único lugar capaz de garantizar la seguridad cuando el mundo se desmorona, por tanto, un individuo se casaba en el interior de su clan con la intención de fortalecer la identidad del grupo. Después de la prohibición del clanismo durante el gobierno de Siad Barre, me comprometí en matrimonio sin tomar en cuenta las diferencias entre los clanes, ella Isaaq y yo Samaron, pues entendí que los problemas pasados habían sido superados. Eso creía entonces, hasta que viejas rencillas causaron el éxodo de mi gente. Abandonamos el lugar propio… ¡Fuimos excluidos del espacio!


La oralidad dice que los problemas iniciaron por el control de unos camellos y la posesión de algunas mujeres. En aquella época, los británicos irónicamente pudieron mediar en el conflicto, pero las diferencias de hoy son irreconciliables, la oposición interna se generalizó y la insurgencia basada en la afiliación al clan se desencadenó. Eso es debido, probablemente, al hecho de que bajo aquel cielo raso de tierra estéril, no cabe el mandato de cada uno de los jefes de los clanes.




Abdí es obligado a separarse de mi lado y no entiendo las razones. Se persigue a su clan y se les expulsa de la comunidad forzando el desplazamiento. “¡Al estercolero, al estercolero! Allí es donde pertenecen”, mi pueblo aclama. La gente apedrea a los que osan regresar.




Durante la diáspora, separado a sangre y fuego de mi esposa, de mi casa, de mi historia, fui reclutado por un grupo de shiftas*  con la única intención de recuperar nuestras tierras.


Les he de decir una cosa. En el caso de la masacre de los Isaaq, no tengo cabida en ello. Yo no estuve en Woqooyi Galbeed, ni ordené nada.  Me enteré del asalto a la población tan pronto regresó el warlord… y de la manera menos esperada. A la base llegaron tres camiones: en una venían los compañeros quienes celebraban emitiendo disparos al aire con júbilo. Dentro de los restantes vehículos aparecía el botín de guerra: mujeres para el solaz y menores que serían entrenados para combatir. El warlord nos convocó y como es la costumbre, cada uno de los mandos elegía a la mujer con quién celebraría el triunfo. Cuando fue mi turno, apenas inicié una inspección somera y mis ojos acertantes hallaron a Sagal. Disimulando apenas mi asombro, rápido me acerqué a ella, la tomé de la muñeca y la pedí. Mientras la llevaba rumbo a mi habitación, las boinas rojas; escoltas del warlord, pararon nuestra marcha y manifestaron que esa presea ya había sido seleccionada por el líder. No volteé a verla mientras se la llevaban pues no tenía caso, ella ya estaba perdida.


Es durante el asedio cuando la descarga de la agresividad y de la muerte nos alcanzó. Poseídos del infinito mal arrasan con los campos, las mieses y con nosotros también. ¡Mataron a diez, a cientos, a miles! Había machetes con vida amputando a quien estuviera en su paso. Todo ardía en columnas sombrías y la gente se precipitaba despavorida sin dirección. “Que se oigan los gritos por cada rincón para hacer temblar a la entera nación”, gritaban las hienas.  Incluso las fieras del desierto lloraron.


Entrado el caos de la noche, un calor agobiante me despertó. Remojé mi rostro en el bebedero y repentinamente tocaron a mi puerta, abrí y allí, en el umbral estaba titiritando Sagal. Sentí una sacudida abrasadora y muchas cosas pasaron por mi mente: felicidad, gozo, pero sobre todo mucho miedo. La abracé y lloré con ella. Al paso de los minutos, llegó por fin lo que sería el desenlace de mi ansiedad. El warlord entró a mi habitación, observó a Sagal con una mirada dilatada producto de la ingesta de kat y percibió los índices de una orgía imposible. Desenvainó su machete, se aproximó a mí con la lentitud de una hiena seguro de su presa, me tomó de los testículos y posó en ellos la fría y filosa hoja metálica. Una vez indefenso, a merced del warlord, Sagal sacó de entre sus telas una daga y sin titubeos lo apuñaló una cantidad ilimitada de ocasiones. Seguramente las mismas veces en que el warlord la había hecho suya. Sagal, soltó el arma fatídica y como siguiendo una interdicción sacralizante llevó sus manos ensangrentadas a su rostro embadurnándose por completo. Por un breve momento quedé impávido, conocía a la muerte de cerca, pero aquello era abyecto. De pronto, las boinas rojas empezaron a forzar la puerta, así que me apresuré a tomar el machete y con todo el pesar de mi alma de un solo tajo degollé a Sagal. Ella yacía sobre el suelo entre sus trapos rebosantes de su asquerosidad y antes de que sus ojos se le dieran vuelta hasta quedar fijos, todavía se escuchaba el sonido de la sangre que brotaba de su cuerpo.



La sangre dejó de surgir de mi cadáver. No respiro más y me quedo hipnotizada. Me mira, lo miro. Se ve tan alterado que hasta se caga… ¡Alguien ha entrado! Dejo de escuchar y súbitamente reina la oscuridad.


                                                          


A partir de ese momento, todo era para mí. Yo era propietario del sol y la luna, de la tribu y de un miedo inconmensurable. En realidad así fue la verdad; ningún rastro, aparte de pequeñas minucias, no sé cómo decirlo… insignificantes.




*Historically, shifta served as local mitia in the lawless rural mountainous regions on the Horn of Africa. The word shifta can be translated as bandit or outlaw, but can include anyone who rebels against an authority or an institution that is seen as illegitimate. (Rethinking resistance: revolt and violence in African history. Brill Academic Publishers.)





Iván Medina Castro

imc_grozny@yahoo.com





Hombre que teje fino; siempre será malvado, nunca tendrá buen tino,


Acerca del BMD (Banco de Maridos Defectuosos)
Hombre que teje fino; siempre será malvado, nunca tendrá buen tino.
Juan Manuel


Carísima Hermana en las letras, Sor Llanos:


Antes de dar inicio a la beligerancia, los cánones estipulan que lo cortés no quita lo ca.. ca.. caballeroso; luego entonces permíteme expresar mi enorme gozo  y alegría pues deseo que los votos que hago porque tu buena fortuna y salud se mantengan, e incrementen, con el tiempo que te quede de vida en este mundo.


10, 9, 8, 7, es un conteo que usualmente se usa para marcar el inicio de algún tipo de aventura y en esta ocasión la aventura literaria dio inicio ya hace tiempo pues aunque estamos aquí reunidos, algunos en contra de nuestra voluntad, otros voluntariamente en contra y otros, finalmente, contra la voluntad  de lo que sea que suene este Banco de Marido Defectuoso que ya daba visos, y tuvo su primera mención, en esa tu primera obra, mal obrada pero bien librada, donde aparte de dar luces de tu dominio del género literario le diste patadas y coces al género masculino.


Hoy nos encontramos nuevamente reunidos, en la presentación de un material hecho por y para el beneplácito de todas aquellas personas que como bien supo definir el filosofo griego no se sabe con certeza si poseen alma, pero ya poseen derecho a votar y ser botadas lo cual nos garantiza una convivencia más equitativa y pareja; aunque, precisamente, sobre los asuntos de la convivencia en  pareja es de lo que más discutimos, debatimos, discurrimos, platicamos, analizamos, planteamos, evaluamos, escrutamos o simplemente chismorreamos tratando de hallarle la cuadratura al círculo.


En tu primer trabajo, Sor Llanos, fuiste ruda, que digo ruda, cu..cu..cultamente ruda hacia el sexo opuesto y nos dejaste en condiciones más que deplorables. Sin ánimos fatalistas puedo decir que tu querido lector y hermano termino la lectura odiándote lo necesario para poder seguir escribiendo y departiendo sobre el tema, y amándote lo suficiente para retomar la iniciativa de defender mi estirpe. Así entonces, con mi armadura maltrecha, embestiré a molinos y gigantes.


El inconveniente es que ahora, en esta nueva acometida contra el grupo de tus dolencias, apetencias, frustraciones, degustaciones, fijaciones y demás contrastaciones, te haces acompañar de 18 pesos pesados, puras campeonas del mundo, ejemplo y luz de su género, y yo, yo, yo debo acogerme, resguardarme en el amor del Todopoderoso para que me ilumine en este camino pues a fin de cuentas si el tema es de un marido descompuesto ¿de quién debe ser la responsabilidad: de quién lo uso repetidas veces o del equipo en cuestión? Porque bien es cierto que todo equipo o maquinaria tiene un periodo de vida, después del cual presentará un deterioro. Si acaso fue así ¿por qué no se le procuro mantenimiento?


Si acaso se acepta la premisa de que el marido es un ente autónomo que puede y toma (aunque en exceso, lo admito) decisiones (y también admito que no siempre acertadas) ¿por qué cuestionar lo que ustedes aceptaron implícitamente? ¿quién manipulo, sedujo, indujo, embrujó o simplemente convenció ese evolucionado cerebro tan jactanciosamente pregonado?


En tu manifiesto manifiestas, con fiestas y festejos, que por cada mujer enamorada hay un marido en potencia; por cada mujer feliz hay un amante clandestino involucrado y por cada esposa frustrada hay un esposo frustrante. Ergo: por cada marido potente hay una mujer encabronada; por cada amante conocido voluntario hay una infeliz mujer involucrada y por cada binomio frustrado hay una puerta abierta al debate sobre quién tuvo la culpa. Si no fuera así, no estaríamos aquí.


Querida hermana: tu labor e idea de una banca marital me parece noble, loable pero un tanto al estilo de las decisiones que toma la otra Banca Mundial: majestuosas sobre los que no tienen; dolorosas, pero necesarias y a fin de cuentas se llega al mismo punto: consumir lo que el país produce.


Sin embargo promueves (no, no me refiero a esas dotes tuyas) que tú y tu grupo han educado y rehabilitado a algunos hombres, y con ello dan ejemplo de que el cambio es posible, que tal adiestramiento se puede dar y de con ello el resto de las mujeres habrán de encontrar el edén que ustedes no habían conocido… hasta que lo encontraron.

Es decir, primero vivieron un infierno, según su versión y luego, aprendida la lección, convivieron con otro personaje que acepto ser sujeto de experimentación (¿de verdad aceptó, así nomás?) y ¡voila! ¡el cambio consumatum est! ¡No me digas chulés! ¿y tu nieve de limón como la quieres en va-vaso o en ba-barquillo?

Y no es que quiera poner en entredicho las capacidades capacitadotas incapacitantes de cada una de las capacitadoras que capazmente expresaron en sus historias, las incapacidades de unos y las mega capacidades de otras (¿alguien no fue capaz de seguirme en este párrafo? Seguro es mujer)

 Sino porque nosotros hemos elaborado más de una estrategia para proteger y preparar a las generaciones venideras en contra de esa equivocada teoría de igualdad, porque iguales nunca lo seremos Carisima Hermana ya que a fin de cuentas ¿iguales en qué? Pues por más que me veo, y reveo, y a las de tu grupo tienen más detalles físicos en comparación con los míos; poseen características orgánicas  y funcionales que me hacen contradecir dicha idea. A todo ello la parte oculta de su masa cerebr…, de su cereb..., de eso que dicen que es más evolucionado y que nos tiene aquí reunidos disertando, sigue siendo un misterio por lo complejo que resulta saber la cantidad de energía que una neurona consume.

Volviendo al tema de tu institución bancaria esta tiene ahora un acérrimo e irreconciliable rival por lo que convoco desde este momento a todos los varones, hombres, masculinos y caballeros para que nos organicemos (¿nos tomara mucho tiempo? ¿alguien sabe a que hora son los juegos de fútbol americano del próximo fin de semana?) perdón, decía nos organicemos para realizar acciones en contra de este grupo de mujeres que (por cierto compañeros, ¿alguno de ustedes conoce a alguna joven soltera? Tengo un amigo que me esta pidiendo que le presente a alguien pero no conozco a nadie que lo aguante, hay les encargo por favor si saben de alguien)

Decía, ya se ha iniciado la contraofensiva a través de los medios electrónicos, como esos excelentes anuncios de una deliciosa bebida elaborada de malta y cebada, que lleva el nombre de por allá de tu tierra Llanos y en el cual se pueden  ver esas geniales estrategias para demostrar nuestra pericia, sagacidad y notable conocimiento de (por cierto, ¿alguien de ustedes sabe como puedo quitar una mancha de café de un sweter de alpaca? Se me derramó un poco hace tiempo, no lo he podido limpiar y en la tintorería me cobran una fortuna ¡ y sin garantizármelo!)

¡¡eh!! Que ¡¡ah!! Si retomo: es necesario darnos cuenta de, de, de….que no hemos leído el libro. En los últimos años una vorágine de libros, revistas, ensayos, escritos, panfletos, pantuflas, libelos, folletos, follajes, folladas, folletines, tarjetas y otros tantos materiales publicados han caído casual o a propósito en nuestras manos, y el común denominador es que si la autora es una mujer arrasa con el sexo opuesto o con el sexo puesto. El resultado es el mismo.

¡y no hablemos de las canciones donde el ámbito es como un campo minado! Es más fácil acudir a la pamplonada y salir ileso que entrar a un bar karaoke, un viernes de quincena, porque al calor de las chelas frías (irónico) y con las copas subidas (tanto las de alcohol y las que van al escenario) se arrancan con su mejor repertorio las fámulas, féminas, felinas arrean con todo aquel que no sea de su agrado, que no haya pagado la pensión, les llegue el recuerdo de una ocasión en que… o incluso si hubo una promesa no cumplida… de lo que te puedas imaginar.

Hoy tenemos que dar tregua y leer, aún más, 18 historias, 18 partes de un todo, para seguir conociéndonos más y poder llegar a reconocernos no como rivales, ni mucho menos como medias partes de algo sino como compañeros de vida, de camino, de aventura y correrías.

                                                                      AMÉN

lunes, 18 de marzo de 2013

LOS SONIDOS DE MI PUEBLO (TULYEHUALCO), MELCHOR MOLOTLA MOLOTLA


LOS SONIDOS DE MI PUEBLO  (TULYEHUALCO)

MELCHOR MOLOTLA MOLOTLA

Tengo la certeza de ser una persona afortunada de vivir el mundo de mis padres  y el mundo de mis hijos, dos mundos totalmente diferentes.

El mundo de mis padres fue compartido con nosotros sus hijos; su mundo rural fue de campo, donde se escuchaba el canto de las aves, esas pequeñas criaturas que inundaban los cielos limpios y azules de mi pueblo, en contraste con las aguas nítidas y cristalinas de los canales y acequias de las chinampas, rodeada de ahuejotes simulando soldados custodiando a tan preciado legado de nuestros abuelos.
Los sonidos del relincho de los caballos o el trote de estos, mugir de las vacas pidiéndole a su dueño de comer o de tomar agua. Sonidos comunes que prácticamente ya desaparecieron.
Dentro estos sonidos comunes  que generaba nuestras actividades cotidianas; era la ordeña y darles de comer el salvado a las vacas para después sacarlas a pastar, ya sea en la hacienda o en lo de chavarria lo que hoy es la quiahuatla,  era un mundo de ganado el que salía y en el  trayecto por las calles se escuchaba el bramido de las vacas recién paridas buscando a su crió, sobre todo las primerizas  que no sabían como estaba la onda; con estas era una pachanga para ordeñarlas pues no estaban acostumbradas que les jalaran las chichis ¡carajo! Eran mentadas de madre y uno que otro madrazo hasta que por fin las amansabas. Las vacas mas grandes ya sabían y no se tenia problemas en cuanto a la ordeña, pero una que otra ves se les metía el diablo y pateaban hacia enfrente y casi te ponían de sobrero la cubeta de ordeña  o te empezaban a golpear con la cola para molestarte ¡que pinché coraje! por que  a veces te pegaban en la cara y  te la  metían hasta en al boca, pos ni modo madrazo seguro y mentadas de madre por toneladas y deberás no es que fuéramos mal hablados si que nos hicieron que fuéramos así.

Nuestras madres en la cocina atizándole al tlecuilt muy apuradas para calentar la comida o hacerla para los que se iban al campo o a la escuela por la mañana.
Nuestro desayunado y comida era en base a lo que se producía: leche, carne, el maíz en su diferentes formas, en tlaxcales, hitacates mezclados con nata, atole, pinole con azúcar, quesadillas con flor de calabaza o de huitlacoche, requesón, calostros(leche tierna), etc., etc., no faltaba los frijoles en todas su formas, con calabacitas, molidos con sus respectivo epazote, en algunas ocasiones con nopalitos o con tunitas o con xoconostles, los  amanehuas; los frijoles amanehuas era fríjol tierno recién cosechado del cerro.
Imagínense  con unas tortillas a mano recién salidas del comal y acompañado con unas rajas de chile fritas o un chile molcajeteado. ¡Me cay eso si era comer!
El sonido de la leña quemándose, el grito de nuestra madre pidiendo mas leña, o el grito dense prisa que ya es tarde para ir a la escuela y no han terminado de atender las vacas.
Por las tardes todo un poco mas tranquilo nuestras madres nos llamaban para comer y como en ese tiempo cada familia tenia mínimo cinco hijos, nos sentaban alrededor del tlecuitl  para que cada uno de nosotros tomara las tortillas que nos comeríamos, pero ¡ahí! ¡Ahí! Estaba el problema el comal no nos daba abasto y eran unas pinches  peleaderas de la rechingada, pero al final nuestras madres sabían cuanto comía cada uno de nosotros, y alcanzaba para todos.
Después de terminar nuestros labores,  salíamos  a jugar; salíamos y entrábamos de las casas de los vecinos, no había ninguna restricción, ¡éramos libres!.
Dentro de estos juegos estaba el frontón; no había pared que no acusara las huellas de las pelotas y las calles se convertían en canchas de fut bool.
Ya por las noches después de hacer la tarea ¡ha! escuchar tu programa favorito de radio . La radio te trasportaba al mundo de la imaginación y en un abrir y cerrar los ojos  estabas en la selva, en los ríos, en las  montañas. Escuchabas  el ruido de la lluvia, los gritos de peligro, el aullar de un coyote, el sonido del disparo de una arma de fuego y todo era alrededor de ese aparatito.  Se formaba un ambiente de suspenso entre las personas que lo escuchábamos.
Los programas mas populares de la radio, Kaliman, Cucho el roto, Profirió Cadena el ojo de vidrio, Programas musicales, el rock en español, y un chingo de anuncios comerciales.  

ENTRA LA TELEVISION:
Pocas familias podían darse el lujo de tener un aparatito de esos, era caro,  en consecuencia pocas televisiones había en el pueblo y para verlas teníamos que ir con Doña Maria la Cucurucha o con Doña Aurelia Mendoza esposa de Félix Mundo. El costo de la entrada a la tele era de 20 centavos ¡de aquellos tiempos!
Algo que no puedo dejar de escribir.: fue cuando mi  abuela compro su televisión, “Blanco y negro” de bulbos ¡como los radios!, con tecnología de punta ¡que maravilla!, para nosotros era un aparato muy novedoso. Recuerdo que los técnicos la instalaron y le comentaron que debería probar la televisión y  si le gustaba o no,  mi abuela muy cuidadosa con el fabuloso aparato, no nos dejaba pasarle a otro canal, puesto que tendrían que llegar los técnicos a enseñarnos como se hacia. ! Que cosas no!
Los programas mas vistos fueron  “Eran tres de caballería, en el viejo Oeste Americano”, “Rin tin tin, perro soldado y su dueño Rosty”, “El llanero solitario y su fiel amigo Toro”. “La Ley del Revolver con el peculiar Chester”, “Los locos Adams con el tío cosa y el amo de llaves, Largo,” “Hechizada hermosa mujer y sus travesuras de bruja buena”, “Mister Ed, el caballo que habla”, “Lassie no se si se escriba así, en la granja”.
La tecnología electronica entro a mi pueblo a mi barrio y cambio poco a poco nuestro modos vivendus
El cine de Tulyehualco también llamado el de la viga;
Su nombre  es debido que en lugar de butacas como asientos  eran vigas descansadas en troncos de árboles !Ha! y eso no es todo, el cine tenia un altavoz  en frente  junto a la pantalla, del lado derecho a la vista de todos y  cada ocasión que se rompía la cinta ¡si la cinta!,   ¡aunque ustedes no lo crean!, y después venían los chiflidos, gritos y pedradas a  la bocina y mentadas de madre. ¡Creo que era parte del folklore!
El cine se encontraba en Av. La paz entre Josefa Ortiz de Domínguez e Ignacio Zaragoza, ahora casa de la familia de Don Pepe Villarruel, era una casa semi derruida, con una construccion vastante antigua, hecha de cal y canto, a un  lado de esta  estaba el local casi al aire libre, su techo de laminas de metal y piso de tierra, el proyector estaba en la parte tracera  de la sala sobre un árbol  en una pequeña cabaña tipo tarzan (Arroz) y de pantalla un aplanado de yeso sucio con excremento de mosca..
Para promocionar el cine pegaban cartelones en todos los postes de pueblo, también utilizaban una camioneta armada con un altavoz anunciado películas en todos los pueblos Otra forma de promover el cine  fue en el propio cine ¡ahí! se colocaba un altavoz arriba de la casa, pero dentro de estos anuncios no faltaba quien se pusiera a cantar como el Pedro “el pica piedra” que demostraba sus dotes de cantante.
Principalmente se exhibían películas relacionadas al campo mexicano, las del Santo o de terror. ¡Cuando eran de terror mi amigo! ¡No masques! para regresar a casa habría que chigarse, por que el pueblo tenia un piche foquito en cada esquina, las paredes de las casas eran muy altas, y las leyendas de espanto del pueblo, formaban un ambiente cabrón sobre todo para mi que tenia que pasar por algunas casas abandonadas, coma el molino de aceite de olivo, el callejón de los palacios, que estaba muy obscuro y el foquito de la esquina de mi casa que no alumbraba ni madres ¡que miedo! Pero eso si a otro día presumiendo de que fui a ver la película  ¡que chingón no!

El sonido del reloj del pueblo, tenia o tiene  ¿no se? Cuatro tamaños de campana, la mas grande marcaba la hora y las restantes eran para marcar los 45, 30, 15, minutos,  cada campana tenia su rol, dependiendo el tamaño de esta, la mas grande tenia un sonido mas fuerte que las demás y la de 45 minutos su sonido era menor y así hasta llegar hasta los 15 minutos.
En ese tiempo no  todos contábamos con un reloj en casa, no  como ahora que dizque digitales con muchos sonidos y hasta con todo tipo música.
En Tulyehualco toda la población escolar tenia muy presente tres sonidos; el del reloj que siempre estaba adelantado con 5 minutos, creo que subdelegado y que ahora se le llama coordinador territorial adelantaba el reloj, para que todos nos diéramos prisa al sonido de de las campanas,  el segundo sonido aun mas fuerte era el escape de la chimenea  de la empresa INTECOMSA. Prácticamente era la segunda llamada a clases, y chinge a su madre, todos corriendo, era una boruca en las calles encabronada, las  madres jalando a los hijos para que no llegar tarde a sus clases. A veces con un baño ranchero con olor  a vaca y descalzos por que no había pa mas.
El tercer sonido era ya dentro de la escuela, ese sonido, era la campana que mas que campana era un tubo de fierro, que don panchito tocaba con una martillo, pero ! ahora si¡ ya nadie podía entrar a las filas de cada grupo, por que ya se iba hacer la ceremonia y honores a la bandera y no se podía interrumpir ese acto cívico, en donde se tocaba el himno nacional y se pasea la bandera, dentro de este acto había recitaciones y palabras del director haciendo alusión a la patria.
Don Panchito como todos lo conocíamos era un señor alto de unos 65 años de edad, bonachón,  muy fuerte, impactaba su corpulencia, pero bondadoso, en contraste con el director  don benito caballero hombre serio atento y caballeroso impulsor de la educación en Tulyehualco.
 Algo que no olvido son los chiflidos:
Sonidos peculiares guturales: cada familia tenía su propio chiflido, era una forma de comunicación común dentro de nuestro pueblo.
 ¡Pero como nadie! Tulyehualco tiene  un chiflido en  común que se esta perdiendo en el tiempo, chiflido  que nos identifica en cualquier parte del mundo,  hasta en china, como cuando el equipo de Tulyehualco piso las canchas de ese remoto país.  
En los encuentros  de fut bool., era una pieza fundamental e importante de comunicación, hasta los cronistas de fut bool  hacían comentarios sobre  este fenómeno.

El chiflido fue pieza fundamental para los novios,
Cuando tú ibas a ver a tu chica lo primero que hacías era chiflarle para que ella supiera que tú estabas ahí.
Tú como novio tenias que inventar un chiflido que te identificara que eras tú, para que ella saliera sin error.
Ahora chiflarle a una novia es una mentada de madre, o le hablas por celular o chateas en computadora o simplemente por el teléfono de casa.
Estos son los sonidos de las actividades cotidianas de un pueblo rural típico, de aquellos años en donde no había carros, carros y más carros, que nos han facilitado nuestras vidas pero que han limitado nuestra libertad cotidiana. Ya no hay el grito en las calles de gool  o el tanteo de vamos 2 a 1, sale bola, o el ya me robaste un tanto.
Ahora para practicar cualquier activadas física debemos acudir a  lugares especiales, encerrados. Se perdió el barrio y sus sonidos ancestrales.
El barrio era nuestro como lo fue de la palomilla (grupo de jóvenes de la época de nuestros padres).
El barrio era identificación, convivencia y después  nuestro pueblo como nuestra matria  que los vio y  nos vio nacer, crecer y morir.